Al alcance de la mano

Una reflexión sobre la Pascua

Por Ezequiel Dellutri

Tengo que reconocerlo: la escena de la crucifixión siempre me impresionó. Cuando era chico, durante la semana previa a la Pascua, la televisión llenaba su grilla con películas referidas a la vida de Jesús. Recuerdo que en la famosa Jesús de Nazaret de Franco Zeffirelli, siempre cerraba los ojos en el plano detalle que mostraba, con realismo y morbo, el momento en el que el clavo atravesaba la mano. En mi mente de niño, me resultaba imposible comprender tal grado de crueldad. Y la cruz no solo era dolorosa: también resultaba humillante. Jesús aparecía colgado casi desnudo delante de sus compañeros y amigos. Lo notable era que la escena de la resurrección, siempre breve, jamás logró mitigar la sensación amarga que me dejaba esa otra tan cruda, la de un hombre bueno siendo asesinado sin que nadie pudiese defenderlo.

Hoy, unos años más tarde, entiendo algunas cosas. Sé, por ejemplo, que los clavos tal vez no atravesaban las manos, sino las muñecas; que los reos eran colgados totalmente desnudos y con las piernas flexionadas, para que el peso de su propio cuerpo terminara por asfixiarlos; que la crucifixión era una práctica frecuente en un imperio que paradójicamente, creó la base del derecho moderno. Comprendí también que la crueldad es inherente al ser humano: lo que sucedió con Jesús no es excepcional; la humanidad ha demostrado poder ser cada vez más terrible e impiadosa en su trato con el prójimo: hemos sometido a nuestro propio planeta, a la naturaleza misma y hasta a nuestros semejantes. En el colmo de la perversión, no nos detenemos ni siquiera frente al colapso social o ecológico; si hay algo que al ser humano parece no importarle es otro ser humano.

Con el paso de los años, también aprendí otra cosa de la Pascua, algo que la cinematografía en torno a la cruz me negó durante años, pero que está muy claro en la Biblia: todo el dolor del Calvario, toda esa humillación, tiene un propósito poderoso y claro. Jesús volvió de la muerte y eso es maravilloso, pero lo que realmente me conmueve no es que haya vuelto, sino por qué lo hizo: por amor a la misma humanidad que lo había colgado injustamente.

La cruz marca la enorme derrota de toda la humanidad; la tumba vacía, la posibilidad de superar nuestras taras no gracias a nuestro esfuerzo, sino al sacrificio de amor de un Dios hecho hombre que ofreció su vida para que podamos llegar al lugar de la plenitud, un sitio al que jamás podríamos llegar en soledad.

Hoy la Pascua tiene para mí un significado muy diferente al que tenía cuando era niño. Aunque la comprendo mejor, la cruz me entristece más que horroriza; la tumba vacía, en cambio, me habla cada vez con más fuerza. Porque cuando me equivoco, cuando fracaso, cuando me siento solo o humillado, recuerdo el propósito de esa resurrección y me doy cuenta de que la esperanza está al alcance de mi mano, porque alguien pagó el precio más alto para que la tuviera.