Justicia por mano propia

Una reflexión sobre la justicia

Por Claudio Nava

Días atrás, dos motochorros fueron detenidos y varios testigos reclamaban a los policías la alternativa de ejecutarlos allí mismo como escarmiento para ellos y para tantos otros que practican esta modalidad delictiva en Buenos Aires.

Existen muchos antecedentes históricos nefastos de justicia por mano propia, que es al fin y al cabo lo que pretendían estos transeúntes. Décadas atrás, en el sur de los Estados Unidos cuando algún hecho delictivo afectaba a algún “blanco”, el grupo racista Ku klux Klan culpaba a un negro, y por la noche, encapuchados y con antorchas, lo apresaban y colgaban. Otro tanto sucedía en la Alemania nazi: los judíos eran culpados por todos los males que sufría la nación, y un grupo paramilitar, las SA, se encargaba de salir a la calle y ejercer justicia por mano propia, incendiando comercios, sinagogas y escuelas, y asesinando judíos.

En nuestro país la tentación de hacer justicia por mano propia se está volviendo irresistible para muchos, y como para los racistas en Estados Unidos y los nazi en Alemania, principalmente para ciertos grupos radicalizados dominantes que hoy están de moda. Los métodos son más sutiles, pero no dejan de ser casos de justicia por mano propia: un escrache masivo por todos los medios digitales de un presunto alumno o docente culpable en una escuela, una denuncia televisiva y masiva sobre un escenario de un presunto delito cometido por un artista, etc.

Más allá de la veracidad o no del delito, —y que en caso de comprobarse merece que todo el peso de la ley caiga sobre el culpable—, la persona apuntada ya ha recibido la sentencia pública del autoestablecido tribunal popular, sentencia que pesará por siempre, sin importar el veredicto final que dará el aparato judicial tiempo después.

Existe concordancia entre el pensamiento cristiano y el conjunto de los sistemas judiciales vigentes en relación a quién debe ejercer la justicia. El apóstol Pablo dice que no son todos los ciudadanos, sino los magistrados los que  “llevan la espada”, y “están al servicio de Dios para dar su merecido al que hace lo malo.” Los sistemas judiciales en su inmensa mayoría establecen que el ejercicio de la justicia no puede quedar en manos de las masas o de ciertos grupos sociales, sino que debe ser ejercida por personas calificadas que lleven adelante un proceso ya pautado que permita el esclarecimiento de las situaciones conflictivas y la asignación de responsabilidades.

Cuando una masa o un grupo de personas impulsivamente se arrogan por su cuenta el derecho de ejercer justicia y establecer quiénes son los culpables muy probablemente se cometan gravísimos e irreparables errores.

El caso emblemático de esta situación perniciosa fue el juicio a Jesús. El magistrado romano Pilato delegó irresponsablemente  el ejercicio de la justicia que debía efectuar él en el populacho malintencionado de Jerusalén. El resultado: Jesús, el justo, condenado a muerte, y el homicida Barrabás, declarado inocente y puesto en libertad. Porque la contracara de todo esto está en una justicia lenta y manejable, donde las cuentas nunca están claras y se permite que los poderosos hagan y deshagan a su antojo.

Más allá de que los cristianos reconocemos que el respeto, la vida, la libertad, la paz y la verdad son valores primordiales, todos los argentinos, sin importar nuestra creencia, aceptamos que estos principios son reconocidos y protegidos por nuestras leyes. Pero con el mal ejercicio de la justicia, ninguno de estos valores puede practicarse y perdurar. No por nada el sabio Salomón escribió que “la justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones.” El ejercicio de la justicia es una actividad vital que los ciudadanos debemos respetar inmensamente al tiempo que exigimos a quienes la ejercen un verdadero compromiso sin más banderas que la búsqueda de una sociedad más honesta.