La voz de la experiencia

Entrevista al pastor Raúl Caballero Yoccou

En el año 2005, el pastor Raúl Caballero Yoccou visitó la Iglesia de la Esperanza. En una distendida charla con el grupo de jóvenes, habló de su ministerio, dio consejos, divirtió y llamó a la reflexión. Lo que sigue son fragmentos extraídos de esa entrevista que, aunque no lo sabíamos entonces, sería la última que concedería este gran siervo de Dios.

Nací en un hogar cristiano: mi abuela y mi mamá se convirtieron en el año 1902 en la iglesia de la Unión Evangélica de Campana, cuando algunas señoras empezaron a reunirse en una casa buscando la presencia del Señor. Al principio, era un grupito insignificante, pero pronto llegaron a ser quince o dieciséis. Al poco tiempo de que mi abuela comenzara a concurrir a las reuniones, falleció mi abuelo, Juan Bautista Yoccou. Por supuesto, mi abuela quiso que sus hijos también conocieran al Señor. Finalmente, pudo lograr que las dos más chicas la acompañaran a los encuentros. Ninguno de mis tíos se convirtió, ni siquiera la que al principio acompañaba a mi mamá.

En el año 1907, la familia se mudó a Quilmes. Mi abuela y mi mamá, que todavía era pequeña, se empezaron a congregar en una iglesia que funcionaba en un salón muy pequeño. Ahí conoció a mi papá, que en 1908 había llegado de España junto a su madre, quien se había convertido en la Iglesia Presbiteriana de Madrid. Como los dos cantaban en el coro, terminaron poniéndose de novio. En el año 1920 se casaron; yo nací dos años después. De todos los hermanos, mi papá y mi mamá fueron los únicos que siguieron en el camino. Aunque el evangelio es para todos, solamente algunos lo aceptan.

Yo empecé de muy pequeñito yendo a las reuniones de la Iglesia de Quilmes, a la que sigo concurriendo. Me convertí cuando tenía doce años. Algunos himnos del cancionero me impactaban mucho: les prestaba mucha atención a las canciones. Además, estaban las predicaciones del maestro en la Escuela Dominical y lo que veía en mi casa, donde tenía un ejemplo de hogar cristiano: mi papá leía las Escrituras todos los días y orábamos de rodillas; era un hogar del Señor. Y la formación de un hogar de esa naturaleza le da mucha vertebración, mucha estructura a una familia.

Me acuerdo el día y el momento en el cual me convertí: salí corriendo del templo un domingo a la noche para contarle a mi mamá que había aceptado al Señor.

Pasaron unos poquitos años en los que me enseñaron a conocer cuál es el compromiso que debía asumir con Dios, conmigo mismo, con la familia, con la Iglesia. A los dieciséis años, me bauticé.

De ahí en adelante, empecé a crecer. Me gustaba muchísimo estudiar la Biblia. Pasaba horas y horas y horas leyendo. ¡Estaba todo el tiempo arriba de la Biblia! Lo que aprendí en esos años está metido muy adentro mío. Los sábados a la tarde, leía durante cuatro o cinco horas, y lo mismo pasaba todos los días antes de ir a la escuela: estudiaba las Escrituras cada vez que podía.

Sentí un llamado del Señor –no sé si decir o hablar de “llamado”, hay que tener cuidado con ese término–. Digamos mejor que tuve una inclinación. Después de estudiar tanto la Biblia, las Escrituras, de ver cómo surgían los hombres de Dios, cómo eran utilizados y cómo las personas servían –todas esas cosas que encontramos tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento–, pensé que yo podía ser uno de ellos. A los dieciocho o diecinueve años, me pareció que alguien me tenía que acompañar; pero esa persona con la que formaría mi hogar no podía ser cualquiera: tenía que sentir al menos algo similar a lo que yo experimentaba con respecto al servicio. Resolver esto me costó un poquito de trabajo: chicas lindas y buenas había, pero no era cuestión de una novia, era cuestión de un ministerio. Finalmente, el Señor encontró para mí a la mujer que podía ayudarme en la tarea.

En 1943, empecé el noviazgo con la que luego se convertiría en mi señora –que ya falleció, como todos ustedes saben–, y al principio del 1947, con solo tres años de novios, nos casamos con todo: la casa completa, dinero para la luna de miel y un poco para cuando volviéramos.

Tuvimos tres hijos: Alicia que es la mayor, Raúl que es el pastor de la iglesia en Quilmes a la cual pertenezco, y Clérida que trabaja activamente en una iglesia en Córdoba. Los tres sirven al Señor de manera constante.

Además, tengo diez nietos. Por parte de mi hija mayor, tres biológicos y una de corazón: el día que nació, murió su mamá; ella y su marido la adoptaron. Hoy tiene 21 y está estudiando derecho en la facultad. Es muy espiritual, muy temerosa de Dios, muy despierta. Mi hijo Raúl tiene tres hijos y tres, mi hija Clérida.

No elegí ser pastor, al menos no de manera directa: empecé sirviendo. El comienzo de una persona que va a ser de valor en la iglesia nunca empieza por arriba, sino por abajo. No se empieza estudiando, sino sirviendo. A mí me gustaba ayudar a los niños y adolescentes, desde estar con ellos hasta visitar enfermos de mi edad que, sabía, no podían venir a la iglesia. Mientras, estudiaba mucho la Biblia, prestando atención a cómo eran los siervos, cómo el Señor buscaba siempre gente trabajadora. Dios nunca buscó haraganes: Jesús llamó a los discípulos cuando estaban trabajando. Eso me llamó mucho la atención. Pensé: «Si el Señor tiene algo para mí, yo estudio la Biblia y si surge alguna posibilidad… avanzo». Y así se fue formando en mí el hábito de aplicar la Biblia a mi vida.

No podría decir que un pastor se hace, sino que se forma. No se puede decir “este tiene el título”, sino “este tiene la estructura de pastor”. Por lo menos, así fue en el caso mío. Soy pastor porque tengo algo que el Señor me ha dado, pero también porque leía la escritura y sentía la inclinación hacia Dios, que me iba dando más a medida que avanzaba.

Escribí muchos libros, pero la primera vez, lo que hice no sirvió: no tenía manejo del idioma. Tuve que aprender más y mejorar mi castellano. Tenía grandes deficiencias, así que si quería escribir, tenía que aprender sobre verbos y sustantivos.

Después de este período, saqué mi primer libro en 1962. Cuando lo leo ahora digo “¡Madre mía!”.

Claro que debe haber vocación en el pastor. Es una tarea que no tiene horario. Comúnmente, se ganan los garbanzos de una forma diferente: se empieza a trabajar en un horario determinado y termina a otro, pero en este caso no es así: no hay horarios de inicio ni de finalización, porque no es una profesión. El pastor está al servicio de las personas y no de sí mismo. Si no se regula bien, no se puede dar tiempo a la familia porque otros lo absorben. Un pastor debe estar dispuesto a servir a cualquier hora y en cualquier momento.

Cuando empecé a descubrir la Biblia, comprendí de inmediato que se trataba de un libro diferente: es la revelación que Dios nos ha dado sobre lo que quiere que sepamos de Él y de su voluntad. Al principio me resultaba árida, pero me mantuve firme. Veía a mi papá leyendo las Escrituras y eso era un estímulo para mí.

Empecé a descubrir que cuando la Biblia entra en nuestra vida, comienzan a desaparecer los estorbos que nos impiden comprender. Uno lee determinadas partes de las Escrituras y piensa: ¡No entiendo nada! Pero si vuelve al pasaje con otra actitud, entiende que el problema está en uno. Y me di cuenta de que la Biblia es difícil por las brechas: determinadas particularidades propias del texto bíblico que demandan un esfuerzo y conocimiento particular para poder ser superadas. Por ejemplo, el tiempo en el que fue escrita, distinto al nuestro; las personas para las que se redactó, que vivieron en condiciones distintas a las actuales; y por supuesto, el idioma: la Biblia fue escrita en lenguajes antiguos muy distintos al castellano moderno.

Para poder superar estas brechas y profundizar en el mensaje, existen libros que permiten ahondar en determinados aspectos de las Escrituras. El primer libro de este tipo que leí trataba sobre la iglesia: qué es, cómo se organizó originalmente, de qué manera se forma. Nunca más dejé de estudiar este tema fundamental.

Para poder continuar instruyéndome, empecé a juntar dinero: mi madre me daba veinte centavos por día para viajar en tranvía, pero yo lo guardaba. Iba a pie, no me hacía nada caminar unas cuadras y me guardaba esa plata. Cuando llegaba a cierto número, me compraba un libro. Así adquirí mis primeros textos evangélicos mientras estudiaba en la secundaria. Me pasaba horas leyendo, porque sentía más satisfacción en la Biblia y en los libros que en otra cosa. De a poco, llegué a tener una biblioteca más o menos importante. Como sé inglés, me compré muchos libros que se usaban para estudiar en los seminarios ingleses.

Soy un autodidacta. He leído también libros comunes, no muchos, lamentablemente. Los pocos centavitos que poseía los gastaba en libros evangélicos, porque pertenecía a un hogar muy pobre –así que yo sé lo que es galleta y mate cocido–.

Hay algo que descubrí en ese tiempo: la Palabra de Dios me transforma, me cambia el carácter. Yo era un tipo de personalidad muy diferente, pero a medida que fueron pasando los años, fui modificando determinados aspectos hasta pensar, ser y vivir de otra manera. Eso se lo debo a la Biblia. Si yo dijese que las Escrituras forman un todo, no estaría exagerando; todavía hoy, después de haberla leído tantos años, me sigue fascinando.

Antes de tomar ciertas determinaciones, pienso qué dicen las Escrituras. Eso me hace cambiar muchas decisiones: mi primer referente son las Escrituras. Por eso hay que conocerlas, estudiarlas y recordarlas.

La Biblia sigue cambiándome. Voy a llegar al final de mis días, pero no de mi carrera hacia el conocimiento de nuestro Señor. Así es la Palabra de Dios.

Cuando era más joven, dedicaba entre diez y doce horas a trabajar, distribuidas entre estudiar, escribir y visitar. A causa de mi edad, he tenido que bajar progresivamente este ritmo.

Duermo muy poco, entre tres y cuatro horas. A veces me levanto para escribir alguna cosa. Enciendo la televisión para ver si hay alguna noticia de importancia; usualmente miro la BBC. Leo los títulos y apago: ya me informé, así que no la enciendo más.

Con frecuencia, reviso mi pasado. Son muchas décadas, así que lo que veo son mojones, no el llano: solamente las montañas. Me doy cuenta de que hay cosas que no haría, frases que no diría, pero siempre en términos genéricos. También me alegro mucho de haber tomado algunas determinaciones. Por ejemplo, haberme casado con quien me casé: mi esposa ha sido una iluminación de Dios. Ella me acompañó… ¡y me aguantó! Porque hay que aguantar a una persona como yo. Sin embargo, fuimos felices. Esa fue una de las decisiones más lindas de mi vida.

También veo errores que no quiero volver a cometer. A veces hasta los escribo. He pedido perdón a la iglesia muchas veces. No tengo inconvenientes en hacerlo. Si uno hizo algo mal, ¿cómo se soluciona? Se pide perdón: el único que puede perdonar es Dios, y como está en nosotros, nos habilita para poder realizar esta acción tan determinante. Nosotros, los hijos de Dios, somos los únicos que podemos perdonar; el mundo no perdona: “Ni perdón ni olvido”, “que vaya a la cárcel y se pudra”. No pueden entender el perdón. Pero los cristianos, siendo representantes y ministros de Dios, tenemos la autoridad delegada por Él para perdonar faltas –no pecados de salvación, el único que puede hacer esto es Cristo–. “Perdonaos los unos a los otros las faltas, para que seáis santos”.

Creo que es bueno mirar hacia atrás, porque quien no mira su pasado, lo repite. Hay personas que están repitiendo su pasado constantemente. Es como si pasaran un cuchillo sobre la herida. Pero si meditan sobre sus acciones, pueden pedir perdón al Señor y a quién han ofendido, o perdonarse a ellos mismos.

Si ustedes me preguntan qué es lo mejor que pueden hacer por un siervo de Dios, les repito lo que Pablo pedía a los hermanos: “Orad por mí”. Cuando escribe a los Efesios, el apóstol dice:

No se olviden de orar y siempre que oran a Dios, háganlo dirigidos por el Espíritu Santo. Manténganse en estado de alerta y no se den por vencidos. Oren siempre pidiendo por todos los que forman parte del pueblo de Dios, y oren también por mí: pídanle a Dios que me dé valor de anunciar el plan que Él había mantenido en secreto, el Señor me envió a anunciar ese plan y por eso estoy preso, pídanle a Dios que me dé el valor de anunciar sin ningún temor la buena noticia.

Algo tan simple como eso es lo mejor que uno puede hacer por un siervo de Dios.

Sobre el estudio de la Biblia y la predicación

Lo primero que hago cuando quiero estudiar un libro de la Biblia es leerlo de corrido. Si uno se detiene en los detalles, se pierde el sentido general. En cambio, si se puede leer el libro hasta el final y después, intentar responder algunas preguntas básicas: ¿Qué aprendí? ¿Que significa para mí el contenido de este texto? ¿Cómo se aplica a mi vida la enseñanza de estos pasajes? Enfrentarme a estos interrogantes me hizo mucho bien.

Con ese criterio preparo mis sermones, que son expositivos; es decir, elijo un fragmento de la Biblia y luego, busco el núcleo de ese texto y le dedico tiempo. Oro al Señor preguntándole: “¿Esto es lo que tengo que decir?”

Mientras preparo el sermón, me hago algunas preguntas fundamentales: ¿Cómo termino? ¿Se habrá entendido? ¿Comuniqué? Porque una cosa es comunicar y otra, predicar. Si no comunico, la predicación no sirve.

¿Quién fue el pastor Caballero?

Don Raúl Caballero Yoccou fue pastor y autor de numerosos libros que han sido una importante guía para los cristianos de Latinoamérica. Se desempeñó como ministro de la Iglesia del Encuentro en Quilmes, donde ejerció el pastorado durante 40 años.

Fue un teólogo reconocido a nivel nacional e internacional, maestro, pastor de pastores y conferencista.

Casado con su amada esposa Carmen Somoza, fue ordenado pastor en diciembre de 1958. El matrimonio tuvo tres hijos: Raúl, Alicia y Clérida.

Impartió clases en diversos seminarios internacionales. Hasta su partida, fue pastor maestro de la Iglesia del Encuentro en Quilmes y miembro de la Junta Honoraria de la Asociación de Iglesias Cristianas Evangélicas de la República Argentina.