Civilizaciones perdidas

Una reflexión sobre la pérdida de los valores en nuestra cultura

Por Claudio Nava

A lo largo de historia siempre se han montado leyendas acerca de civilizaciones perdidas o desaparecidas. Tal es el caso de la Atlántida, una antigua civilización que hoy estaría supuestamente sumergida en el mar, y sobre la cual periódicamente surgen noticias de nula cientificidad. Algo similar sucedió con los conquistadores españoles: por años, se adentraron en América buscando una riquísima ciudad bañada en oro, a la que denominaban El Dorado. Otras veces, las civilizaciones desaparecidas no son míticas, sino fehacientemente históricas: las ciudades mayas del sur de México, por ejemplo, fueron abandonadas e invadidas por la selva y aún no sabemos con exactitud el por qué.

El libro de la Biblia Lamentaciones, no muy frecuentado por los lectores, trata sobre un pueblo que sufrió una catástrofe y estuvo a punto de desaparecer de no mediar la bondad de Dios. En su época de esplendor, Jerusalén, la ciudad capital, contaba con un templo magnífico, enormes murallas protectoras y un gobierno como el del rey Salomón, conocido en el mundo antiguo por su sabiduría, extensos dominios, inmenso número de servidores y tesoros cuantiosos. Cerca de 500 años después, Lamentaciones muestra la ruinosa situación de Jerusalén luego de ser conquistada por Babilonia, la potencia de entonces:

Sus hijos fueron al destierro llevados por el enemigo.

Mis sacerdotes y mis ancianos… perecieron, buscando comida…

Destruyó todos sus palacios… Paredes y murallas…se han venido abajo...

La ciudad no tiene puertas ni cerrojos: ¡quedaron destrozados...!

Tendidos por las calles se ven jóvenes y ancianos; mis jóvenes y jovencitas cayeron a filo de espada… No hubo quien escapase ni quedase vivo…

¿Por qué razón este pueblo sufrió tal devastación? ¿Por qué motivo su antiguo esplendor se trastocó en espantosa ruina? El mismo libro nos responde:

Dios la afligió por la multitud de sus rebeliones…Jerusalén ha pecado tanto… no pensó en las consecuencias.

La catástrofe fue precedida por largos años en los cuales el respeto a la propia vida y a la ajena estuvo ausente; largos años en los cuales el egoísmo y el materialismo se antepusieron a la compasión al huérfano y a las viudas, y en los cuales la justicia “brilló por su ausencia”; largos años en los que se priorizó la búsqueda del placer a la búsqueda de las respuestas espirituales.

Es un ejercicio imprudente comparar pueblos de diversas culturas y distintos tiempos, pero resulta inevitable vincular lo sucedido en Jerusalén con la actualidad de nuestro país. Obviamente que nuestra situación dista de la ruina que sobrevino sobre aquella ciudad, o de imaginar que estamos al borde de la desaparición; pero es innegable que estamos recorriendo desde hace décadas un espiral descendente e irrefrenable de decadencia. Nuestra salud, educación, instituciones, justicia, clase dirigente, trabajo, relaciones personales y consideración a la vida cada vez se precarizan más, hasta puntos incomprensibles para los ojos de quienes viven en otros países. ¿No nos estará sucediendo lo mismo que a Jerusalén después de Salomón? ¿No será la decadencia actual el resultado de vivir largos años pensando únicamente en nosotros mismos y buscando solo respuestas materiales y placenteras? ¿No tendrá nuestro presente relación con el floreciente desprecio a la vida y a la familia que prevalece hoy? Lo que afrontamos no es resultado del azar; tampoco resultado de oscuras conspiraciones internacionales; sino la consecuencia de renegar de Dios, de renegar de la sacralidad de la vida humana, y de querer reemplazar lo espiritual con lo material. Gracias a Dios, todavía hay tiempo –no sabemos cuánto-, y por lo tanto esperanza. Debemos aprovecharlo y seguir el consejo del autor de Lamentaciones:

…una cosa quiero tener presente y poner en ella mi esperanza: El amor del Señor no tiene fin, ni se han agotado sus bondades…

Reflexionemos seriamente en nuestra conducta, y volvamos nuevamente al Señor.