Nunca caminarás solo

Una reflexión sobre la presencia de Dios en nuestras vidas

Por Facundo Costa

Uno de los momentos más emocionantes del mundo deportivo se produce cuando, en una competencia internacional, se entonan los himnos. En algunos casos, existen también canciones que representan a los distintos clubes y con las que los hinchas se sienten identificados. Un buen ejemplo de esto podemos verlo en el equipo Liverpool de Inglaterra. Sus simpatizantes han adoptado como propia una canción que nada tiene que ver con el fútbol, pero que de alguna manera representa el amor que sienten por su club. El tema se llama Nunca caminarás solo. Pertenece al musical de Brodway Carrousel y fue compuesto por Oscar Hammerstein y Richard Rodgers en la década del cuarenta. La trama de la obra cuenta el drama de la gente trabajadora de fines del siglo diecinueve. Nunca caminarás solo es la canción de cierre:

Cuando caminas a través de una tormenta

mantén la cabeza en alto
y no tengas miedo de la oscuridad.
Al final de la tormenta
hay un cielo dorado
y el dulce canto de plata de una 
alondra.

Camina
a través del viento.
Camina
a través de la lluvia.
Camina
con esperanza
en tu corazón
y nunca caminarás solo.
Nunca caminarás solo.

Si la letra nos conmueve, es porque el ser humano no fue creado para la soledad: necesitamos del otro; es maravilloso sentirse acompañado, y es desesperante sentirse en soledad.

Muchas veces nos olvidamos del otro; siempre hay alguien cerca nuestro que está solo, que necesita que le tendamos una mano, que lo acompañemos, que le hagamos saber que caminamos a su lado.

El rey David, que había pasado por largos tiempos de soledad —cuidan-do a las ovejas de su padre primero, escapando de sus enemigos, después—, habló sobre sus sensaciones frente al desamparo. En uno de sus Salmos más conocidos, puso en palabras lo que lo sostuvo en momentos de soledad y adversidad “aunque ande en valle de sombra y de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento.”

Aquellos que entregamos nuestra vida a Cristo, no vemos al tema de la soledad como algo angustiante; tenemos la certeza de que nunca vamos a estar solos. La promesa de Jesús fue que iba a estar con nosotros hasta el fin. Tal vez algunos de los nuestros nos hayan abandonado, y ese abandono genera en nosotros un vacío; es lo normal, no hay por qué negarlo. Pero también debemos ser conscientes de que tenemos la compañía más importante: la presencia de Dios en nuestro día a día. Es algo difícil de explicar con palabras, porque hay que vivirlo. Los cristianos nunca caminamos solos; cuando Dios llega a nuestra vida, lo hace para quedarse en la buenas y en las malas.