La caja de Pandora

Una reflexión sobre nuestra esperanza

Por Salvador Dellutri

En 1866, hastiado de la burocracia de la civilización, el explorador David Livingstone se internó en el continente africano. Durante cinco años, el mundo no tuvo noticias de su paradero. Muchos lo creían muerto a manos los traficantes de esclavos, y otros pensaban que había sido víctima de alguna tribu caníbal. Finalmente el New York Herald, un periódico amarillista, financió la expedición del periodista Henry Stanley para investigar el destino de Livingstone. Un año después, lo encontró en el corazón del África; el diario tuvo la primicia y el mundo rescató la memoria de uno de sus más grandes misioneros.

De esta historia, podemos realizar dos observaciones: primero, en la época en la que vivió Livingstone, los medios comenzaban a tomar un rol protagónico, hasta ese momento desconocido; en segundo, el avance tecnológico ha sido de tal magnitud que hace ciento cincuenta años, las posibilidades de comunicación con las que contamos hoy hubiesen sido impensadas: en la actualidad, es muy poco probable que se le hubiese perdido el rastro a una persona que no pretendía ocultarse durante tanto tiempo.

Estamos viviendo la revolución de las comunicaciones. Todo cambio en este ámbito genera siempre grandes cambios en la civilización. El comienzo de la modernidad estuvo marcado por Gutemberg y la imprenta de tipos movibles. Sin este adelanto, no hubiera sido posible el flujo de ideas que dio origen a la Modernidad.

Un gran ejemplo de la revolución en las tecnologías de la comunicación lo tenemos en la conocida historia de Orson Welles, quien en 1930, a través de un radioteatro basado en la novela La Guerra de los Mundos de H. C. Wells, aterrorizó a los Estados Unidos. Fue una hora de transmisión en la que se describía una invasión marciana en forma de noticiero. La audiencia entró en estado de pánico y ganó masivamente las calles.  A pesar de que durante la transmisión se informó en repetidas oportunidades que trataba de una ficción, la histeria se apoderó de los oyentes. Quedó demostrado lo sencillo que era manipular a la masas desde los nuevos medios de comunicación. Hoy, los medios son un factor determinante en la crisis moral que estamos enfrentando.

San Pablo comparaba la ley natural con la que rige el universo espiritual y decía: “Todo lo que el hombre siembra, eso también cosecha”. La pregunta que todos tenemos que hacernos diariamente es ¿Qué estamos sembrando?

Si los medios exhiben conductas anormales, marginales o decadentes, están sembrando la idea de que estas toda conducta debe ser normalizadas. Si el mensaje siembra la idea de que todo lo que sea punición o disciplina son formas de autoritarismo, tendremos una sociedad rebelde y desordenada.

Por eso, es necesario que resuene la palabra de Jesucristo; no del Cristo de las religiones y los ritos supersticiosos, sino la palabra del Jesús del evangelio que proclamara que solamente la verdad hace libre a los hombres.

En la mitología griega, Pandora fue la primera mujer hecha por los dioses. Le concedieron una belleza sin igual, talento para la música, el don de sanar y Hermes le entregó una caja que no debía abrir. Todos sabemos como concluye la historia: pudo más la curiosidad y Pandora abrió la caja diseminando todos los males por el mundo. Pero alcanzó a cerrarla y conservó la esperanza.

Veo hoy a los medios como esa caja de Pandora, diseminando males por el mundo. Pero los cristianos conservamos la esperanza. Pero la caja volvió a abrirse: la esperanza llegó en el niño de Belén y los hombres, en medio de todos sus males, tuvieron las fuerzas suficientes para seguir luchando.

Cada uno de nosotros tiene que hacer salir de la caja la esperanza, para que todos los que la reciban, renueven sus fuerzas, tengan paz interior y miren el futuro con verdadera esperanza.