Ojo ajeno

Una reflexión sobre la popular frase de Jesús

Por Salvador Dellutri

Hay frases de Jesucristo que se incorporaron al lenguaje popular. Nacida de una acertada observación de lo cotidiano, las repiten hasta quienes no creen, porque no hace falta tener fe para comprender su profundidad. Una de estas sentencias, pronunciada en el Sermón del Monte, dice textualmente: “¿Y por qué miras la astilla que está en el ojo de tu hermano y no echas de ver el tronco que está en tu propio ojo?” Con algunas variantes, el uso popular la transformó en “la paja en el ojo ajeno” y así circula por nuestro cotidiano decir.

Pero, ¿cuáles son los íntimos motivos que impulsan a ver la astilla en el ojo ajeno? ¿Qué secreto resorte del alma nos lleva a encontrar, señalar y publicar el defecto de los otros? Jesús no niega que haya una astilla en el ojo ajeno, pero también encuentra una viga en el mío.

Estábamos tomando un café con un conocido. La conversación se deslizaba por los carriles de lo imprevisible, pero una comparación surgida al azar me dejó pensando: “La mejor forma que no se descubra la mancha de tu saco es señalar con insistencia la suciedad del saco del prójimo”.

Las miradas se dirigen hacia la paja del ojo ajeno: se solidarizan con la denuncia. ¿Pero hasta dónde el ver y señalar la astilla en el ojo ajeno no implica también afirmar: “Yo no soy como él, soy más puro, estoy en mejor condición”? En la condenación del otro, ¿no estaré condenando sin quererlo mis faltas? ¿Cuántas faltas propias se están ocultando en la mirada que ve la astilla en el ojo ajeno?

Pero hay otros motivos para señalar el error en el otro antes de ver el propio. Encontrar el defecto en el otro, da estatus espiritual. Cuanto más pequeña sea, cuanto más desapercibida pase a los ojos de los demás y cuanto mayor sea la severidad de quien condena, más adustamente santo aparecerá delante de los otros quien se haya erigido como juez moral.

¿De qué vale esta espiritualidad indirectamente publicada, si vivimos frente a Dios, que puede ver aún los espacios más íntimos y privados de nuestra vida?

Otras veces, vemos la paja en el ojo ajeno porque hay cosas que moralmente no deberíamos hacer, pero quisiéramos probar. Esa frustración hace que señalemos con insistencia la astilla en el ojo del otro: no toleramos que  pueda hacer lo que moralmente nosotros no puedo. En el fondo, en lo escondido de nuestro ser, hay admiración secreta por esa paja del ojo ajeno, inalcanzable y vedada para mí, que con gusto  llevaría en secreto, si nadie se enterara y si pudiera…

La comparación exagerada del Señor nos hace reflexionar: ¿No estaremos confundiendo la astilla con el tronco y el tronco con la astilla? ¿No estaremos colando el mosquito y tragando el camello? ¿O conscientemente colamos el mosquito, porque es ajeno, y tragamos  el camello, porque es propio? Debemos pedirle a Dios que nos muestre los móviles profundos que tenemos para escandalizarnos frente al defecto del otro y omitir el nuestro.

 No se me escapa que soy cáustico, que esta meditación sobre las razones por las cuales se suele ver la astilla en el ojo ajeno pueden parecer contradictorias. Tal vez usted, lector, esté pensando: “Al encontrar la paja en aquellos que ven la paja en el ojo ajeno, ¿qué viga tendrá quien escribe delante de sus ojos?” Lo invito a evitar este tipo de razonamientos. Le propongo un trato: reflexione sobre este artículo; mientras usted lo piensa, yo también meditaré delante del Señor acerca de mi propia viga… Esa que me lleva a ver la paja… de los que ven la paja en el ojo ajeno.