Golpe bajo

Una reflexión sobre el bullying

Por Facundo Costa

“Hay un momento en el que crees que la vida es eso. Que tú eres así, débil. Que la gente es mala. Que no solo es que haya unas niñas malas que te fastidian: es que los profesores lo permiten, e incluso participan. Y empiezas a pensar que es mejor que tu madre no vaya a quejarse al colegio. Porque cada vez que va, la cosa empeora. Te sientes sola. Primero no quieres ir al colegio. Luego no quieres salir de casa. Y al final ya no quieres salir ni de tu habitación", relata María, hoy con diecinueve años y víctima de acoso escolar durante su adolescencia.

Luego viene la desesperación. "Yo vi que no había otro camino, que tenía que suicidarme", contó la joven que por ese entonces ya había cumplido los catorce años. Se tragó doce pastillas de calmantes y pasó dos días internada en grave estado.

El acoso escolar, hoy conocido actualmente como bullying, es cualquier forma de maltrato psicológico, verbal o físico producido entre estudiantes de manera reiterada a lo largo de un tiempo determinado tanto en el aula como a través de las redes sociales.

"Lamentablemente, Argentina se ha convertido en el segundo país con mayor cantidad de casos de acoso escolar en América Latina”, señalan las autoridades de Bullying sin fronteras, una ONG internacional que lucha contra el acoso escolar. Y agregan un dato estremecedor: el acoso escolar provoca doscientas muertes al año en América Latina.

Todo episodio de bullying contiene tres elementos principales.

El victimario: El victimario logra dominar en muchos aspectos a su víctima, ya que se ejerce la violencia no solo física sino también psicológica y verbal.

La persona afectada no puede salir de ese espiral de violencia a la que su acosador lo condena. El victimario se sitúa en una posición de poder de la que la víctima no logra escapar.

El acoso puede ser más o menos agresivo pero siempre es una situación violenta para la víctima. La humillación verbal  o bien aislar al que es objeto del acoso con frases como “no se junten con este, déjenlo solo”, convierte a su colegio o entorno en un infierno: un lugar donde no puede relajarse, reírse ni disfrutar.

Toda persona que ejerce este dominio sobre otra es un violento. Ser violento es una decisión: el sujeto no logra controlar el impulso de la ira  y no sabe ponerse límites. Se deja llevar por la furia y reacciona descontrolándose.

La víctima: Toda persona que sufre bullying intentará asimilarlo y llegar a creer que es normal lo que le sucede: comienza a naturalizar que se los deje de lado, o que se burlen o que se rían de él o de ella. A esto se debe que muchas veces la víctima de bullying deje de denunciar ante los adultos a su agresor: se ha asimilado a ese entorno de desprecio y violencia. Siente que nadie lo entiende: ni profesores ni compañeros; tampoco se animan a hablarlo con los padres; comienzan un proceso de aislamiento que los lleva a callarse, entristecerse y sobrellevar esa pesada carga.

El entorno: Cuando se producen situaciones de bullying, asombra la pasividad del entorno: los que lo filman, los que se ríen, los que estimulan al acosador o los que permanecen como espectadores. Es el entorno que necesita el acosador para sentirse poderoso. Ese coro de risas que daña aún más a la víctima. Esas miradas de burla que avergüenzan al que ya está sufriendo. Los proyectos que han triunfando en su intento de controlar el bullying no trabajan sobre el acosador ni sobre el acosado, sino sobre el espectador. Una de las cosas que permite el acoso escolar es la pasividad del entorno. Trabajaron para que los alumnos empiecen a denunciar a los acosadores, para que los detengan, para que les señalen el error.

Frente a esta realidad, tan presente en nuestras aulas, uno se pregunta por qué una sociedad llega a estos excesos. Será porque hemos convertido al otro en un enemigo, al distinto en alguien a quien erradicar, al marginado en una persona a la que despreciar. Esto no es novedad: el ser humano viene comportándose de esta manera desde el inicio de su historia. Por eso el cristianismo siempre fue revolucionario: siempre bregó por el otro, por el respeto de los derechos de los marginados, por darle una voz a quienes eran acallados por la sociedad. Sin embargo, nuestra fe ha sido y es despreciada por muchos, sin comprender que el profundo mensaje de amor y comprensión predicado por Jesucristo nos mueve no a la aceptación de una condición, sino a la lucha esforzada para proteger al otro y ayudarlo a crecer.

Hoy nuestra sociedad reclama por derechos que el cristianismo viene defendiendo desde hace cientos de años. Tal vez sea el momento de entender que si no volvemos la vista a la fe que le abrió los ojos al mundo, nada podremos hacer para detener la escalada de violencia que hoy llega hasta nuestros jóvenes.