Salud espiritual

Una reflexión sobre nuestra realidad interior

Por German Bondarczuk

Las enfermedades de la glándula tiroides, ubicada en el cuello, fueron descriptas por culturas antiguas como la egipcia, china, griega y romana. Julio César se refirió al bocio, que se puede observar por el incremento del tamaño de la glándula tiroides. Aulo Cornelio Celso escribió De struma, uno de los ocho libros sobre medicina tratando el tema. Hasta el gran médico de la antigüedad, Hipócrates, había hablado de esta enfermedad y se encontraron restos arqueológicos de cinco mil años de antigüedad que dan información relacionada con esta patología.

Durante la dinastía Tang, los estudiosos pertenecientes al imperio chino sugirieron distintos métodos para su tratamiento. En esos momentos el concepto de hiper e hipotiroidismo, que hoy nos resultan tan comunes, no existían; habría que esperar a finales del siglo diecinueve para escucharlos por primera vez: recién en 1886 se demostró que los cuadros de hipo e hipertiroidismo eran enfermedades tiroideas. Hoy en día se sabe que esta glándula libera hormonas a la sangre que son fundamentales para el correcto funcionamiento del cuerpo.

En el Renacimiento, los anatomistas realizaron diagramas y dibujos que son considerados como la primera representación anatómica de la glándula tiroides, ayudados por Leonardo da Vinci.

En la actualidad, en Argentina más de dos millones de personas sufren afecciones relacionadas con esta glándula. Las más comunes son el hipotiroidismo, en donde se libera menor cantidad de hormonas que las que el cuerpo necesita, y el hipertiroidismo, en donde hay una función exagerada de la glándula liberando en exceso estas hormonas.

El hipotiroidismo genera en el cuerpo humano debilidad, cansancio, deterioro de la memoria, intolerancia al frío, presión baja, aumento de peso, problemas en el crecimiento e infertilidad. Por su parte, el hipertiroidismo provoca taquicardia, palpitaciones, dificultad para dormir, nerviosismo, caída del cabello, intolerancia al calor, pérdida de peso y problemas en la fertilidad. Estamos ante dos enfermedades que son antagónicas en casi todas sus manifestaciones, aunque si no son tratadas, ambas producen infertilidad.

Podemos extrapolar esta enfermedad a nuestra vida espiritual:

En la sociedad está presente la idea de que alguien es creyente por el simple hecho de haber nacido en una familia que pertenece a una determinada creencia religiosa o por haberse bautizado o cumplido con ciertos ritos. Se asiste esporádicamente al culto religioso que se profesa, teniendo siempre otras prioridades, o se mantiene la rutina de asistir a todas las reuniones, pero sin mostrar un cambio en la vida ni un crecimiento o maduración espiritual. Sufren una especie de hipotiroidismo espiritual: son inmaduros y faltos de compromiso.

El hipertiroidismo espiritual se puede observar cuando vivimos tapados de obligaciones en nuestra iglesia sin tener un tiempo para dedicar un saludo a la persona que tenemos a nuestro lado, una sonrisa ni una pequeña charla o cruce de palabras. También se puede ver en aquellos que prefieren creer en todo lo que escuchan, afirmando que todas las creencias religiosas hablan del mismo dios, sin profundizar ni buscar el camino que realmente Dios quiere para sus vidas. Leen la Biblia, sirven en la iglesia, hablan de Dios, pero no tienen un cambio interno verdadero, provocando altibajos en su relación con Dios o una euforia espiritual el domingo, que se va apagando en el transcurso de la semana y ante los problemas y dificultades diarios.

Todos estos síntomas llevan a una infertilidad espiritual, provocando la ausencia de fruto en la vida de un cristiano.

El apóstol Pablo escribió en su carta a los colosenses “para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios”, mostrándonos de esta manera que un cristiano sano es aquel que sabe y entiende lo importante que es andar en el camino de Dios, buscando agradarle con sus actos y su forma de vivir, creciendo y madurando espiritualmente y siendo fértil al llevar el fruto de una vida dedicada al Señor permitiendo que, en una sociedad adversa, el rostro de Jesús pueda verse en cada uno de nosotros, sus hijos.