Vivir a máxima velocidad

Una reflexión acerca de la falta de amor al prójimo

Por Lucas Campisi

Le propongo que en estos días realice el siguiente experimento: salga a la calle y pregunte a cualquier automovilista cómo piensa que manejamos los argentinos; luego, cómo considera que maneja él mismo. Le anticipo el resultado de su encuesta: cuando se hable sobre los conductores en general, la mayoría coincidirá en que los argentinos manejamos mal, pero al referirse a sí mismo, dirá que es un buen conductor. Esto demuestra la falta de autocrítica y revela una clara forma de pensar: el problema siempre está en el otro.

En nuestro país, los conflictos de tránsito son una cuestión cada vez más compleja, porque quien se sube a un vehículo cree que tiene derecho a todo con tal de llegar a horario al punto de destino. Vivimos en tal estado de alteración que el más mínimo detalle puede generar desde una discusión hasta una tragedia irreparable.

Por otro lado, al querer llegar más rápido y ganar tiempo, quienes conducen a velocidades no permitidas arriesgan su vida y las de quienes se crucen en su camino. Sin embargo, está comprobado que en un trayecto de una hora manejando de esta manera solo reduce entre cinco y seis minutos el tiempo de llegada. Poner en juego la vida por unos pocos segundos suena hasta ridículo, pero es esto lo que vemos en las calles todos los días.

Más allá de lo que podamos percibir quienes conducimos a diario por la ciudad, los accidentes de tránsito son la principal causa de muerte en Argentina entre jóvenes de 15 a 24 años y la tercera en general. Cada año, miles de vidas se extinguen en un momento producto de la irresponsabilidad al volante. El rango horario en que más accidentes se producen es entre las 18 y las 24, momento en el cual todos aceleran la marcha para llegar temprano a casa.

A pesar de que existen normas de tránsito que nos aseguran un andar tranquilo y sin conflictos en la vía pública, nosotros nos empeñamos en romper los límites y cruzamos semáforos en rojo, excedemos la velocidad máxima o no priorizamos al transeúnte. Y no son solo los automovilistas quienes circulan sin control por las calles. También es un infractor el peatón que cruza por la mitad de la cuadra o el ciclista que viaja a contramano.

Hoy, nuestra sociedad hace un culto a la transgresión de las normas: da la sensación de que quien rompe las reglas es adorado por los demás, mientras que quien las respeta es considerado un cobarde y aburrido. Esta forma de pensar se ve en todos los ámbitos y, por supuesto, el tránsito no está exento. Lamentablemente, tenemos el entendimiento tan obstruido que no llegamos a formular un razonamiento tan simple como el de entender que el cumplimiento de la ley no nos hace tontos, sino que nos libera del peligro. Al respetar las normas de tránsito, estamos salvaguardando nuestra vida y la de los demás.

Jesús nos propuso que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. ¡Qué falta de amor se ve en las calles de nuestras ciudades! Debemos entender que la gente con la que nos cruzamos merece nuestro respeto, porque su vida tiene valor. Si fuésemos capaces de ver al otro como un ser único creado por Dios y no como un objeto con quien podemos descargar nuestra furia, la sociedad funcionaría un poco mejor.

Quizá sea hora de quitar el pie del acelerador y entender que el amor hacia el prójimo se demuestra en cada acción de la vida, incluso cuando manejamos.