Perdidos

Una reflexión sobre el rumbo de nuestra vida

Por Claudio Nava

El tiempo transcurría y no lográbamos llegar al local en que debíamos devolver el auto alquilado; pasábamos una y otra vez por las mismas esquinas, los mismos comercios y siempre, siempre, llegábamos a un punto muerto: un paso peatonal, una senda a contramano o una calle, como suele suceder en las antiguas ciudades italianas, que progresivamente se angosta y finalmente solo es transitable a pie o en moto. Confiaba en mi instinto de ubicación y en mi GPS, pero ninguno aportaba una salida. Finalmente, pasó demasiado tiempo: era hora de reconocer que solos no lo lograríamos. Nos detuvimos frente a una carpintería y preguntamos, por pura formalidad, cómo llegar al lugar. Pero lo que realmente deseaba era que el carpintero tomara el volante del vehículo y lo llevara a su destino. A duras penas me hice entender con mi “italiano de bolsillo”, pero, como usted imaginará, el hombre no estaba muy convencido de subir y conducir nuestro vehículo. ¿Cuál fue la solución? ¿Por qué no continuamos dando vueltas allí todavía? La salida la aportó el compañero del carpintero: subió a una bicicleta y nos guio a través del laberinto de pasajes y callecitas. Curiosamente, descubrimos que el lugar al que íbamos se encontraba a no más de 150 metros de la carpintería.

¿Qué lección aprendimos ese día? Simple: que solos no podíamos resolver el problema; necesitábamos ayuda para encontrar nuestro destino.

La pequeña dificultad que aquella mañana nos retrasó media hora, muchas veces se replica en nuestra vida pero en una escala mayor y con consecuencias más serias: pasamos años queriendo encarar el estudio, el matrimonio, la crianza de nuestros hijos, el trabajo y otros desafíos a nuestro modo, según nuestros criterios o planes;  vez tras vez llegamos a un punto muerto, improductivo y desalentador. Estamos convencidos de que podemos solos, confiamos en nuestras fuerzas e inteligencia. El resultado: años perdidos, oportunidades desaprovechadas y daños, tal vez, irreparables. Sin embargo, insistimos. Nos repetimos una y otra vez: “yo soy el dueño de mi vida”, pero nunca logramos encontrar la forma de avanzar.

Sucede que a veces, debemos detener el auto y quitar las manos del volante. Esto implica reconocer que solos no podemos: necesitamos a alguien que nos guíe hacia el objetivo. ¿Cuál es la persona indicada a quien entregar el comando de nuestra vida? Curiosamente, se trata de una persona que en su vida aquí en la tierra ejerció el mismo oficio que quien nos ayudó esa mañana: Jesucristo.

Jesús se presentó a sí mismo como el “buen pastor”, aquel que va delante de las ovejas, conduciéndolas a un lugar seguro donde encontrarán alimento.

¿Estamos cansados de arribar siempre a un punto muerto? ¿Seguimos hasta aquí nuestro propio camino y solo encontramos aridez y desaliento? Es el momento oportuno para comenzar a seguir al “buen pastor”. El rey David lo hizo y el fruto maravilloso que cosechó en su vida lo exteriorizó escribiendo el reconocido Salmo 23 que en su primera parte dice: “Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia…”

Su experiencia puede ser hoy también la nuestra.