Jurado

Una reflexión sobre los valores

Por Salvador Dellutri

Doce ciudadanos fueron elegidos para integrar el juicio por jurados que debía expedirse sobre el caso del médico Lino Villar Cataldo quien durante un asalto, mató a un delincuente. Los miembros del jurado eran gente común, de buenos antecedentes. Escucharon a los testigos, los peritos y el alegato de la fiscalía. Luego, decidieron por unanimidad la absolución del médico por considerar que había actuado en legítima defensa.

La fiscal que actuaba en el caso había pedido que se condenara a Villar por “exceso en la legítima defensa”. Alegaba que la pistola usada por el ladrón no funcionaba y que, cuando el malviviente intentó huir en el coche robado, como no sabía manejar con caja automática, se bajó del auto para continuar su huida a pie; fue entonces cuando el médico le disparó, cosa que no debía haber hecho.

Luego de escuchar estos argumentos, me hice varias preguntas. En un asalto, los hechos suceden vertiginosamente. ¿Cómo podía saber Villar Cataldo que el arma del ladrón no funcionaba? Cuando el ladrón baja del automóvil, ¿podía Villar Cataldo adivinar que no era para matarlo, como había amenazado, sino porque no sabía conducir? Villar Cataldo trató de salvar su vida. En ese momento, no podía razonar y llegar a las conclusiones que sacó la fiscal.

¿Qué hubiese pasado si la sentencia la habría dictado, como es usual, un juez? Seguramente su fallo habría sido diferente.

Integraban el jurado gente que todos los días anda por la calle, usa el transporte público, no vive en barrios cerrados y les cuesta mucho ganar su sustento. Por eso, sabían lo que significa ser despojado de una parte de su sacrificio. La mayoría de los jueces penales entienden de chicanas y conocen los huecos que la ley deja para liberar a los malhechores, pero no entienden a la gente; no viven la realidad del hombre de a pie.

Los antecedentes mostraron que el ladrón nunca tuvo un trabajo fijo, estuvo detenido por robo, su familia tiene atemorizando al barrio donde reside. Su propio hermano afirmó que el delincuente había hecho muchas calamidades. Por el contrario, Villar Cataldo había luchado desde muy abajo para terminar una carrera que le permitiera ganarse la vida honradamente. La gente común tiene claro que hay una línea divisoria entre el bien y el mal, y no está intoxicada de ideología.

En medio de una sociedad decadente, el profeta Isaías levantó la voz para decir: ¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!”

Hacer el mal, transgredir las leyes, robar, matar, destruir son actos reales, que afectan al prójimo y atentan contra el orden social. El Estado tiene el monopolio de la fuerza para ejecutar justicia. Cuando crece la inseguridad es porque, como dice el sabio Salomón “al no ejecutarse enseguida la sentencia para castigar la maldad, se provoca que el hombre solo piense en hacer lo malo”.

La perversión de los valores, la irresponsabilidad de legisladores que sancionan leyes inadecuadas y la falta de sentido común de los jueces está dando sus resultados. Es hora de que volvamos a establecer los valores eternos de trabajo, honradez, solidaridad y justicia.