En el patíbulo

Una reflexión sobre el rol de Dios en nuestra vida

Por Ezequiel Dellutri

Una fría mañana rusa, varios condenados son llevados al patíbulo. Su crimen es poco claro: en largas noches de ocio, inspirados por el cansancio y la propia insatisfacción, un grupo de jóvenes intelectuales protestan contra el régimen del zar Nicolás I; no saben que dentro de sus filas hay un espía y que su complot, aunque pura fantasía, terminará llevándolos un largo confinamiento de más de seis meses y ahora, a enfrentar la muerte.

Los tres primeros reos son dispuestos para la ejecución. Los demás los miran, aterrados, intentando comprender cómo sus habladurías insensatas los condujeron a una muerte prematura. Los soldados reciben la orden de aprestar sus fusiles, de disparar. Pero no lo hacen: todo es una farsa orquestada por el zar; quiere que los muchachos escarmienten y reconozcan que también puede ser benevolente.

No se trata de un indulto total. Conservarán la vida, pero su castigo será ejemplificador: la deportación a Siberia. Entre ellos, hay uno que pasará a la historia: Fiodor Dostoievski, el célebre autor de Crimen y castigo.

Dostoievski era por entonces un autor novel, pero reconocido. Su primera novela, Pobres gentes, mereció el elogio del principal crítico literario del momento, lo que le valió un viaje relámpago al estrellato literario. La nobleza de San Petersburgo recibió a este sencillo hijo de un médico de provincia con los brazos abiertos; muy pronto Dostoievski comprendió que solo era un bicho raro, el escritor que contaba las historias de los humildes y los fracasados. Su segunda novela fue despreciada y los mismos que antes lo enaltecían, ahora se burlaban de él. Y algo de razón tenían: había fuerza en sus relatos, tenía la técnica de un gran escritor y sus personajes eran profundos, intensos… pero algo faltaba y ni siquiera el propio escritor lograba descubrir de qué se trataba. De personalidad sensible, Fiodor se resintió; dejó de frecuentar a la nobleza y comenzó a vincularse con un grupo de intelectuales que soñaban con un cambio en el destino de un país marcado por la desigualdad social. Unos meses después, Dostoievski era confinado, condenado a muerte, indultado y enviado a Siberia, donde pasó cuatro años. Lector desde pequeño, no le era permitido escribir ni tener libros más que el evangelio, su única lectura durante el cautiverio.

A los cuatro años de trabajos forzados se sumaron cuatro más de servicio militar obligatorio en la frontera. Terminado ese período, Fiodor regresó a San Petersburgo repleto de ideas. Había pasado ocho años sin escribir, pero estaba seguro de que podría volver al ruedo. Porque ese tiempo le había mostrado qué le faltaba a su literatura. Su biógrafo Henri Troyat sostiene que antes de Siberia, a Dostoievski le “faltaba un personaje en el reparto: Dios”.

Luego de Siberia y la frontera, Dostoievski escribe sus obras más profundas: Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov. Muchos críticos sostienen que fue el padre de la novela psicológica por su capacidad de retratar la complejidad de la mente humana; opino que se equivocan, porque lo que en realidad muestran sus novelas es la profundidad espiritual del hombre, la necesidad de la expiación y de una respuesta trascendente.

Se me ocurre pensar que toda vida está incompleta si no comprendemos que hay un personaje más, un espectador que guarda silencio y sabe esperar. Nuestra existencia, como la de Fiodor, es un cúmulo de insatisfacciones, una acumulación de sinsabores, un intentar alcanzar una felicidad que se nos escapa de las manos. Hasta que un día llegamos al patíbulo y parece que ya no hay nada más. Y es en ese punto límite en el que se abre la otra puerta, detrás de la que espera el personaje que falta.

La sociedad nos carga de exigencias y de demandas absurdas; a veces, necesitamos el frío de Siberia para darnos cuenta de que nuestra verdadera necesidad no está en satisfacer lo que los demás buscan o esperan de nosotros, sino en entregarnos así como somos, débiles y cargados de fracasos, en los brazos de un Dios dispuesto a mostrarnos una forma distinta de contar la novela de nuestra vida.