Perdimos por goleada

Una reflexión sobre la violencia en nuestra sociedad

Por Facundo Costa

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos seis y en el dos mil también. Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos. Contentos y amargaos. Valores y dubles. Pero que el siglo veinte es un despliegue de malda' insolente ya no hay quien lo niegue. Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos.

No estaba tan equivocado Enrique Santos Discépolo cuando escribía con tanta lucidez el tango “Cambalache”. Lo que sucedió hace unos pocos días en el estadio de River, ante los ojos del mundo y con la excusa de un partido de fútbol, nos desnuda como país y deja ver la putrefacción que hay en la sociedad. Los canales de noticias y las redes sociales mostraron imágenes que no son dignas de un espectáculo deportivo: policías avanzando contra violentos que intentaban entrar al estadio sin tickets, hordas de salvajes sorteando los portones y las vallas de la seguridad, una madre —si es que realmente se la puede llamar así— que utilizaba a su hijo para ingresar ilegalmente bengalas al estadio, policías reprimiendo injustificadamente a hinchas  que nada tenían que ver con los disturbios, ladrones que aprovecharon el caos para realizar su nefasta tarea fueron algunas de las tristes viñetas de un fin de semana negro. La ironía de la tarde la ponía la empresa que patrocinaba el encuentro con el eslogan “Argentina: orgullosos de nuestra pasión”.

La realidad es que nuestro país va a la cabeza en cuanto a las estadísticas de violencia en el fútbol. Desde el año 1922, ocurrieron 328 muertes en el fútbol argentino. Periodistas con infinidad de horas de aire hablando por hablar y defendiendo intereses privados, repiten que es culpa de los inadaptados de siempre, cuando ellos mismos son voceros de aquellos dirigentes deportivos que tejen por debajo de la mesa sus maniobras políticas para ganarle de mano a sus colegas llevando agua para su molino. Porque la verdad es que no son solo quince o veinte inadaptados: es una sociedad enferma que transformó un deporte en una guerra, que no entiende que una camiseta de diferente color no hace al otro un enemigo. Los violentos que manejan las barras bravas son fácilmente ubicables; solo falta la determinación política de terminar con esta tragedia. El problema es toda esa sociedad de “gente bien” que les da legitimidad, que los aplaude y festeja sus fechorías bajo el repudiable concepto de  “folclore del fútbol” y “cultura del aguante”, dos de las cosas que tanto mal le han hecho a la sociedad argentina: en las tribunas de nuestro país se canta recordándole al rival cuántos hinchas un equipo le mató al otro. Y las entonan cuarenta mil personas, no solo los inadaptados de siempre. Volver sano y salvo de una cancha en la que no hay visitantes —pero, vaya contradicción, sigue habiendo violencia— es toda una hazaña. Hemos naturalizado la barbarie. El poder político quiso jugar el partido a toda costa; pareciera que al fin y al cabo es solo una cuestión de puntería. Como nadie perdió la vida, el show debe continuar.

Lo que los argentinos mostramos al mundo el fin de semana pasado me lleva a pensar que tal vez no aprendimos nada de nuestra historia. Argentina coquetea siempre con las tragedias.

Así como Discépolo presagiaba el desastre, cientos de años antes, otro poeta tenía palabras durísimas que aplican perfectamente a nuestra realidad: “De la punta del pie a la cabeza no hay nada sano en ustedes; todo es heridas, golpes, llagas abiertas; nadie se las ha curado ni vendado, ni les ha calmado los dolores con aceite. Su país ha quedado hecho un desierto, y arden en llamas las ciudades”. ¡Qué terrible, qué doloroso resulta que estas palabras del profeta Isaías tengan tanta vigencia! Me pregunto si algún día aprenderemos a no repetir la historia y aunque no puedo dar una respuesta cierta, sí tengo claro por donde empezar: hay que volver a nuestros valores más esenciales, esos encarnados por un Dios que supo ser más grande que toda la violencia y la impunidad que lo rodeaba.