Irreductibles

Una reflexión sobre la identidad cristiana

Por Ezequiel Dellutri

Lo recuerdo como si fuera hoy: siendo yo adolescente y estando de vacaciones en un pueblito de Córdoba, cada dos o tres días íbamos en familia a dar una vueltita por la ciudad. Terminábamos recalando en una librería, porque a todos nos gustaba leer y ese año habíamos hecho el gran descubrimiento: los maravillosos álbumes protagonizados por los personajes de historieta francobelga Astérix y Obelix.

Los álbumes contaban las aventuras de dos guerreros galos en tiempos de Julio César. Para introducir a los lectores, se incluía un resumen de la situación:

Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste, todavía y como siempre, al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones de legionarios romanos en los reducidos campamentos de Babaorum, Aquarium, Laudanum y Petibonum.

Panoramix, el druida de la aldea, poseía un secreto clave para la supervivencia de los galos: la receta de una poción mágica que daba, durante unos minutos, fuerza sobrehumana. Las aventuras son protagonizadas por Astérix, un guerrero valiente aunque de pequeña estatura, y su inseparable amigo Obelix, repartidor de menhires que se caracteriza por su simpleza y su desmesurada fuerza: cual Aquiles galo, siendo pequeño cayó dentro de la marmita de poción, lo que hizo que sus efectos fueran permanentes.

Cada álbum de esta historieta representa una nueva aventura, casi siempre estructuradas en torno a un viajes por la Europa romana, recorriendo distintas regiones, luchando contra los legionarios y siempre defendiendo causas justas.

Creados en 1959 por el dibujante René Goscinni y por el genial guionista Albert Urdezo, las peripecias de dos héroes muy distintos, pero unidos por una entrañable amistad, juegan con los hechos históricos, poniendo en escena diversos personajes tales como Julio César o la mismísima Cleopatra. La documentación de los autores fue basta y exhaustiva, de manera que su retrato de la vida en aquellos tiempos, más allá de la ficción, es bastante fiel a la realidad de la época, con permanentes guiños a la actualidad.

Tal vez el mayor atractivo de la tira radique en la condición de la aldea gala y de sus protagonistas: rodeada por sus enemigos, pero resistiendo gracias a la poción, el pueblo se mantiene en pie aún frente al embate del ejército más poderoso y organizado de su época: conservan sus tradiciones, su cultura y su identidad sin permitir que la fascinación por el enemigo termine jugándoles una mala pasada.

Resulta que estos galos son irreductibles: nadie puede someterlos. Son aguerridos, pero no solo porque cuentan con la poción: lo son sobre todo porque han decidido resistir la opresión. Dentro de la dinámica de la historieta, los romanos representan la tecnología y la avanzada cultural; la aldea gala, en cambio, encarna los valores más honorables: la pertenencia, la amistad, el compromiso.

Me pregunto si, ante los embates de una sociedad cada vez más alejada de nuestros principios, nosotros, los cristianos, no nos parecemos cada vez más a esta aldea rodeada de enemigos. Tenemos, claro, a Dios de nuestra parte, pero también debemos contar con un convencimiento profundo y con la astucia suficiente como para saber cuándo hablar, pero también cuándo callar.

Hoy, las lanzas de los romanos parecerían estar más afiladas que nunca y lo cierto es que la situación no va a mejorar: la decadencia de nuestra cultura, el colapso de la ética, la ausencia de figuras que nos convoquen desde un acuerdo ético que tenga en el centro a la familia y al compromiso nos dejan desamparados frente a las nuevas ideologías. El gran desafío es conservar la identidad, no dejarse ganar y despejar nuestras dudas con inteligencia. Por momentos, debemos resguardarnos detrás de la empalizada de nuestra aldea, repensar nuestras estrategias en la calidez de la comunión y de la enseñanza de nuestras iglesias, pero luego hay que animarse a salir a un mundo hostil sin vergüenza y con posturas claras. Ser cristiano implica no ser influenciable ni permeable, pero sí estar atento a lo que sucede para ver de qué manera debemos no adaptar el mensaje, sino la forma en la cual lo transmitimos. Jesús dijo que un cristiano debía ser sencillo como paloma y astuto como serpiente; en la medida, claro, está el equilibrio, pero creo que no me equivoco si digo que, en estos tiempos, vale un poco más la astucia, el saber analizar lo que pasa y obrar como cristianos siendo portadores imperfectos de las únicas palabras que pueden cambiar vidas.