Hablando claro

Una reflexión sobre la clase política argentina

Por Salvador Dellutri

Cada dos años hay elecciones y se “alborota el avispero”: discursos altisonantes, adhesiones, renuncias, alianzas, contubernios, conspiraciones, arreglos, promesas... La gente común mira asombrada como se cambian camisetas y se contradicen en los discursos; los antiguos enemigos ahora se aman y los amigos de ayer, se detestan. El circo político está en función y, como en los viejos circos, cada protagonista trata de encandilar al público: el trapecista con el salto mortal, la ecuyere cabalgando en equilibrio, el payaso saltando y cacheteando a su compañero. La meta es una sola: tener una buena recaudación.

En su libro La pasión del poder, el filósofo español José Antonio Marina describe la lucha política:

Una parte del discurso político está teñido de imposturas. Se disfraza el ansia de poder con la piel de cordero más a mano. Se oculta hasta qué punto el ejercicio del poder depende de un condicionamiento social camuflado. Se enseña a los jóvenes que en democracia todo el poder reside en el pueblo, y que en un sistema de mercado todo el poder descansa en el consumidor soberano, que opera a través del impersonal mecanismo de la oferta y la demanda, sin explicarles que esas son verdades que solo sirven para situaciones de “democracia perfecta” o “mercado perfecto”, que hoy por hoy son inexistentes. Y, sobre todo, se silencia que el poder político se funda en una ficción necesaria que todos pretendemos olvidar que es ficción, para tranquilizarnos.

La verdad es que la mayoría de nuestros políticos, con discursos llenos de apelaciones morales y patrióticas, apenas disimulan que solo buscan el poder: aspiran a un poder absoluto que les permita manejar todas las cosas.

¿Cuáles son las propuestas? ¿Qué proyectos tienen para estabilizar la economía? ¿Cómo van a erradicar la pobreza? ¿Qué harán con la tragedia educativa? ¿Cómo podemos regresar a la cultura del trabajo? ¿De qué manera acabarán con la inmoralidad del asistencialismo? ¿Cómo resolverán la inseguridad? No se escucha nada de eso: no hay ninguna propuesta, ningún programa; nada que permita evaluarlos en el futuro. La mentira es siempre la gran protagonista de las luchas políticas. Hay que disfrazar de grandes ideales las ambiciones de poder y la angurria de dinero.

Jesús corrigió repetidamente a sus discípulos que discutían la cuota de poder que tendría cada uno. Llegaron a pedirle sentarse a derecha e izquierda de su trono; el propósito era tener poder sobre sus pares. Jesús les dijo: “Como ustedes saben, entre los paganos los jefes gobiernan con tiranía a sus súbditos, y los grandes hacen sentir su autoridad sobre ellos. Pero entre ustedes no debe ser así”.

Jorge García Venturini dice:

La política no tiene como fin, según la opinión de tantos, la conquista y la conservación del poder, sino el servicio de la dignidad humana o, si se gusta, del bien común de los integrantes de la sociedad... Así evaluada, la política resulta una rama de la ética (detalle bastante olvidado) una aplicación del decálogo moral que debe regir la vida de los hombres. De tal modo, la política se convierte en actividad trascendente. Poniéndose al servicio del ser humano, de cada uno, y no de las instancias mitológicas que llevan al hombre a su perdición, considerando a la persona como fin y no como medio, la política deviene ética, y aún metafísica y teología, porque en definitiva no hace sino servir a Dios en sus criaturas.

Estamos muy lejos de encarnar esta propuesta; ya se han encendido los odios que ciegan y la ambición que trastorna. Cuando la elección se defina, en una ceremonia llena de hipocresía, jurarán sobre los Santos Evangelios sin tener presente que por encima de los miserables tronos y poderes humanos, existe el Trono de Dios, el Todopoderoso juez de todos los hombres.

Roguemos a Dios por nuestra Patria.