¿Quiénes somos?

Una reflexión sobre nuestra identidad

Por Pedro Fuentes

El problema existencial del ser humano no ha sido superado y las respuestas buscadas a través de la historia no han dado aún satisfacción a los mortales. No pretendemos resolver el asunto en un par de líneas, pero expresaremos algunas ideas que podrán ayudarnos a encontrar respuestas a este interrogante. En primer lugar, definimos que hablaremos del SER y no del POSEER. Se puede poseer mucho conocimiento, muchas capacidades para hacer cosas y también se pueden poseer muchas cosas, pero nada de esto define lo que somos. Equivocadamente, solemos contestar a la pregunta “¿Quién es tal persona?” con respuestas que en realidad contestan a otro tipo de preguntas:

¿Qué sabe? Responde a lo que conoce la persona o a lo que ha estudiado y no a quién es. El conocimiento suele dar fama, prestigio, beneficios materiales y renombre, pero no nos permite saber quién es la persona. Solemos definir a ciertas personas diciendo “fulano es un filósofo, científico, conocedor, erudito, etc”, pero no logramos saber quién es.

¿Qué hace? Responde a la actividad que realiza. Con esta respuesta definimos el rol que cumple o la tarea que realiza, pero no definimos quién es. Un día dejará de hacer esa actividad y por ello no significa que dejará de SER.

¿Qué tiene? Responde a lo que posee. En el mundo materialista en el que vivimos, lo que una persona posee le permite ser reconocida, De allí el dicho popular: “Cuanto tenés, cuanto valés”.

En un mundo idealista el concepto del ser pasa por lo que se sabe; en un mundo tecnológico, por lo que se hace; en un mundo materialista, por lo que se tiene.

Trabajar para superarnos en estas tres áreas de la vida —estudio, trabajo y posesiones— es muy importante, porque son manifestaciones externas de nuestro SER. Pero primero debemos saber quiénes somos realmente para tener un sentido de valor y de autoestima duradero.

En ocasiones, si buscamos saber quiénes somos realmente, hasta nuestro nombre puede hacernos confundir, porque ni siquiera somos nuestro nombre, somos mucho más que esto. Una experiencia me ayudó a tomar conciencia sobre mi propia identidad:

Hace algunos años trabajaba como administrador de un colegio y cada mes debía ir hasta el banco a cobrar sueldos de nuestro personal. En esas fechas siempre el banco estaba muy lleno de personas cobrando sus cheques. En una ocasión me encontré apretujado entre una multitud de personas que colmábamos el salón principal del banco donde esperábamos ser llamados para acercarnos al cajero y cobrar nuestro cheque. El día era de mucho calor, el fastidio de todos era grande, tanto como el retraso de los empleados en atendernos. Así que no hallábamos la hora de salir de aquel encierro en el que nos encontrábamos por interés de cobrar nuestro sueldo. En un momento escuché mi apellido: “¡Fuentes!” Con mucha satisfacción comencé a luchar con quienes me rodeaban para llegar hasta el mostrador de donde había salido la voz. Para mi sorpresa alguien más estaba en la misma lucha intentando llegar al mismo mostrador que yo. Pensé, sin decirlo en voz alta, que ese señor había escuchado mal y pensaba que lo llamaban a él. Finalmente llegamos los dos frente al señor de la caja. El cajero nos miró a los dos y, para aclarar la confusión, bajó su cabeza y leyó mi primer nombre y apellido: “Pedro Fuentes”. Al instante ambos dijimos: “Soy yo”. El cajero sonrió, volvió a mirar hacia abajo y leyó nuevamente, con absoluta certeza de que ahora sí se definiría quién debía cobrar el cheque. Con voz firme dijo: “Pedro Pablo Fuentes”. Los dos interesados dijimos al mismo tiempo: “Soy yo". Para resolver el dilema, el cajero nos solicitó nuestro documento y así pudo saber a quién correspondía el cheque.

Esta situación me hizo reflexionar acerca de que ni siquiera mi nombre define quién soy. En el mundo hay muchos que llevan tu nombre, podés verlo por Internet si lo deseás, pero eso no significa que sean la misma persona.

Todos necesitamos saber quiénes somos realmente, esto nos da sentido de seguridad, por ello se hace necesario tener una identidad sana. Es verdad que en gran medida el sentido de valor que tenemos como personas está dado por la aceptación que sentimos de los otros. También es cierto que somos nosotros quienes, en definitiva, enfrentamos la vida con nuestras propias convicciones. Por ello nos hace bien recordar quiénes somos.

La Biblia nos enseña que somos criaturas de Dios; que tenemos un origen y un destino que no termina con la muerte, a esto lo llamamos la trascendencia del hombre. De allí nuestro valor, no somos una cosa para ser usada y descartada como nos quieren hacer creer, somos personas dotadas de un espíritu que nos comunica con el Creador; un alma —inteligencia, sentimientos y voluntad— que nos conecta con las demás personas y que nos permite disfrutar y sufrir las experiencias de la vida; y un cuerpo que nos conecta con el mundo material.

Cada uno es único e irrepetible y tenemos el mismo valor. ¡Qué bueno es saber quiénes somos! San Pablo dice en una de sus cartas: “Que ninguno tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura”.

Cuando sabemos quiénes somos, resulta mucho más sencillo luchar por los objetivos y metas que deseamos. No corremos con la presión de creer que si no alcanzamos las metas propuestas tendremos menos valor. Nuestra autoestima no se desmoronará, ni tendremos la equivocada idea de que ya no servimos para nada. Sencillamente volveremos a intentarlo tantas veces como sea necesario.

No somos lo que tenemos; esas son nuestras posesiones y no nosotros. Son posesiones que hemos recibido de otros o que hemos adquirido con nuestro esfuerzo, pero que no vendrán con nosotros cuando marchemos de aquí. No somos lo que sabemos, aunque hayamos logrado grandes titulaciones. Todo eso caducará con demasiada rapidez ya que nuevos conocimientos remplazarán a los que tenemos hoy.

No somos lo que hacemos, aunque las actividades que realicemos sean de mucha importancia. Otros podrán hacerlas y posiblemente mucho mejor que nosotros. Incluso si nadie las hiciera, el mundo no se desintegraría.

Sin duda nuestro poeta tanguero tenía razón cuando escribió: “Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando”. Siempre debiéramos recordar que somos mucho más que lo que tenemos, mucho más de lo que sabemos y mucho más de lo que hacemos, ¡somos personas, únicas e irrepetibles! Tenemos un tremendo valor para Dios y para nuestros semejantes, nunca nadie podrá ocupar nuestro lugar.


Fragmento extraído del libro Atrévete a llegar la cima