Una vida transparente

Un reflexión sobre la hipocresía

Por Facundo Costa

La imagen que acompaña este texto es la del tipo de imágenes que muestran una figura y esconden otra. Se necesitan un poco de atención para descubrir lo que siempre estuvo ahí, pero no logramos percibir en una primera mirada. Este estilo de ilustraciones podría ser la perfecta descripción gráfica del significado de la hipocresía.

Hipócrita es aquel que finge sentimientos o cualidades que, en realidad contradicen lo que verdaderamente siente o piensa. El concepto de hipocresía proviene de una palabra griega que hace referencia a la función de representar un papel: el hipócrita era un actor teatral sin ningún tipo de connotación negativa. Posteriormente, se utilizó el término para referirse a aquellos que actuaban en la vida cotidiana fingiendo ser personas que no eran.

La hipocresía contempla dos acciones: la simulación y el disimulo. La primera consiste en mostrar lo que se desea que se vea de uno mismo, mientras que la segunda se basa en ocultar lo que no quiero mostrar. En la actualidad, y gracias a las redes sociales, se da un nuevo tipo de fenómeno que tiene que ver con la hipocresía: la construcción de una vida ficticia. Las fotos que subimos a nuestros perfiles muestran una realidad que no siempre se condice con nuestra cotidianeidad: filtramos y elegimos qué es lo que queremos mostrar. Cuando hablamos de hipocresía hablamos de una persona que pregona cierta clase de valores y aplica otros en su propia vida.

No es una novedad decir que vivimos en una sociedad que hace de la hipocresía un estilo de vida. Hace tiempo leí en un grafiti una frase que tiene que ver con esto: “Le vi la cara a la hipocresía, y juro que es igualita a alguien que conozco”. Seguramente usted debe tener presente en su mente a más de una persona a quien vincula con este tema por su forma de conducirse, pero ¿qué hay de mí? ¿Cómo me llevo con la hipocresía? ¿Es un tema que me roza de cerca? ¿Señalo errores ajenos sin prestar atención en los traspiés personales? ¿Intento arreglar la vida de otros antes que atender asuntos propios? Todos hemos sucumbido alguna vez ante las seductoras máscaras de la hipocresía.

Jesús tuvo varios encuentros ríspidos con los fariseos por el tema de la falsedad en sus vidas. Cristo los denunció varias veces por enseñar una forma de vida que no practicaban. Uno de los tantos cruces que El Señor tuvo con los fariseos fue porque ellos privilegiaban el ritualismo antes que obedecer la Palabra de Dios. El diagnóstico de Jesús acerca de la actitud farisea fue certero: “Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí”

En la actualidad es muy difícil que una persona se acerque a una iglesia, más todavía que abra la Biblia. Se recurre a Dios solo en casos de extrema emergencia como un último recurso. Cuando se lo necesita, se recurre al ritualismo como el camino más fácil, porque implica solo un sacrificio momentáneo y no un cambio radical en el estilo de vida. Los ritos y costumbres que carecen de un valor real no nos acercan a Dios, porque Él no quiere eso, no me pide esas cosas. Jesús fue quien les dijo a estos hombres ritualistas que vivían de esta manera. Las palabras del maestro fueron “misericordia quiero y no sacrificios”. Les estaba diciendo que no quería que actuaran por costumbre, sino que aprendieran a asumir su propia condición y a partir de ahí, a ser generosos con el otro. Porque romper la barrera de la hipocresía implica ver nuestra realidad y comprender que en nada soy diferente al que tengo al lado.

Estaba claro que Jesús no toleraba a esta clase de personas. La última sentencia acerca de los fariseos fue lapidaria: “por fuera aparentan ser gente honrada, pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad”.

Sería un grave error creer que los fariseos son solo personajes de la Biblia que convivieron con Jesús. Son estereotipos de personas que viven así, aun hoy: con un corazón lejano del sentir de Dios y caminando cada día al lado nuestro. Es importante que revisemos nuestras vidas y escuchemos las palabras de Jesús para no convertirnos en hipócritas espirituales.