¿Qué es lo que más nos preocupa?

Una reflexión sobre la corrupción en nuestro país

Por Claudio Nava

¿Qué es lo que realmente nos preocupa más de nuestro país? ¿Qué es lo que genuinamente les inquieta a los argentinos? Tres encuestas recientes dan respuesta a estas inquietantes preguntas.

Un primer encuestador arribó a la conclusión de que al 50 por ciento de los argentinos le preocupa la situación económica, llámese la inflación, el desempleo y la pobreza; y tan solo el diecisiete indicó la corrupción como el gran inconveniente que enfrentamos.

Un segundo sondeo de carácter nacional concluyó que la primera inquietud es la inflación con el 33 por ciento, y la corrupción tan solo ocupa el cuarto lugar de preocupación con el 12 por ciento.

Por último, una tercera encuesta efectuada tan solo en la provincia de Buenos Aires, dio por resultado que la inflación es la primera preocupación con el 38,8 por ciento y la segunda, la corrupción con el 19,5 por ciento.

Los resultados son coincidentes y su conclusión es obvia: nuestro bolsillo interesa más que la honestidad y la corrupción.

La inflación es un problema serio. No olvidemos que en décadas  recientes hemos vivido experiencias traumáticas de hiperinflación. La inflación genera inquietud, imposibilidad de prever nuestros gastos, reducción de nuestros ingresos, arrimando a miles de familias al peligroso umbral de la pobreza. Pero pensar que este índice económico sea ampliamente más importante que la corrupción supone que los argentinos tenemos un serio problema de miopía en relación con los valores y principios elementales que deben sustentar una sociedad.

La corrupción es el robo descarado del dinero público por parte de autoridades  que elegimos para procurar nuestro bienestar. Los funcionarios públicos, principales responsables de este delito, amasan fortunas cuantiosas y vergonzantes. El dinero sustraído por la corrupción genera el deterioro de la salud, y por ende, aumenta la mortalidad; la pobre oferta educativa estatal, que condena a cientos de miles de niños y jóvenes a continuar sumergidos en la pobreza; y por último  —aunque la lista podría ser más extensa—, reduce los haberes que debieran recibir cientos de miles de jubilados que hoy deben enfrentar la ancianidad con carencias básicas y una vida indigna después de haber trabajado y aportado durante la mayor parte de sus vidas.

¿Puede progresar una nación, una institución, una empresa, y aún una familia en los cuales el robo se practique y tolere?

En la Biblia leemos que hace dos mil setecientos años, el pueblo de Israel atravesaba una situación penosísima: “Vuestra tierra está destruida, vuestras ciudades puestas a fuego, vuestra tierra delante de vosotros comida por extranjeros, y asolada como asolamiento de extraños”. ¿Cuáles eran las razones de semejante decadencia? El profeta Isaías reveló los motivos: “Tus príncipes, prevaricadores y compañeros de ladrones; todos aman el soborno, y van tras las recompensas; no hacen justicia al huérfano, ni llega a ellos la causa de la viuda”. En síntesis, la injusticia, el robo, el soborno y el enriquecimiento de las autoridades habían destruido la nación.

Dios establece una sentencia en el libro de los Proverbios: “La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones”. Cuando una nación se conduce con rectitud, avanza. Cuando tolera y acepta el mal, termina en el desastre.

Sin dudas, los problemas económicos son importantes, y nos afectan a usted y a mí. Pero no son los que destruyen a un país; es la práctica del mal por parte de las autoridades y la pasiva aceptación de esta situación por parte de la población los que conducen a la ruina. Solo hay esperanza para nuestro país: practicar la honestidad y ejercer la justicia.