El valor de una vida

Una perspectiva sobre el aborto.

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Por Salvador Dellutri

Se calcula que en el mundo se realizan cincuenta millones de abortos anuales. Los movimientos humanistas lanzan su ofensiva desde todas las tribunas pidiendo su legalización en aquellos países donde todavía es ilegal. Todo esto constituye un desafío para los cristianos que tenemos que dar una respuesta ética, clara y precisa.

El tema es incómodo, despierta prejuicios, hiere nuestra sensibilidad. Sentimos esa paradoja que con tanta precisión definió Mark Twain cuando refiriéndose al aborto dijo: «Sé que tengo prejuicios en este tema, pero sentiría vergüenza si no los tuviera».

El problema

En todas las sociedades civilizadas se acepta que las personas decidan en libertad sobre el número de hijos que quieren engendrar y el intervalo entre los nacimientos. Sin embargo, debido a la falta de información o de formación moral, se producen cada vez embarazos no deseados.

Los cambios de conducta social producidos en las últimas décadas y el relajamiento en las normas incrementaron el número de embarazos adolescentes no deseados. Esto es muy preocupante, porque el embarazo en edades muy tempranas aumentan los riesgos de muerte, y la causa principal de muerte materna es la complicación por aborto, que ya no tiene, como en el pasado, una sanción moral contundente. La influyente propaganda de los movimientos humanistas a través de los medios masivos ha modificando notablemente la forma de pensar de la población.

Es alarmante analizar la situación mundial sobre el tema. Sobre una población global de alrededor de 6 mil millones de habitantes, se estima que los abortos anuales son 50 millones, es decir, el uno por ciento.

La dimensión de la indiferencia

Pero más allá de la frialdad de los números, tenemos que tomar conciencia de lo que representa este problema. La cifra de 50 millones de abortos anuales ni siquiera es comparable al número de muertos producidos durante la Segunda Guerra Mundial, donde se calcula que, entre civiles y militares, se produjeron 50 millones de bajas. El impacto social de esas muertes y los horrores consiguientes motivaron la apertura de numerosos foros y la formación de muchas organizaciones internacionales destinadas a impedir la repetición de semejante tragedia.

Cada año se produce en el mundo una silenciosa Segunda Guerra Mundial, pero no se percibe una reacción social equivalente. Esto indica una actitud tolerante, y en algunos casos hasta complaciente, ante el problema, lo que derivará, en el corto plazo, en que todos los países del bloque occidental terminarán por incluir al aborto dentro de los derechos inalienables de la mujer.

Como cristianos sabemos que este no es un tema menor, marginal o tangencial. Está instalado en la sociedad y no podemos ser indiferentes, limitando nuestra acción a la prédica interna, pensando que fuera de los límites de la iglesia cada uno puede hacer lo que quiera. El tema no admite  actitudes tibias, porque implica un cuestionamiento a la soberanía de Dios y a la sacralidad de la vida humana. Frente al aborto tenemos la obligación de tomar actitudes definidas y combativas.

Si el aborto es un atentado contra la ley divina, tenemos que aspirar a que los cristianos nos constituyamos en la voz de 50 millones de seres humanos que no tienen voz, ni organismos internacionales que los defiendan u organización de derechos humanos que los amparen: acaban sus vidas, antes de haber visto la luz del sol en cloacas y basurales o, lo que es peor, en el mercado de la oferta y la demanda.

El centro de la discusión

Es necesario, antes de seguir adelante, definir qué entendemos cuando decimos aborto, para diferenciarlo de la pérdida accidental o involuntaria del feto. Llamamos aborto al acto por el cual el feto o embrión vivo es voluntaria y artificialmente removido y expulsado del útero materno, durante el tiempo en el cual no puede vivir independientemente fuera de él. La remoción del embrión o feto se puede efectuar por medio de drogas o en forma mecánica.

El término «feto» —del latín fetus, descendencia— se refiere al hijo de un animal o al descendiente de un ser humano antes de nacer. El feto en los primeros meses de gestación recibe usualmente el nombre de embrión.

El problema ético que presenta el aborto implica la necesidad de dilucidar el status que tiene el embrión o el feto, es decir cómo debemos considerarlo y en qué momento de su desarrollo se convierte en una persona. Si demostráramos que la vida intrauterina, en alguno de sus estadios, no puede considerarse persona humana o proyecto de persona, podríamos aceptar el aborto. Pero habría que determinar el momento en que el feto pasa de ser una cosa a ser una persona.  El problema se suscita si entendemos que el feto es vida humana independiente y por lo tanto, respetable y sagrada.

Los argumentos con los que los partidarios del aborto fundamentan su posición son básicamente tres:

  1. La mujer es dueña de su propio cuerpo, por lo tanto puede hacer con él lo que quiera. 
  1. Impedir el aborto es atentar contra una libertad individual. 
  1. El embrión y el feto son propiedad de la madre.

Los tres argumentos se sustentan en el mismo postulado: el feto es una cosa y puede ser tratado como tal. Implica entender que no tiene estatus de persona. Por eso es imperioso determinar de qué o de quién estamos hablando cuando decimos «embrión» o «feto».

Los argumentos teológicos

Aristóteles, formado fuera de la influencia judeo cristiana, menciona el aborto como una solución al problema de la superpoblación de la ciudad, diciendo:

Si alguno de los matrimonios se hacen fecundos traspasando los límites formalmente impuestos a la población, será preciso provocar el aborto antes de que el embrión haya recibido la sensibilidad y la vida. El carácter criminal o inocente de este hecho depende absolutamente de esta circunstancia relativa a la vida y la sensibilidad.

Aun cuando en muchas ocasiones el filósofo se muestre muy poco humano y respetuoso de la vida, en este caso deja sentado como precedente que, por lo menos para él, el hecho de que hubiese vida o sensibilidad implicaba que esa vida es humana y, por lo tanto, eliminarla sería un acto criminal.

Los teólogos cristianos más antiguos, influenciados por Aristóteles, trataban de hacer una distinción entre el tiempo de fecundación y animación del embrión. Esto dio origen a múltiples especulaciones acerca del tiempo en que el alma es implantada. San Agustín de Hipona afirmaba que el cuerpo era creado antes que el alma, pero no pudo establecer en qué momento ésta se instalaba en el cuerpo. Algunos teólogos racionalistas más modernos llegaron a especular que recién puede afirmarse que  el alma habita el feto cuando la madre siente el primer movimiento dentro del vientre. Creemos que la única certeza que han dejado todas las especulaciones teológicas, tradicionistas y creacionistas, sobre este tema es la de su ignorancia.

Pero la Biblia deja algunos indicios que deben ser tenidos en cuenta al tratar este tema.

En uno de sus salmos, David sostiene:

Porque tú formaste mis entrañas;

Tú me hiciste en el vientre de mi madre.

...

No fue encubierto de ti mi cuerpo,

bien que en oculto fui formado,

y entretejido en lo más profundo de la tierra.

Mi embrión vieron tus ojos,

y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas

que fueron luego formadas,

sin faltar una de ellas.

Las expresiones «me hiciste» y «me formaste»  presentan a Dios actuando directamente en el seno materno, comparándose un tejedor que urde el telar del cuerpo y un alfarero modelando la arcilla; ambas tareas que conjugan creatividad y laboriosidad.

Dios mismo ilustra a Jeremías acerca de sus propósitos eternos, previos a la gestación misma del profeta y afirma su participación activa en la formación intrauterina: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, y te di por profeta a las naciones”.

Concuerda con el Apóstol Pablo que evocando su conversión y llamamiento dice: “Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre”.  Aún más notable y asombroso es el caso de Juan el Bautista, de quién el ángel profetiza: “No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aún desde el vientre de su madre”.  Corroborándose luego cuando en la visita de María a Elizabet se señala que “la criatura saltó en su vientre”.

Tal vez no podamos afirmar en forma terminante que el embrión es un «ser personal», de acuerdo al criterio que usemos para definir esta última expresión, pero sí afirmamos que estamos ante un proyecto único, cuyo propietario es Dios y que devendrá inevitablemente en «ser personal» a menos que Dios determine lo contrario o que el hombre se interponga artificialmente expulsando deliberadamente esa vida del vientre de la madre. Tampoco creo que podamos sobrevalorar el pasaje de Éxodo, porque lo que legisla es lo que llamaríamos hoy un “homicidio culposo” , ya que se produce cuando dos personas están riñendo y una mujer, ajena al hecho, es atropellada involuntariamente.

Preferimos coincidir con K. Kantzer cuando dice:

Desdichadamente, aunque estos argumentos se acepten como contundentes, el problema del aborto no se resuelve a menos que haya clara evidencia en cuanto al momento de la evolución del feto en que el espíritu del hombre es creado. Los eruditos más modernos tienden a identificar ese momento como el de la concepción. Lo cierto es que la Biblia no aporta enseñanza específica sobre este punto.

Los argumentos biológicos

Los conocimientos genéticos han hecho aportes importantes al tema que tienen que ser seriamente evaluados.

Sabemos que con la fecundación de un óvulo humano por un espermatozoide humano se inicia una nueva vida, también humana. Pero esta vida es biológicamente distinta de las que la originaron, ya que está integrada por una herencia genética que se forma con el aporte de un 50 por ciento recibido del padre y otro 50 por ciento de la madre.

Biológicamente hablando el huevo no es “de la madre”, porque no responde, como cualquier otra parte de su cuerpo a su código genético, ni tampoco del padre, por la misma razón. Y si consideramos que el código genético es el Documento Único de Identidad Biológica de cada ser humano, tenemos que concluir que este huevo tiene un nuevo Documento que lo identifica como un ser distinto a su madre y su padre. El embrión, desde el momento mismo de la concepción es un ser diferente a la madre, porque tiene un genotipo diferente al de ella.

Como lo define el Dr. Sproul:

El feto está contenido dentro del cuerpo de una mujer y está conectado al mismo, pero eso no significa que sea parte del cuerpo de una madre. Una descripción más exacta es decir que aunque el feto comparte la misma localización geográfica que el cuerpo de la mujer, el feto no es esencialmente parte de su cuerpo. Podemos distinguir entre la esencia del cuerpo de una mujer y la esencia del feto.

No debemos tampoco perder de vista que, desde el momento en que dos células microscópicas, el óvulo y el espermatozoide, se unen, comienza un desarrollo vertiginoso: antes de las tres semanas y media el corazón del embrión comienza a latir; a las cuatro semanas mide un centímetro y pueden distinguirse cabeza, cuerpo, boca, orejas y ojos rudimentarios; entre la sexta y séptima semana se detecta el funcionamiento cerebral y en la octava semana se reconocen todos los miembros del cuerpo, los dedos de las manos y los pies, y posee huellas digitales. Los abortos se producen frecuentemente desde la octava semana en adelante.

Criterios católicos y protestantes

La Iglesia Católica Romana sostiene un criterio muy claro: El aborto es un crimen. Reclama el irrestricto respeto por la vida y considera que desde la concepción el embrión debe considerarse persona y ser defendido como tal por la sociedad en su conjunto.

Algunos de los defensores no admiten ninguna excepción a esta regla, porque consideran que el solo hecho de hacer cualquier tipo de regulación en un asunto tan delicado y sagrado como la vida humana por nacer, sería admitir una decadencia moral definitiva.

En la Encíclica Humanae Vitae de 1969, Pablo VI confirmó la postura que sostiene desde el siglo XIX, admitiendo como única excepción la interrupción del embarazo cuando fuese necesario para salvar la vida de la mujer y esté relacionada con una situación de peligro o de muerte del nuevo ser.

Tenemos que reconocer que la actitud del Catolicismo ha sido y es combativa. En Estados Unidos, la Conferencia de Obispos invitó a la desobediencia civil y recordó que todo aquél que practique o participe en la comisión de un aborto queda automáticamente excomulgado.

En el campo protestante, por la misma fecha de la mencionada Encíclica se llevaba a cabo el “Simposio Protestante sobre Control de la Reproducción Humana” que manifestaba:

El feto humano no es meramente un conjunto de células o una excrecencia orgánica. Es una vida humana propiamente dicha o, a lo menos, una potencial vida humana en desarrollo. Por esa razón el médico que estime el valor y la santidad de la vida, procederá con enorme cuidado al aconsejar el aborto.

El médico cristiano aconsejará el aborto provocado solamente para salvaguardar valores mayores sancionados por las Escrituras. Estas causas deben incluir la salud individual, el bienestar familiar, y la responsabilidad social

Más adelante, dentro de las pautas para la práctica profesional, señalaba lo siguiente:

Cuando se suscita el problema del aborto debe tomarse en cuenta la santidad de la vida. Sea cual fuere el grado de gestación en que se considere como humano el embrión en desarrollo o feto, aunque sea al nacer, no puede negarse el gran valor potencial de la vida intrauterina en desarrollo. Pero pueden existir apremiantes razones que obliguen a pensar en el aborto en ciertas circunstancias. Cada caso debe ser considerado individualmente, tomando en cuenta los diversos factores involucrados y usando principios de moral cristiana.

La sacralidad de la vida

En general, hay una coincidencia entre el Pensamiento Católico y Protestante en cuanto a la sacralidad de la vida. Se nota un grado mayor de inflexibilidad por parte de Roma, acentuado con la llegada de Juan Pablo II, y una mayor flexibilidad en el Protestantismo.

El problema presente es que estamos viviendo un grave proceso de desacralización de la cultura. Hablamos de desacralización y no de secularización, porque la intencionalidad está centrada en despojar a la sociedad del sentido de lo sagrado vinculado a Dios y sus leyes eternas. Estamos ante un estado de rebelión, donde el hombre no solo se levanta contra las leyes morales, sino también contra las leyes naturales y elabora huecas filosofías para justificarse.

El respeto por la vida humana, por el hombre creado a imagen y semejanza de Dios, es un tema recurrente en las Sagradas Escrituras. Se  evidencia en algunos casos particulares como en el de las parteras de Egipto o Rahab en Jericó quienes por defender la vida faltaron a la verdad, y a pesar de eso fueron bendecidas por Dios y consideradas como ejemplos de fe. Dios pasó por alto la ignorancia y la fe oscura de estas mujeres que se expusieron en defensa de la vida. También en el pacto con Noé se establece que el homicidio debe pagarse con la vida del homicida, fundamentándose en que el hombre es la imagen de Dios. Con la legalización del aborto la sociedad toma una postura frente a la vida, quitándole su sacralidad y negándole al ser humano la dignidad que Dios le diera en el principio.

El peligroso avance del pensamiento humanista, en su afán de enfatizar la libertad y los derechos individuales, termina por invalidar la responsabilidad y conculcar los derechos ajenos. Frecuentemente, se quiere evadir la discusión y el diálogo sobre temas tan importantes como el que nos ocupa, pretextando que son exclusivos de la conciencia personal.

Coincidimos en que muchos temas pertenecen a ese ámbito ya que las acciones privadas de los hombres que de ninguna manera ofendan al orden y la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están solo reservadas a Dios.

Pero en este caso particular se está afectando directamente a un tercero, cuya individualidad no solo se funda  en los principios de la fe, sino también en el análisis científico.

El aborto no es un motivo de jactancia o de gloria para una sociedad civilizada, ni es un hecho moralmente deseable. Así como nos horrorizamos ante sociedades paganas, como la griega o romana, que practicaban el infanticidio, debiéramos horrorizarnos ante la actual hipocresía de una gran parte de nuestra sociedad que, a diferencia de los espartanos, destruye la vida sin siquiera saber si está sana o enferma. Nos sentimos civilizados porque los hacemos unos meses antes que ellos, cuando todavía está en el vientre.

Tampoco es una experiencia grata para la mujer que lo soporta. Los abortos son para la sociedad y para las mujeres hechos traumáticos, que dejan huellas indelebles en las personas y cauterizan la sensibilidad de las sociedades.

El argumento de que la mujer es dueña de su propio cuerpo está fuera de discusión. Puede hacer con él lo que quiera, y responderá ante Dios por lo hecho, pero cuando en ese cuerpo está anidando otra vida, su derecho debe dejar paso al derecho del otro y la sociedad debe tomar parte activa en la defensa de otro. Y el feto es “enteramente otro”.

Tampoco puede argumentarse que abortar es atentar contra la libertad individual, que termina cuando comienza el derecho ajeno, porque reconocemos que la libertad no es un derecho absoluto, sino que se halla subordinado al valor de la vida.

Y el argumento de que el embrión y el feto son propiedad de la madre es arrogarse sobre el prójimo indefenso una autoridad solo asimilable a las más rancias actitudes esclavistas o nazifascistas. Es no reconocer más lógica que la de la fuerza, creer que el fuerte tiene derechos sobre el débil, como en las sociedades más primitivas y como lo preconizaba el Marqués de Sade cuando decía con cinismo:

Pertenece a las leyes de la naturaleza que el fuerte reprima al débil, ya que para portarse de esa forma no hace más que emplear los dones que se le han concedido, y si hace uso de todos sus derechos para oprimir y despojar al débil, no hace sino la cosa más natural del mundo.

Aquí es donde se hace evidente la hipocresía de los líderes y dirigentes de nuestra sociedad, justamente preocupados por pingüinos empetrolados, osos pandas y ballenas en extinción, justamente ansiosos por defender  los derechos humanos de terroristas y delincuentes, pero sordos al gemido ahogado de cincuenta millones de voces a las que se les niega del derecho más elemental: El derecho a la vida.

El Pueblo de Dios tiene que tomar posturas definidas y combativas, porque es su responsabilidad encarnar el grito silencioso de cincuenta millones de seres a los que anualmente se les niega el derecho a dar el grito primigenio de la vida.

Cincuenta millones de seres que claman en silencio con las palabras del salmista:

Sobre ti fui echado antes de nacer;

Desde el vientre de mi madre tú eres mi Dios.

No te alejes de mi, porque la angustia está cerca;

porque no hay quien ayude.