Dos espantos

Una reflexión sobre la infancia

Por Facundo Costa

Los chicos vienen caminando por el callejón envueltos en una nube de tierra, chocándose entre ellos, porque son ciegos de nacimiento. Huérfanos de la guerra siria, llegaron a un campo de refugiados en la frontera gracias a la ayuda de unos vecinos que los trajeron de los suburbios de Damasco. Están traumatizados después de vivir durante meses bajo las bombas. Hablan poco y cuentan menos, mientras intentan integrarse a una escuela levantada por Unicef con carpas donde los atienden y educan.

Los pequeños que permanecen en la zona de guerra, y en particular los que pertenecen al califato Islamista, no tienen el privilegio de ir a estudiar o jugar. En el califato del ISIS cambiaron el currículum tradicional de los colegios para convertirlos en centros de adoctrinamiento. A los varones mayores de nueve años los reclutan para campos de entrenamiento donde reciben instrucción religiosa y militar. Luego de tres meses en estas escuelas, son enviados al frente de batalla para transmitir mensajes entre las unidades, preparar los pertrechos de los combatientes y también como dadores de sangre para los milicianos heridos. En otros casos, los usan como escudos humanos o los envían hacia las filas enemigas cargando chalecos explosivos.

 Por terrible que nos parezca, esto no es algo que el ISIS oculte: lo muestra con orgullo en decenas de videos que circulan en Internet. Los llaman “los cachorros del califato”: son la sangre nueva que va a mantener los ideales de los yihadistas. Los adolescentes corren hasta el objetivo cargando armas que prácticamente arrastran, derriban la puerta a patadas, se mueven como comandos y disparan contra objetivos marcados en las paredes. Los hacen arrastrar entre alambres de púas mientras les disparan a los pies, los cuelgan de enormes estructuras y los obligan a sumergirse en aguas contaminadas. Los premian o los castigan si logran hacer puntería durante las clases de tiro y, para quitarles las defensas del miedo, los obligan a acostarse en colchones infectados de arañas.

 Los chicos que no logran sobreponerse a estas torturas son enviados a otro tipo de entrenamiento más cruel: los preparan para convertirse en kamikazes. Entre septiembre y noviembre de 2015, hubo varios atentados explosivos en los suburbios de Aleppo, que de acuerdo a la propaganda del ISIS, fueron llevados a cabo por “cachorros que se convirtieron en mártires”. Un chico de doce años fue declarado como “héroe del ISIS” cuando se inmoló en la entrada del aeropuerto militar de Tabqa.

 Los videos que difunde el ISIS  muestran también a chicos participando de la ejecución de soldados sirios e incluso decapitando a los prisioneros. Según los especialistas, los cachorros del ISIS se podrían dividir en cinco categorías: los hijos de los combatientes extranjeros; los hijos de los milicianos locales sirios o iraquíes; los huérfanos de la guerra que terminaron en algún orfanato en el área del califato; los niños secuestrados después de matar a sus padres o que son obligados a separarse de ellos; y los hijos de los habitantes de la zona, convencidos y que apoyan al ISIS.

Solo alrededor de la ciudad de Raqqa hay cinco campos de entrenamiento de “cachorros” para menores de once años. En general llegan ahí después de un proceso de seducción, que va desde la simple entrega de golosinas u otros pequeños regalos a los menores hasta el pago mensual a sus familias de entre 250 y 300 dólares. Muchos de los chicos son obligados a observar las ejecuciones públicas en primera fila, situación que conlleva por detrás la estrategia de exponer a los niños a la máxima violencia desde el primer momento para que les sea a ellos y a sus familias sumamente difícil regresar a una vida “normal”.

Son alejados de sus casas para comenzar con los estudios religiosos donde aprenden la ideología básica del ISIS. Los yihadistas, como los nazis en su momento, están convencidos de que están construyendo una sociedad nueva y que tienen que preparar a esta generación para sucederlos en la implantación de la ley coránica en el mundo.

Situaciones como las que viven los niños en medio oriente no hacen más que arrancarles lo más preciado que tienen: su inocencia y su futuro.

Es increíble la capacidad del ser humano para corromperlo todo, incluso la niñez. El dogmatismo y la violencia de ISIS nos asusta, pero ¿no debería también conmovernos el dogmatismo y la violencia, esta vez silenciosa, con la que nuestra sociedad pretende eliminar a los niños por nacer? No hay gradación posible frente a la maldad, no hay forma de comparar aberraciones de esta naturaleza, pero es curioso que la misma sociedad que se escandaliza por un claro abuso sobre la infancia, sea capaz de gestar un movimiento masivo en apoyo de otro genocidio infantil, uno donde la violencia está solapada por sofismas y escondida detrás de falsas reivindicaciones.

Jesús fue claro al respecto al aclararles a sus discípulos: “Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque de los que son como éstos es el reino de los cielos”. Me pregunto qué cielo le espera a una sociedad hipócrita que condena con espanto lo que ella misma intenta hacer al amparo de la ley.