La libertad

Una reflexión sobre la verdadera libertad

Por Salvador Dellutri

Hay vivencias difíciles de transmitir en palabras. Hay que vivirlas o, como en el caso del periodista Nahuel Gallotta, tener la capacidad de relatar aunque sea un reflejo de lo que es la libertad. Así lo contó en un artículo publicado el ocho de agosto de este año:

Un miércoles de julio, a las once de la noche, hubo a mi derecha un hombre que no paraba de reírse; que era carcajada pura. “¡Ay, no lo puedo creer!”, gritaba a cada rato, cuando la felicidad le permitía hablar. De tanto reírse, sentí que iba a llorar. Estaba inquieto: bajaba el vidrio para que el viento le pegara en la cara, encendía cigarrillos, le daba tragos a una cerveza y pedía que subiera el volumen de la radio del auto para cantar en voz alta. Carlos tiene treinta años y es una de mis fuentes. Acababa de salir de la cárcel después de tres años y me había pedido que lo buscara por la puerta de la Unidad. Y ahí estuve.

Así es el día a día de los periodistas de Policiales. Esa misma noche, lo invité a comer unas pizzas, le regalé unos pesos y lo dejé en lo de una mujer. Sin hacer preguntas. Al despedirlo volví a subir el volumen de la música. La ciudad estaba desierta y yo no cantaba. Mi mente estaba puesta en una sola palabra que me había quedado dando vueltas: libertad. Mientras conducía, no podía parar de pensar en lo que vale ser libre, y en que no lo valoramos. En que soy libre todos los días, todas las horas, todos los segundos. En todas mis decisiones. Arriba del auto, entendí: si soy libre, no me puedo bajonear. Si soy libre, no me importa caerme porque puedo levantarme. Si soy libre, puedo encontrar a la persona que me haga olvidar a la persona que no puedo olvidar. Y que, si soy libre, tengo que ir por el trabajo que no tengo y quiero tener. Por los hijos que aún no tuve, por los países que todavía no conozco, por las palabras que puedo decir y no digo. Ser libre es buscar el progreso; es ser rico. Es poder hacer cosas para lograr todo lo que quiero.

Quien visitó alguna vez cárceles, sabe que es difícil hacer entender lo que significa. Al entrar, el ruido sepulcral de las llaves y las rejas abriéndose y cerrándose queda impreso para siempre en la memoria del visitante. Cuando uno se retira, los presos quedan detrás de la reja y, mientras se atraviesa el largo pasillo, los que quedan adentro miran con ojos de tristeza. El último saludo a la distancia, con un mimbreral de hierro interponiéndose, es de una angustia difícil de transmitir.

Toda esta terrible situación sirve para pensar en muchos aspectos de nuestra vida, pero también para dimensionar la grandeza de aquellas palabras con que Jesucristo inició su ministerio:

El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para pregonar libertad a los cautivos, poner en libertad a los oprimidos…

Este 17 de agosto recordamos al General José de San Martín, que además de ser un guerrero y estratega excepcional, vivía  y trasmitía valores. El reglamento de conducta que impuso a los Granaderos a Caballo, las Máximas  que dejó para su hija y su mismo testamento sintetizan las bases de su conducta. Para él, la libertad tiene que asentarse en valores firmes e ir acompañada por el sentido del deber; comprendía a la perfección que una libertad sin obligaciones es solo libertinaje.

Cuando Jesucristo habla de libertad, no se refiere al libertinaje moderno que nos lleva por tortuosos y oscuros caminos de decadencia. La libertad es el don de Dios concedido para hacer lo que debemos, y vivir la plenitud de una vida equilibrada, que no está esclavizada por los vicios y  excesos que degradan.  Seguir a Jesucristo y asumir el deber de sus mandamientos es transitar el camino de la verdadera libertad.