Enigma

Una reflexión sobre el sentido de nuestra existencia

Por Ezequiel Dellutri

Qué poco sabemos de los otros.

Tal vez una de las preocupaciones más persistentes en mi vida haya sido el intentar saber qué piensan y sienten las personas. Y a pesar de todos mis esfuerzos, a pesar de que aguzo al máximo la capacidad de observación, el otro todavía sigue siendo un enigma difícil de resolver.

Volví a pensar en todo esto hace unos días, al leer una noticia muy breve que escondía una tragedia enorme. En California, una pareja de modelos apareció muerta en su dormitorio. Según sus padres, eran sanos y estaban satisfechos con sus vidas. La verdad era otra, mucho más cruel: desde hacía un tiempo, ambos eran adictos a la heroína, una de las drogas ilegales de efecto más destructivo. En la década del noventa, el director británico Dany Boyle inmortalizó las nefastas consecuencias de este estupefaciente en la película Trainspotting, basada en un libro del escritor británico Irvine Welsh. El film se convirtió en una de las marcas registradas de la generación del noventa por haber sabido plasmar de manera creativa el vacío de la sociedad. Se creía que el consumo de heroína estaba en baja, pero resurgió con fuerza en los últimos años, sobre todo en los Estados Unidos, lo que no es de extrañar: en la era del mostrar, esta droga genera poderosas alucinaciones y crea mundos placenteros, pero irreales.

Miro las fotos de la pareja de modelos: nada hace prever la tragedia. Se los ve hermosos, felices, con una vida que la mayoría envidiaría. Aparentan estar tan alejados del fracaso y la frustración, tan apartados de los avatares de la cotidianeidad, tan cercanos a una vida ideal. Y, sin embargo, no es así: toda existencia esconde aristas complejas. El ser humano es todo menos simple, todo menos normal, todo menos previsible. Y uno siente, incluso que, aunque un matrimonio pueda ser una sola carne, jamás podrán ser una sola mente. Fuimos creados para la individualidad, pero estar aislados en nuestra propia mente tampoco es lo nuestro: necesitamos del otro para completarnos y es ahí donde comienza nuestro drama. Porque solos no podemos, pero consensuar a veces parece una tarea imposible, porque, ¿cómo acercarnos al otro cuando es un conjunto de signos y actitudes que no somos capaces de descifrar? El prójimo, el que tenemos al lado, es un misterio.

Ser transparentes, algo que solemos pedir y reclamar aunque no siempre damos, es una categoría inalcanzable para el ser humano, porque no solo la mirada del otro es incompleta, sino que la propia tampoco lo abarca todo. Sobrevivir a nuestra condición nos ha hecho expertos en el arte del autoengaño. Muchas veces escuchamos a amigos o conocidos definirse, decir que son de cual y tal manera, pero de inmediato encontramos en sus actos algo que contradice esa idea que tienen de sí mismos; lo terrible es que lo mismo sentirán ellos al escucharnos a nosotros definir con palabras lo que no siempre sostenemos con los hechos.

Necesitamos, entonces, una mirada superadora: ni la del otro, que es incapaz de llegar a lo profundo de nuestra interioridad, ni la nuestra, que está sesgada por nuestra capacidad de autoengaño. Los cristianos pensamos que la única mirada verdadera, real, definitoria que recae sobre nuestra vida es la de Dios: ni ocultamientos ni engaños valen con Él. Frente a nuestro Creador estamos desnudos en el sentido más radical de la palabra: nada podemos esconder. Y esto, que puede resultar angustiante en un primer momento, es en realidad el inicio de todo, porque en esa vulnerabilidad es donde empezamos a encontrar el camino para descubrir el sentido de nuestra existencia.

Enfrentarse a Dios es la tarea más profunda en la vida de una persona. Por eso, también, es la más urgente y fundamental.