Memoria

Una reflexión para volver a las fuentes

Por Daniela Soto

Suena el despertador; hay que levantarse: comienza la vorágine semanal. Algunos, aun desde la cama, empiezan a organizar el día: adónde ir, cómo llegar, qué hacer, qué comprar, con quiénes encontrarse; para otros, en cambio, es muy temprano todavía para atosigar a un cerebro que recién se despabila. El día comienza para todos, estemos donde estemos y hagamos lo que hagamos. Desde temprano planificamos, organizamos, nos movemos, manejamos, prestamos atención a nuestro trabajo, reconocemos personas, las llamamos por su nombre, escuchamos, pensamos, respondemos, aprendemos y tomamos todo tipo de decisiones. Pero para todas estas actividades necesitamos de algo fundamental: la memoria.

Sin dudas, la memoria es uno de los procesos mentales más espectaculares que tiene nuestro cerebro. Retiene información, la almacena y la recupera cuando la necesitamos. Contamos con varios tipos de memorias que van operando según nuestras necesidades. De acuerdo al tiempo en que retenemos la información, hablamos de memoria operativa, memoria a corto y largo plazo. Las utilizamos al momento de leer, comprender, resolver cálculos, retener un número de teléfono y hasta para poder recordar una idea o momento experimentado hace muchos años. De acuerdo al tipo de información que debemos almacenar, hablamos de memoria verbal, por ejemplo, al escuchar un cuento o un reportaje y no verbal, lo que vemos, lo que sentimos; y de acuerdo al órgano sensorial implicado, hablamos de memoria visual, auditiva, olfativa, gustativa y táctil. Logramos recordar rostros, nombres, canciones, sabores, ideas, sensaciones, aromas, lugares, procedimientos y podríamos continuar.

Pero también olvidamos, aun cuando no quisiéramos. La memoria es selectiva y no siempre funciona como esperamos. Desearíamos olvidar algunas cosas y seguir recordando otras.

La Biblia también nos habla de la necesidad de una memoria permanente. Desde la antigüedad, Dios estableció fiestas y conmemoraciones para que los israelitas recuerden sus orígenes. También les pedía que transmitieran a las nuevas generaciones todas las leyes y mandamientos que les había ordenado para la memoria de su nombre y para que les fuera bien en la tierra que habitaban. Y años más tarde, Jesús mismo, al compartir la cena con sus discípulos, les pidió que no lo olvidaran. Les dijo: “Hagan esto en memoria de mí”. Recordamos su gran amor, su entrega. Y también quiénes somos nosotros: recordamos nuestra condición, la gran necesidad que seguimos teniendo de Él y la obligación de ser misericordiosos.

Como cristianos, debemos asumir el enorme desafío de tener memoria espiritual. ¿Podemos volver a ese momento donde nos encontramos con el Señor por primera vez? ¿Qué sentíamos? ¿Cómo era nuestra vida antes de acercarnos a Dios? ¿Qué sentimos cuando comprendimos profundamente lo que significaba esa cruz para nosotros?

Le propongo un desafío: ¿recuerda la oración con la que empezamos este artículo? Lo bueno de lo escrito es que podemos volver siempre y recordar. Si estamos adormecidos espiritualmente, es hora de levantarnos, volvernos a su Palabra cada día y, con la ayuda de su Espíritu, mantener viva nuestra memoria espiritual, para no olvidar en quién vivimos, nos movemos y somos.