Un antes y un después

Una reflexión sobre la verdadera transformación de la vida

Por Claudio Nava

Semanas atrás, un compañero de trabajo visitó la India y Nepal. Como la mayoría de los turistas, publicó en las redes imágenes de su estadía. Otra compañera efectuó un sugerente comentario en una de sus fotos: “Hay un antes y un después de la India”. No es un comentario novedoso: expresa el sentir de una porción de nuestra sociedad, especialmente de las capas medias y altas, que consideran que en las filosofías y religiones orientales pueden hallar la verdadera transformación y renovación, que según ellos, no pueden alcanzar con las creencias tradicionales de Occidente, como la fe cristiana.

La influencia en Occidente de las filosofías y religiones orientales como el hinduismo y el budismo no es ninguna novedad. Podemos hallar sus raíces en la década del sesenta. La música contribuyó en esto: en 1968, los Beatles viajaron a la India y efectuaron una sesión de entrenamiento de Meditación Trascendental con Maharishi Mahesh Yogi. Desde entonces, en Occidente existe una fascinación con las creencias orientales y una fe ciega en su poder.

El hinduismo y el budismo, con sus diversas corrientes, son muy antiguos. Comenzaron a desarrollarse 500 años antes de Cristo, y si debemos creer en su poder transformador, deberíamos ver después de tantos años algunos de sus inmensos y positivos resultados en medio de las sociedades en que florecen, como por ejemplo la India; pero por cierto, no es así. Según estadísticas de organizaciones mundiales, pocos años atrás la India era el país con más población viviendo en la extrema pobreza. Hoy ocupa el segundo lugar detrás de Nigeria. La expectativa de vida, aún con los avances económicos de los últimos años, sigue por debajo de los países desarrollados occidentales, incluso de nuestro país: en promedio un indio no llega a los 70 años de edad. Casi un 36% de los niños tiene una talla y un peso por debajo de lo normal debido a la desnutrición crónica. Cuenta también con una de las mayores tasas de mortalidad materna e infantil a nivel mundial, y ocupa los primeros lugares en las estadísticas de casos en enfermedades como la rabia y la tuberculosis. Y no puedo extenderme aquí explicando la terrible desigualdad que aún persiste en la sociedad india debido al sistema de castas, instituido justamente por el hinduismo.

¿Cómo podemos creer que las religiones orientales pueden transformar nuestras vidas y conducirnos a la felicidad cuando los mismos habitantes de los países que creen en ellas arrastran después de siglos tan graves  flagelos? Frente al tan terrible panorama social que aún atraviesan los hinduistas y budistas, ¿podemos aceptar que en sus religiones y creencias encontraremos respuestas para el presente y el porvenir? Si no han podido mejorar sus vidas en aspectos tan básicos y elementales como la igualdad, la alimentación, salud y pobreza después de 2500 años, ¿cómo podemos creer que visitando la India y tomando contacto con sus creencias comenzaremos una nueva y feliz vida?

Pese a que en redes, libros y por intermedio de la arenga recurrente de famosos en los medios de comunicación se nos diga que “hay un antes y después de la India” y “que en la religiones orientales hay respuesta para el hombre”, la situación en la que vive actualmente la población que confía en ellas indican lo contrario.

Viajar y visitar lugares exóticos no trasformarán nuestra vida. Tampoco tomar contacto con religiones extrañas y novedosas, ni aún con religiones tradicionales y conocidas. Solo hay un encuentro que puede cambiar nuestra vida, y ese encuentro no es con un conjunto de prácticas religiosas o un sistema de creencias, sino con una persona: Jesucristo. Un día Jesús visitó la ciudad de Jericó. Sobre un árbol estaba Zaqueo, un abusivo cobrador de impuestos que intentaba conocerlo. Jesús lo miró y le dijo: “Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa”. Zaqueo descendió y lo recibió en su casa; y a partir de ese encuentro su vida cambió, definitivamente.

Ese es el verdadero antes y después.