Elías y yo

Una reflexión acerca del amor de Dios

Por Ezequiel Dellutri

Mi vínculo con Elías viene desde hace tiempo: cuando era niño, mi hermano me leía incesantemente la historia de Elías. La terminábamos un día y al otro, volvíamos a empezar. El profeta de carácter rústico y voluntad a toda prueba se convirtió en mi héroe de la infancia.

Después, ya mayor, volví al personaje desde otra perspectiva. Vi lo que antes no veía: sus enormes luchas, su pasión a toda prueba, su fracaso, ese doloroso volver a empezar luego de haber renegado no de Dios, sino de su propia existencia. La Biblia es un libro maravilloso también desde su escritura: a veces, resume en apenas una línea el drama de toda una vida. "Solo yo he quedado", sostiene Elías "y me buscan para quitarme la vida": una sola frase en la que se condensa una elección y sus consecuencias, unas palabras apenas, pero ¿cuánto dolor se esconde en ellas? Porque detrás de los muchos milagros que atraviesan la vida de Elías, hay un hombre sufriente, dolido, despreciado por los suyos. Un ser frágil escondido en una seguridad que parece a toda prueba, hasta que Dios lo despoja de todo al convertir su momento de victoria a los pies del Monte Carmelo en una huida desesperada hacia la nada del desierto.

Al comenzar a estudiar nuevamente la vida de este profeta para colaborar en la preparación de las clases que formaron parte del ciclo La historia de un camino, descubrí una capa más no ya en Elías, sino en la misma historia. Porque oculto detrás de los milagros, oculto detrás de toda la fuerza del profeta, oculto detrás de los fracasos y las victorias, está el sentido más profundo del relato. Leyendo y releyendo, reflexionando junto a los hermanos que con tanto amor escribieron cada una de las lecciones, me di cuenta de que ya no me importaba tanto Acab, Jezabeel, Baal y ni siquiera el profeta; lo que realmente me impactó, lo que me conmovió íntima y profundamente, fue el Dios de Elías. Un Dios que hizo el milagro más asombroso al incinerar el sacrificio y demostrar frente al adversario que su poder estaba intacto, pero sobre todo, un Dios al que el dolor y el sufrimiento de sus hijos no le resulta indiferente. El encuentro de Elías y Dios en Horeb es uno de los pasajes más bellos y poéticos del Antiguo Testamento y, tal vez, de toda la literatura antigua: la metáfora perfecta de un Dios que podría manifestarse desde el desprecio, el rencor y la furia, pero contra todo pronóstico, elige hacerlo desde el amor. De todas las manifestaciones sobrenaturales en esta historia, el silbido apacible es la menos espectacular, pero también la más impactante: el poder de Dios, diría el apóstol Pablo, se manifiesta cuanto más débil parece Elías.

No reniego de mis anteriores interpretaciones sobre este relato: cuando chico fue un héroe, cuando joven, un hombre sufriente. Hoy, ya adulto, me asombro frente al mayor de los milagros: el amor de Dios. Tal vez para llegar a descubrir esa piedad maravillosa en la historia de Elías, primero haya tenido que saber ver al héroe y al doliente, haya tenido que entender lo mucho y lo poco que podemos hacer desde nuestro lugar. En cualquier caso, entiendo que no soy como Elías, pero también descubro que hoy como entonces, ese Dios de amor sigue levantando al que tropieza, de los que yo, seguro, soy el primero.