Comida chatarra

Una reflexión sobre lo que consumimos

Por Lucas Campisi

Un fenómeno que vemos cada vez más en nuestro país es la proliferación de locales de venta de comidas rápidas. Hamburgueserías, expendedoras de papas fritas y pancherías están presentes en cada cuadra de cualquier barrio de Argentina en la actualidad.

Esto, que en principio puede parecer una simple percepción, deja de serlo cuando nos acercamos a las estadísticas. Según el último informe de la Organización Panamericana de la Salud, Argentina es el tercer país en América Latina que consume más alimentos ultraprocesados. Un argentino promedio ingiere alrededor de 185 kilos al año de comida chatarra. Una cantidad impactante, que es superada solamente por Chile y México.

Otro dato alarmante es el consumo de bebidas gaseosas y aguas saborizadas en Argentina. Con 137 litros por persona, nuestro país lidera el ranking mundial.

La publicidad, la falta de tiempo y el ritmo de vida hicieron que modifiquemos nuestra calidad alimenticia. Dejamos a un lado las frutas y legumbres, solo comemos un tercio de los alimentos que deberíamos ingerir para mantener una dieta saludable. Mientras que aumentamos más del doble de lo recomendado el consumo de carnes, harinas y dulces.

Este cambio cultural pone en riesgo la vida de gran parte de la población, de la que no están exentos ni siquiera los niños. Uno de cada diez menores de 16 años padece de hígado graso no alcohólico, enfermedad producida por el exceso de peso. Y, una cifra aún más imponente es que casi el 10 por ciento de los menores de 5 años son obesos.

A pesar de conocer estos números y de las múltiples campañas saludables, la realidad es que no estamos haciendo demasiado para mejorarlos, todo lo contrario, es un problema que va en permanente crecimiento de manera cada vez más acelerada.

Estas cifras podrían mejorar si cada uno de nosotros eligiera modificar sus hábitos alimenticios. Pero, parece que las grasas y los azúcares llaman más nuestra atención, llevándonos poco a poco a perjudicar nuestra calidad de vida.

Este fenómeno de autodestruirnos no aplica solamente al campo de la alimentación; repetimos esta conducta en otros aspectos de nuestra vida. Lo vemos a diario: los argentinos somos expertos en elegir el camino equivocado.

Así como una jugosa hamburguesa con queso puede tentarnos a romper nuestra dieta, otros estímulos perniciosos pueden llevarnos a la autodestrucción. Por ejemplo, lo que consumimos con nuestros ojos y oídos, programas de televisión decadentes, publicidades con alto contenido ideológico, conversaciones groseras y la lista podría continuar. Todo esto no nos perjudica físicamente, pero sí nos corroe en nuestra interioridad. Lentamente, toda esa chatarra que consumimos va erosionando nuestra mente, nuestro interior y termina por destruirnos.

Cuando Jesús fue tentado por Satanás, sentenció que no solo de pan vivirá el hombre, sino también de toda palabra que salga de los labios de Dios.

Día a día somos tentados a consumir chatarra y muchas veces caemos, perjudicando nuestra vida espiritual. Hoy tenemos una excelente oportunidad de acercarnos a la palabra de Dios, para que ella nos alimente, nos transforme y nos llene de vida.