Cicatrices

Una reflexión sobre las marcas que nos va dejando la vida

Por Lucas Campisi

Las cicatrices del rostro poco me importan, o nada; las que me importan, y mucho, son las que tengo en el alma.

Este era el pensamiento del escritor argentino del siglo XIX Estanislao del Campo. Su idea viajó en el tiempo y espacio llegando a la actualidad y ubicándose en el estado de Maryland, Estados Unidos.

Hace unos días, la historia de una niña de tan solo 9 años se volvió viral en las redes sociales, haciendo reflexionar sobre el significado de las cicatrices que la vida va dejándonos.

Claire Russell no ha tenido una vida simple como sus padres hubiesen anhelado. A los 4 años, le diagnosticaron sarcoma de Ewing, un extraño tipo de cáncer que afecta principalmente los huesos y los tejidos blandos. Luego de doce meses, diecisiete rondas de quimioterapia y varias cirugías de alta complejidad, la pequeña salió adelante y hoy disfruta de una vida común y corriente como la de cualquiera de sus compañeros de colegio. Sin embargo, las marcas de las reiteradas operaciones a las que fue sometida quedaron en su espalda en forma de cicatrices.

Según cuenta su madre, Claire siempre estuvo orgullosa de las dificultades que superó y nunca tuvo ningún tipo de pudor para exhibir sus cicatrices a quien quisiera verlas: son las pruebas del sufrimiento que había dejado atrás. No obstante, un día Claire le anunció a su madre que no quería volver a usar ninguna remera que dejara ver sus cicatrices. La madre, sorprendida, le preguntó por qué había tomado esta decisión. La pequeña respondió que, días atrás, un compañero de la colonia de vacaciones le había recomendado que no use ropa que dejaran ver sus marcas, porque causaban miedo. Ante esto, la primera reacción de la madre fue de enojo para con el chico, pero luego de pensarlo bien, animó a su hija con esta frase: “Quiero que pienses en todas las nenas como vos que conociste, que están luchando contra el cáncer y que tendrán las mismas marcas. ¿Querés que las oculten?”. Esto hizo reflexionar a la niña, entendiendo que sus cicatrices servían de ejemplo y de estímulo para aquellos chicos que hoy atraviesan una situación similar a la que ella tuvo que enfrentar.

Esta historia nos lleva a pensar en las huellas que nos van dejando las diversas situaciones que nos toca afrontar en nuestra vida. Para que haya cicatriz, primero tuvo que haber una herida, ya que la primera es la señal que queda después de curada la laceración.

Cuando Jesús fue llevado a  la cruz, su cuerpo fue herido. Al resucitar, quedaron las marcas de su entrega en forma de cicatrices. Por medio de ellas, sus discípulos más incrédulos creyeron que había resucitado.

Las marcas de nuestra vida, aún aquellas que se produjeron por nuestros propios errores, son testimonios de un Dios que restaura y restablece. Aunque debemos escapar del exhibicionismo espiritual, tampoco debemos ocultarlas: muestran la labor reparadora de Jesús en nuestras vidas, porque ya no son heridas abiertas: son solo marcas de lo que ya quedó atrás. No son motivo de orgullo personal, sino del amor de un Dios que se acercó a nosotros a pesar de nuestras muchas imperfecciones.