La mujer

Para reflexionar en este día de la madre

Por Salvador Dellutri

Hace tiempo, intenté escribir un libro que se titularía Mujeres en mi vida. Nunca puede concretarlo; mi idea no era hablar de efímeros romances juveniles, sino sobre la importancia que las mujeres tuvieron en mi vida y educación. Ya de bebé, sobre mi cuna se asomaban los rostros de cuatro mujeres: mi madre, la abuela Ana y dos tías solteras: Delmira y Olga. Durante el día, la casa estaba despoblada de hombres y esas cuatro mujeres giraban a mi alrededor, porque había abierto el marcador de la familia: primogénito de mi madre, primer nieto y primer sobrino.

Lejos de ser una ventaja, esta condición me trajo algunos problemas: cada paso que daba estaba fiscalizado por alguna de ellas. Contra lo que alguno pueda pensar, no afectaron mi desarrollo como hombre, sino que dejaron una huella positiva y tengo que agradecerles el cariño —muchas veces excesivo—, la disciplina, la temprana formación espiritual… y algún oportuno coscorrón que no me dejó ningún trauma, sino que me enseñó a respetar.

Hablando sobre la importancia de la mujer en la sociedad, el filósofo Julián Marías explica que “las ideas actúan en la historia cuando dejan de ser ideas, cuando se convierten en creencias de subsuelo. Si se piensa en el mecanismo de la educación se ve que es principalmente la mujer la que transmite el sistema de creencias de una sociedad, es la gran transmisora, la verdadera sustancia de una forma de vida. Las ideas se transmiten por los libros, en la escuela, en la universidad, en muchos sitios; pero el sistema de creencias que es mucho más importante, lo transmite y comunica ante todo la mujer”.

En los hombres, los primeros seis años de vida son cruciales para establecer las bases de las motivaciones —por qué y para qué acciono—, formar hábitos, aprender la forma de resolver problemas y desarrollar las inclinaciones o aptitudes. Esos primeros años son el fundamento, la base sobre la cual desarrollará toda la vida. Y la mujer ha tenido, y sigue teniendo el protagonismo en la formación de las nuevas generaciones. De allí la trajinada frase “la mano que mece la cuna es la que gobierna el mundo”, que no por repetida deja de ser veraz.

En este tiempo se ha menospreciado el rol de la mujer como esposa y madre. Se considera que son roles inferiores, que denigran a la mujer cuyas prioridades tienen que ser otras. No podemos ignorar que en la situación actual, la mujer tiene que ayudar con su trabajo a la economía familiar, pero esto no nos tiene que llevar a menoscabar la tarea fundamental de la mujer en el hogar.

El sabio Salomón describe a la mujer ejemplar diciendo:

¡Vale más que las piedras preciosas!

Su esposo confía plenamente en ella y nunca le faltan ganancias.

Brinda a su esposo grandes satisfacciones todos los días de su vida.

Antes de amanecer se levanta y da de comer a sus hijos y a sus criadas.

Inspecciona un terreno y lo compra, y con sus ganancias planta viñedos.

Se reviste de fortaleza y con ánimo se dispone a trabajar.

Cuida de que el negocio marche bien, y de noche trabaja hasta tarde…

Y concluye diciendo:

Mujeres buenas hay muchas, pero tú eres la mejor de todas.

Los encantos son una mentira, la belleza no es más que ilusión, pero la mujer que honra al Señor es digna de alabanza.

¡Alábenla ante todo el pueblo! ¡Denle crédito por todo lo que ha hecho!