Enfrentados

Una reflexión sobre las divisiones

Por Claudio Nava

Si bien los montes Alpes parecían ser una barrera infranqueable, los pueblos en ambos lados de las fronteras se hallaban conectados por antiguos caminos. Los comerciantes de los dos países se conocían e intercambiaban productos necesarios. Incluso, se habían trabado lazos familiares a lo largo de los años; aún hablando diferentes idiomas, las familias se reunían para celebrar eventos especiales como casamientos o nacimientos. Al fin y al cabo, ese pueblo y esos vecinos eran más cercanos que quienes vivían en las capitales de sus propias naciones. Pero al declarase la guerra entre ambos países, todo cambió. Los vecinos fueron convocados al combate y cavaron trincheras enfrentadas una a la otra. La guerra se prolongó y los soldados sucumbían día a día víctimas de las enfermedades, el frío, el fuego de la artillería enemiga y las balas de sus antiguos vecinos, devenidos ahora en francotiradores enemigos. Las tumbas improvisadas se extendieron junto a las trincheras. Los nuevos reclutas, futuros caídos o heridos, reemplazaban a los soldados muertos o maltrechos. Este era el cuadro en las trincheras italianas y austriacas durante la Primera Guerra Mundial, en la que murieron alrededor de 700 mil soldados italianos y un millón y medio de soldados austríacos.

¿Cómo pudo suceder que antiguos vecinos y familiares se matasen entre ellos? ¿Cuál fue el motivo? En las décadas previas y posteriores a la Gran Guerra, se intensificaron los movimientos nacionalistas en toda Europa. La exaltación desmedida de las costumbres y la cultura de cada nación, y el hecho de considerarlas superiores a las de las naciones lindantes impulsaron la rivalidad, la competencia, el armamentismo y ocasionó finalmente la guerra.

Nos apesadumbra lo que sucedió cien años atrás; pero, ¿hemos aprendido la lección? Si analizamos nuestra realidad, veremos que líderes de perfil nacionalista, críticos hacia las minorías u hostiles con los extranjeros han llegado al poder y gobiernan en naciones influyentes como Estados Unidos, Gran Bretaña, Italia, Brasil y Rusia, generando un clima con muchos puntos en común con respecto al que se vivía antes de la Primera Guerra.

Sintetiza magníficamente el ambiente del mundo presente un periodista español al escribir: “A cualquier lado al que miremos, casi sin excepción, vemos un similar escenario de odio, enfrentamiento, extremismo, polarización, brutal lucha partidista. Los radicales se imponen sobre los moderados, el centro pierde espacio, el pacto y la negociación dejan de ser una opción apreciada por la sociedad, que premia a los que prometen destruir al adversario político sin miramientos”.

Debemos detenernos y recapacitar, porque este clima de época no presagia nada bueno. No sería raro que otra vez los vecinos se conviertan en soldados y maten a otros vecinos, también devenidos en soldados, como sucedió en el pasado.

La misión de Jesucristo contrasta notablemente con esta propuesta fratricida:

Cristo nos ha dado la paz. Por medio de su sacrificio en la cruz, Cristo ha puesto fin al odio que, como una barrera, separaba a los judíos de los que no son judíos, y de dos pueblos ha hecho uno solo… Por medio de su muerte en la cruz, Cristo puso fin a la enemistad que había entre los dos grupos, y los unió, formando así un solo pueblo que viviera en paz con Dios… Por medio de lo que Jesucristo hizo, tanto los judíos como los no judíos tenemos un mismo Espíritu, y podemos acercarnos a Dios el Padre.

Las dos propuestas son claras y distintas: las naciones y sus gobernantes proponen siempre la rivalidad, el odio y el enfrentamiento entre las familias y los pueblos. Jesucristo, en cambio, propone la paz, derribar las barreras del odio entre las naciones y que todos unidos nos acerquemos a los pies de Dios. ¿Qué propuesta elegirá nuestro mundo? ¿Qué propuesta elige usted? Yo ya elegí.