Maratón sedentaria

Una reflexión sobre cómo aprovechamos nuestro tiempo

Por Lucas Campisi

La tarde está lluviosa. Hay viento y el pronóstico anuncia que el clima se va a mantener así por varias horas. La combinación perfecta para maratonear. Claro: no se trata de salir a correr… Sino de mirar un capítulo tras otro de una serie de televisión hasta que nos ardan los ojos.

Esta práctica es cada vez más habitual en nuestros días; desde comienzos del siglo veintiuno, las series han mejorado su calidad argumental, su puesta en escena y su nivel de desarrollo.

También la forma de acceder a ellos ha cambiado: por medio de diversas plataformas uno puede quedarse largas horas atrapado frente al televisor o algún dispositivo similar. La plataforma de video más popular a nivel mundial, Netflix, cuenta con más de 100 millones de suscriptores.

En 1997, los estadounidenses Reed Hastings y Marc Randolph cofundan Netflix, una empresa dedicada a alquiler y venta de DVD por medio de internet. El usuario podía alquilar la película que estuviera dentro del catálogo en línea y luego la recibía por correo. De esta manera, se ahorraba tener que ir hasta el videoclub para alquilar y devolver el material. La idea surgió luego de que Hastings tuviera que pagar una multa de 40 dólares a su videoclub por haber perdido la película que había alquilado días atrás. A los pocos años, los dos emprendedores deciden acercarse a la cadena de videoclubes más importante de aquel momento, Blockbuster, para ofrecer un servicio en conjunto. Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo, cada empresa continuó su camino por separado: en 2010, Blockbuster debió cerrar debido al bajo rendimiento de sus locales, pero Netflix logró adaptarse a tiempo: en 2007, ya con diez años de historia empresarial, Hastings y Randolph deciden dar el gran vuelco y presentan la mayor innovación de su servicio: la incorporación del streaming, tecnología que permite a sus suscriptores ver series de televisión y películas desde sus computadoras personales. Luego de un período de rápida expansión, Netflix logra ofrecer sus servicios en nada menos que 130 países. Un dato interesante que arrojan las propias estadísticas de Netflix es que, en promedio, un usuario consume este servicio una hora y media por día.

Claramente, la manera de mirar series  fue mutando en estos últimos años. Hasta hace no mucho tiempo, uno tenía que esperar el día y horario en que se transmitía por televisión para poder verla; hoy, en pocos segundos cualquiera puede acceder a miles de títulos y temporadas completas e instalarse largas horas frente a la pantalla. Al comienzo, las series, muy elaboradas y con altos estándares técnicos, fueron una buena alternativa frente a la televisión basura, pero hoy muchos de sus contenidos promueven ideologías complejas y colaboran de manera muy eficiente con la maquinaria que pretende implantar principios cuestionables. Además, como gran parte de los desarrollos tecnológicos actuales, su mal uso promueve la compulsión; según algunos estudios, el auge de las series tiene que ver con el aumento de la soledad y la incapacidad de generar un diálogo fecundo con la persona que tenemos a nuestro lado.

La clave no está en descartar o prohibir, sino en ser conscientes. Esto implica evaluar lo que consumimos analizando al menos tres aspectos: calidad, tiempo y contenido. ¿Lo que vemos es resultado de una elaboración creativa y estimulante o no es más que un producto enlatado? ¿Cuánto tiempo dedicamos a ver estas producciones? ¿Cuánto tiempo, comparativamente, dedicamos a cultivar la relación con Dios y con nuestra familia? ¿Qué tipo de valores promueven estas historias? ¿De qué manera las propuestas de una serie afectan mi visión del mundo? Pablo sostuvo que todo es lícito, pero no todo nos hace bien. Con mucha sagacidad, estaba poniendo la decisión en nuestras manos, evitando extremismos e instándonos a pensar con libertad, pero también con responsabilidad. La elección, entonces, es nuestra y nuestros también son las consecuencias y los beneficios.