Huracán totalitario

Una reflexión sobre la libertad

Por Salvador Dellutri

El 6 de julio de 1415 en Constanza, Alemania, el verdugo desnudó a un hombre de 43 años, le ató las manos a la espalda, luego lo encadenó a un poste por el cuello y lo cubrió  de madera y paja. Poco después, mientras la chusma gozaba del espectáculo, el reo ardía. Sus cenizas fueron arrojadas al rio Rin para que no quedara memoria de su existencia.

¿Cuál era el crimen que lo llevó a la pira? Pensaba distinto que las autoridades eclesiásticas. 

Hace unos años estaba en Praga sentado en un banco de una iglesia vacía. Delante tenía un estrado pequeño y un púlpito. Miraba ese púlpito que había vibrado cuando aquel hombre injustamente ajusticiado predicaba. En una de las paredes estaba pintada la escena de su ejecución. Se me nubló la vista, fue un momento intenso en el que di gracias a Dios por Juan Huss y por la libertad de conciencia que él, junto a otros reformadores, ganaran para la humanidad.

Los tribunales de la inquisición, la muerte que los calvinistas dieron a Miguel Servet, los hornos crematorios de Hitler, el Gulag de Stalin, las purgas de Mussolini son solo algunos ejemplos de intolerancia que terminaron en ejecuciones y exterminio de quienes pensaban y creían distinto al poder político de turno.

Como cristiano no pienso éticamente igual a los poderes políticos actuales. No estoy de acuerdo con la homosexualidad, el matrimonio igualitario, la ideología de género, el aborto, la eutanasia. Lo hago por razones de fe, y puedo defender mi postura con argumentos racionales. Sin embargo, hay modernos inquisidores que por pensar diferente me tildan de homofóbico, discriminador, oscurantista y estoy seguro que estarían dispuestos a quemarme vivo.

No soy homofóbico, no discrimino al homosexual, no pido la pira para el matrimonio igualitario, no propongo un horno crematorio para quienes practican el aborto. Pienso diferente, combato esas ideas porque creo que son decadentes y tengo el derecho a hacerlo. Lamento que algunos no les guste que piense diferente y siempre estoy preparado para dar razón de lo que pienso.

Legalmente, estoy amparado por el Articulo 18 de la Declaración de los Derechos Humanos que dice: Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

Vivo en un país democrático lo que me da derecho a disentir y expresar mis ideas públicamente. Si alguna vez me quitaran esa libertad entonces estaría en un estado totalitario, fascista y dictatorial.

La fe cristiana en su esencia –lamentablemente no siempre los llamados cristianos la practicaron– respeta la libertad de conciencia y entiende que la fe no se impone, sino se predica para que cada uno la acepte o rechace en libertad. En la epístola a los Corintios, el Apóstol Pablo pregunta por qué se ha de juzgar mi libertad por la conciencia de otro.

Hace ya un tiempo que sobre la sociedad occidental soplan vientos totalitarios: no se acepta el disenso y denigran a quienes piensan diferente. Los medios de difusión no son imparciales: silencian a los que sostienen determinados principios y dan espacio a la difusión de estas ideas totalitarias. Esperamos que estos vientos no sea más que la manifestación de desubicados que a falta de argumentos racionales optan por atropellar los derechos ajenos. Pero aspiran a que su totalitarismo sea un huracán arrasador; no sabemos si en el futuro, seguirán soplando las brisas de la libertad.

La libertad es una conquista que ganó Jesucristo en la cruz y por tanto, es para cada cristiano, un derecho irrenunciable. Quienes se opongan tendrán que enfrentarse a quienes estamos de pie dispuestos a defenderla al precio que sea necesario.