Insulina espiritual

Una reflexión sobre nuestras decisiones espirituales

Por German Bondarczuk

La Organización Mundial de la Salud recomienda consumir como máximo 25 gr de azúcar por día. Nuestro cuerpo utiliza el azúcar como combustible: es energía que permite el correcto funcionamiento de todo el organismo.

Hay células especializadas en el páncreas que, ante distintos estímulos, se encargan de producir y liberar una proteína llamada insulina, necesaria para la entrada del azúcar a todas las células. Si el páncreas fabrica insulina defectuosa o si está dañado y no puede producirla tampoco va a poder ejercer su trabajo fundamental. A esta falta o defecto de la insulina se la conoce como diabetes.

Este déficit de insulina va a provocar que el azúcar presente en nuestra sangre no pueda ingresar a nuestras células. Esto es perjudicial por dos motivos: en primer lugar, porque nuestros órganos no van a poder funcionar correctamente; en segundo lugar, porque se producirá un exceso de azúcar en sangre, causando muchos problemas en nuestro cuerpo, desde ceguera hasta la muerte.

En su justa medida, el azúcar es buena y necesaria. La naturaleza que Dios creó para nosotros y para nuestra alimentación está llena de ella; pero la falta de insulina nos puede dañar en gran manera.

La diabetes es una enfermedad silenciosa que muchas veces nos va afectando poco a poco sin que nos demos cuenta.

El rey David escribió hace mucho tiempo "Cuán dulces son a mi paladar tus palabras, más que la miel a mi boca."

Tenemos el azúcar espiritual que Dios nos dejó para poder crecer y desarrollarnos. Pero es de suma importancia que sepamos asimilar lo aprendido y ver dónde estamos parados, es decir que esté presente la insulina espiritual.

Ir a la iglesia, escuchar su mensaje, leer la Biblia, orar, preocuparnos por los que nos rodean son actitudes muy importantes para nuestro crecimiento, pero si la insulina espiritual no está presente de nada sirven, y hasta podrían ser perjudiciales, porque estaríamos actuando para nuestra propia satisfacción y no en obediencia.

La soberbia y el orgullo son dos características que destruyen a la insulina espiritual: actúan de manera silenciosa; el soberbio no sabe que lo es, porque su propia soberbia lo ciega no dejándole ver sus errores.

Tener una insulina espiritual sana significa tomarnos un tiempo para reflexionar sobre nuestra propia vida. Esto nos ayuda a pensar antes de actuar, a ser humildes, a poder ver y reconocer nuestros propios errores, a pedir perdón y saber perdonar.

El director de la División de Traducción de la Diabetes en los Estados Unidos, Frank Vinicor dijo: "Los genes puede que carguen la pistola, pero es la conducta humana la que aprieta el gatillo" haciendo alusión al hecho de que, aunque la diabetes puede ser heredada, es nuestra propia conducta la que termina teniendo la última palabra. Esto aplica a la perfección a nuestra vida espiritual: no importan nuestras tendencias, sino nuestras decisiones. En nosotros está buscar una respuesta trascendente o dejarnos ganar por nuestro egoísmo.