Sociedad destructiva

Una reflexión sobre la violencia

Por Claudio Nava

Es curioso, pero a veces tenemos una percepción equivocada de la realidad: nos asustan los atentados en que mueren decenas de personas en mercados o calles concurridas en Irak o Afganistán; nos parece una locura que un joven sorpresivamente abra fuego con un arma de guerra sobre sus compañeros en una escuela o una multitud en un centro comercial; no podemos entender cómo la pena de muerte sigue vigente en países como Estados Unidos, China y Japón; nos enoja el menosprecio que se tiene en naciones con regímenes autoritarios hacia la vida de muchos de sus ciudadanos que son torturados, enjuiciados y condenados simplemente por el hecho de pensar distinto a sus gobiernos. En conclusión, nos angustiamos al pensar en lo poco que se estima y respeta la vida humana en esos distantes lugares del planeta y damos gracias por residir aquí, en Buenos Aires, en donde, si bien reconocemos que la violencia y el delito existen, al menos, pensamos, es un lugar en el cual “esas cosas no suceden”.

Sin embargo, las estadísticas contradicen nuestra percepción. Según un estudio mundial publicado por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito sobre la base de datos públicos del año 2017, Latinoamérica es la región con la mayor tasa de homicidios en el mundo: 24,2 homicidios cada 100 mil habitantes. A nuestro favor cuenta que, según las estadísticas, Argentina es unos de los países de la región que ostenta la menor tasa de homicidios: 5,1 cada 100 mil habitantes. Sin embargo, este consuelo dura muy poco si nos comparamos con Europa y Asia en los cuales el promedio de homicidios es de 3 y 2,4 respectivamente. El balance, por lo tanto, es tremendo: en nuestro país se producen más asesinatos en promedio que en Asia y Europa.

No hace falta ser muy perspicaces para notar que nuestra sociedad manifiesta a diario un claro desprecio hacia la vida del prójimo. Las víctimas del imprudente tránsito y de la violencia doméstica evidencian que a la mayoría le interesa bien poco lo que puedan sufrir los demás, y que cada uno corre detrás de su propio bienestar. Casi todos los días un recién nacido aparece abandonado en un basural o descampado. No es casual tampoco que en la actualidad, los grupos proaborto acaparen la simpatía de tantos adolescentes y jóvenes buscando legalizar la interrupción del embarazo. Para ellos, tiene nulo valor la supresión de la vida en gestación.

Debemos reconocer que aquí, para la inmensa mayoría, la vida vale muy poco. Una simple discusión por un accidente vehicular o un robo de celular puede ser motivo para acabar con la vida de un padre, una madre o un hijo en solo un instante.

Más de tres mil años atrás Dios estableció para nuestro bien un mandamiento: “No matarás”. Con este mandato, nos enseña que toda vida humana es sagrada, única e irrepetible, y que debe ser preservada porque como dice el libro de Génesis “a imagen de Dios es hecho el hombre”.

Con rebeldía, hemos roto con Dios y por ende, con sus sabios mandatos. El resultado: una sociedad anestesiada que aniquila a sus propios miembros y que no reconoce el camino destructivo que ha tomado. Sufre en carne propia lo escrito por el sabio Salomón: “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte.”

Pero todavía hay esperanza: Dios no ha roto con nosotros. Jesucristo vino para que tengamos aquello que justamente estamos despreciando: vida, y para que la tengamos en abundancia. La única salida es que nuestra sociedad vuelva a pensar seriamente en Dios y en la trascendencia de sus palabras.