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Una reflexión sobre cómo afecta el pecado a nuestra vida

Por German Bondarczuk

Los hay de todos los tipos: herpes, sida, conjuntivitis, rabia, hepatitis; todos los virus se relacionan con un sin fin de enfermedades que afectan distintas partes de nuestro cuerpo. Algunos de ellos son más “débiles”, otros más “fuertes”; llegan a producir desde un simple resfrío o gripe hasta provocar parálisis o la misma muerte.

El virus no tiene vida, no puede moverse a voluntad, no piensa, no siente, no se reproduce como lo hacemos nosotros y tampoco pueden existir por más de unos minutos si no está unido a un ser vivo. Los virus no se alimentan ni se relacionan, porque no son seres vivos: son parásitos intracelulares. Necesitan de la célula para poder subsistir. Se adueñan de su energía, materia y maquinaria para producir y ensamblar nuevas réplicas que terminan infectando y, finalmente, matando a las células vecinas.

Estamos constantemente enfrentándonos cara a cara con distintos virus. La mayoría de ellos son detectados y eliminados por nuestro cuerpo sin que nosotros nos demos cuenta. Ese es el motivo del que una persona sana, bien alimentada y vacunada esté más protegida y sea menos susceptible a enfermarse, aunque esto no significa que vamos a tener una vida ciento por ciento sana y sin enfermedades: los virus siempre están al acecho.

Existen algunos de virus que, al lograr entrar dentro de nuestro organismo y superar nuestras defensas, comienzan a tomar el control de nuestras células de manera permanente, provocándonos un mal interior que nos va a afectar el resto de nuestras vidas y que, además, puede terminar contagiando y afectando a las personas que están en nuestro entorno. De una manera similar actúa el pecado, afectando lo mas profundo de nuestro ser y posteriormente, dañando y contagiando a las personas que nos rodean.

Muchas veces creemos que para asistir a una iglesia, leer la Biblia y orar tenemos que ser perfectos, no cometer ningún error, tener una familia ideal, una vida sin tachas. Otras veces, pensamos que las personas que pertenecen a una determinada religión deberían ser ejemplares y no cometer ningún desliz en su vida diaria.

Jesús dijo que “los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”. Y terminó aseverando que “no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento”.

Por medio de esta frase, podemos entender que Jesús no busca personas perfectas, ni mucho menos a aquellos que creen serlo. Él, como un buen médico, espera que nos acerquemos con todos nuestros defectos y errores, conflictos y dudas para, a partir de ahí, comenzar un proceso que va a durar toda nuestra vida, sanando poco a poco nuestras heridas del pasado y corrigiendo nuestros defectos del presente.

El primer paso que tenemos que dar es asumir que somos pecadores, y buscar al único médico que puede ayudarnos en este aspecto, no solo para que nos sane: también para evitar afectar a quienes nos rodean.