Caminamos por una senda

Un acercamiento a la fe

camino

Por Aiden Tozer

Para el hijo de Dios no existen los accidentes. Camina por una senda marcada. El camino que sigue fue escogido para él cuando todavía no era, cuando todavía sólo existía en la mente de Dios.

Puede ciertamente parecer que le sobrevienen accidentes y desgracias en su camino; pero estos males lo serán sólo en apariencia, y parecerán males sólo porque no puede leer el secreto guión de la oculta providencia de Dios, y no puede por tanto descubrir el fin que Él persigue.

Cuando la verdadera fe entra en el corazón, se van para siempre de él el azar y los accidentes. No tienen tales cosas dominio sobre los nacidos del Espíritu, porque éstos son hijos de la nueva creación, estando al cuidado especial del Dios Altísimo.

Mientras peregrinan aquí abajo, estos hijos del pacto eterno pueden pagar una prenda en tributo a la naturaleza: las enfermedades, la ancianidad y la muerte pueden gravitar sobre ellos, y para los ojos no críticos pueden parecer como los demás hombres. Aquí, como en todos los otros juicios que se hacen del cristianismo, el mundo se ve completamente engañado por las apariencias, porque no puede ver que estos creyentes están «escondidos con Cristo en Dios».

El hombre de verdadera fe puede vivir con la total certidumbre de que sus pasos están ordenados por el Señor. Para él, la desgracia está fuera de los límites de lo posible. No puede ser arrebatado de esta tierra ni una hora antes del tiempo que Dios ha dispuesto, y no puede ser detenido sobre la tierra un momento después que Dios haya terminado con él aquí abajo. No es un trotamundos sin rumbo, carente de dirección en el tiempo y en el espacio, sino un santo del Señor, y el amado a quien Él cuida de una manera entrañable.

Todo esto no es un mero ensueño, ni un credo consolador entretejido como una vestimenta para dar calor a los entumecidos corazones de almas solitarias y asustadas en un mundo tenebroso y hostil. Es más bien la esencia de la verdad, una Justa recapitulación de la enseñanza de la Biblia acerca de esta cuestión, y debería ser recibida con reverencia y gozo junto con todo lo demás que se enseña en las Escrituras de verdad.

La credulidad y la fe

La credulidad y la fe son, respectivamente, como hongos venenosos y comestibles; lo suficientemente cercanos en apariencia para ser confundidos, pero tan desemejantes que sus efectos son precisamente los opuestos.

El verdadero hombre de fe es raramente crédulo, y el crédulo raramente tiene verdadera fe. La fe pertenece a los de corazón sencillo, la credulidad a los simples de mente. Y están a universos de distancia. Los primeros honran a Dios creyendo sus promesas frente a toda la evidencia; los segundos son hijos de la superstición, y no dan honra a nadie. En lugar de ello, revelan unos hábitos mentales desordenados y ausencia de percepción espiritual.

Es asombroso lo que la gente puede llegar a creer cuando se lanzan a ello. Con toda razón consideran un pecado dudar de la Biblia, por lo que rehúsan rechazar nada que sea servido Juntamente con la Biblia, por ridículo y antibíblico que sea. Si la historia tiene un halo de maravilla a su alrededor, estos amigos acríticos la aceptarán sin dudarlo y la repetirán con una voz llena de asombro y con mucho temblor solemne y las cabezas inclinadas. Multipliquemos estas personas en cada iglesia determinada, y tendremos un terreno perfecto para todo tipo de falsas enseñanzas y excesos del fanatismo.

Tenemos que cultivar un sano escepticismo hacia todo lo que no pueda ser sustentado por la llana enseñanza de la Biblia. La creencia es fe únicamente cuando tiene por su objeto la verdad revelada de Dios; más allá de esto puede ser tan perjudicial como la misma incredulidad.

Muchas de las historias que se cuentan para justificar los caminos de Dios con el hombre pueden en realidad no demostrar otra cosa que la endeblez de la fibra intelectual del orador. Pero si se prohibieran todas las superficialidades y todos los cuentos de viejas, muchos predicadores se verían excluidos del ministerio. Es una verdadera lástima que el público cristiano tenga que verse obligado a escuchar tantas tonterías y que sea impotente para hacer nada acerca de ello.

Lo cierto es que la Palabra de Dios no necesita el apoyo de los hombres. se levanta sola, fuerte y majestuosa como el Cervino. Cuando pedimos la ayuda de historias de nodrizas y pobres ilustraciones para demostrar su veracidad, no hacemos nada más que revelar nuestra oculta incredulidad y airear nuestra débil credulidad.