A un costado

Una reflexión sobre los prejuicios

Por Facundo Costa

La fotografía es del año 1954 y muestra a una niña de once años sentada sola en una mesa de un colegio estadounidense exclusivo para chicos blancos. Un establecimiento escolar en el que a la pequeña Linda Brown, de ascendencia afroamericana, le tocó luchar contra la segregación racial. La foto que habla, y de qué manera: trasmite la humillación y soledad de aquellos que se sienten desplazados y dejados de lado, y muestra la arrogancia de otros que creen tener el derecho y el poder para incluir o excluir a alguien. Habla también de las miradas, del peso de sentirse diferente al resto, de las sonrisas dibujadas por la soberbia de pensar que hay mejores y peores según su característica física, estrato social o vaya a saber uno bien por qué. ¿Qué siente una persona cuando es humillada? ¿Qué siente aquel que la hostiga?

El pasado mes de marzo, murió a los 75 años Linda Brown. Aquella niña que se convirtió, hace más de sesenta años en el símbolo de la lucha contra el racismo en los colegios de los Estados unidos. Para llegar a su escuela en Kansas, tenía que cruzar una vía de tren y luego tomar un colectivo. Era un trayecto largo y peligroso para una niña, sobre todo cuando oscurecía. Así que su padre decidió algo muy lógico: inscribirla en un colegio más cercano a su casa. En septiembre de 1950, cuando al pequeña cursaba tercero de primaria, fue con su padre a matricularse al Sumner Elementary School. Ocurrió, sin embargo, lo que muchos presagiaban: la escuela le denegó la inscripción: allí solo estudiaban niños blancos. “Podía sentir que algo estaba mal. Mi padre salió, me tomó de la mano y anduvimos de vuelta a casa. Pude sentir la tensión que se transmitía de su mano a la mía”, recordaba Brown años después del hecho.

El barrio en el que se crio Brown era multirracial. “Yo jugaba con niños hispanos, blancos, indios, negros”, contó en una entrevista en 1985. Su caso fue llevado a la justicia; cuatro años después, el Tribunal Supremo falló a su favor y finalizó con décadas de estigmatización educativa.

Linda Brown reflexionó años después acerca de su caso y de la sentencia que abolió el racismo: “Ha tenido un impacto en todas las facetas de la vida de las minorías en todo el país. Lo pienso en términos de lo que ha hecho para nuestros jóvenes, en la eliminación de ese sentimiento de ciudadanía de segunda clase. Creo que ha hecho que los sueños, las esperanzas y las aspiraciones de nuestros jóvenes sean hoy mayores”.

Me he preguntado muchas veces qué le sucede a una persona que genera este tipo de discriminación. Vivimos en una sociedad que es especialista en dividir y separar. Ya lo dice el dicho popular: "Divide y reinarás". Un mundo lleno de maldad que es experto en generar abismos. En la actualidad, pensar distinto es convertirse en el enemigo. Ya no hay razones: hay ataques feroces, defensas desesperadas y rencores que no dejan de crecer.

Si llegáramos a ser capaces de elevarnos, si fuéramos capaces de mirar más allá de nuestros prejuicios, más allá de nuestra envidia y rencor tan a flor de piel y, sobre todo, más allá de nuestra soberbia, veremos a un Dios especialista en tender puentes. Un Dios que amó a su creación sin distinciones. Que se hizo hombre producto de ese amor y que predicó con el ejemplo que no solo debíamos amar a nuestro prójimo, sino también a soportar y poner la otra mejilla ante aquellas injusticias tan humanas como la exclusión.

Nuestra sociedad hipócrita se jacta de incluir, pero la división es su forma de actuar. El ejemplo de Cristo es diferente: no hacer acepción ni distinción de personas; se trata de un amor que incluye a todos –aun a aquellos que no tienen voz- y que no deja de lado a nadie. Vivimos en una sociedad que no comprende este concepto de un amor que abarque a todos y que, sin embargo, lo necesita con desesperación. Nuestro compromiso no pasa tanto por explicarlo, sino por mostrarlo día a día. Todo un desafío.