Sin lugar para Dios

Una reflexión sobre la soberbia

Por Claudio Nava

El científico suizo Michel Mayor recibió este año el Premio Nobel de Física. Fue galardonado por haber descubierto el primer exoplaneta, cuestión vinculada con la cosmología y la astrofísica, especialidades sobre las cuales, sin dudas, usted y yo tenemos nulos conocimientos. En una reciente entrevista con un diario, Mayor efectuó una aseveración sorprendente: “…para mí, no hay lugar para Dios en el universo”.

Según una página web especializada en astronomía “El Universo es todo, sin excepciones. Materia, energía, espacio y tiempo, todo lo que existe… El Universo conocido contiene galaxias, cúmulos de galaxias y estructuras de mayor tamaño llamadas supercúmulos, además de materia intergaláctica. Todavía no sabemos con exactitud su magnitud, a pesar de la avanzada tecnología disponible.” El universo es demasiado basto y complejo para ser comprendido en su totalidad por el ser humano. Aunque hemos logrado aprender mucho, gran parte de nuestro conocimiento sobre el tema pertenece a la física teórica: con nuestros telescopios, solo podemos contemplar una parte muy pequeña del cosmos. Aún distamos mucho de conocerlo en su totalidad, conocer los procesos y elementos que existen en él.

Me pregunto, ¿cómo puede entonces aseverarse que “no hay lugar para Dios en el universo”, cuando solo conocemos una porción de él, e incluso cuando dentro de esa parte conocida subsisten para los científicos muchos interrogantes sin respuesta?

Contrastan con la audaz afirmación del premio Nobel, las expresiones de Michael Collins, uno de los tres astronautas que arribó por primera vez a la luna en 1969 en la misión Apolo XI. Al observar nuestro planeta desde su nave en el espacio y pensar en la humanidad, afirmó con humildad: “Es conmovedor… comprobar que la Tierra no es más grande que la uña del pulgar, una esferita azulada, brillante y hermosa, desde la cual nos llegan voces amigas...”

Es frecuente ver a quienes se destacan en ámbitos de nuestra sociedad como la política, las ciencias, el deporte o las artes, asumir actitudes soberbias y efectuar afirmaciones con aires de superioridad. Aún nosotros mismos solemos asumir a veces, en nuestros pequeños reinos hogareños y laborales, posiciones altaneras para hablar con tono sabiondo. Al usar esas expresiones y asumir esas actitudes, intentamos disimular nuestra evidente pequeñez humana, olvidamos las infinidades de preguntas sin respuestas sobre cuestiones personales, familiares y sociales que hemos acumulado a lo largo de nuestra existencia.

Nuestra vida dura tan solo unos instantes dentro de la historia millonaria de nuestro planeta y el universo. No nos alcanza toda una vida para conocer a fondo nuestros verdaderos sentimientos, capacidades o debilidades. En medio de nuestra pequeñez, nos atrevemos a dictar sentencias contundentes sobre el universo o la persona de Dios.

El sabio autor de los Proverbios nos advierte que el orgullo es un problema muy serio: “Más se puede esperar del necio que de quien se cree muy sabio… Tras el orgullo viene el fracaso; tras la altanería, la caída.”

Pero al mismo tiempo, en la Biblia hallamos esperanza para quienes reconocen sus limitaciones y asumen su humana pequeñez. Recordemos la valiosa respuesta que dio Dios al rey Josías en tiempos de decadencia: “Por haber prestado atención a lo que has oído… por haberte humillado ante mí… yo también por mi parte te he escuchado.”

Todos queremos administrar el tiempo de nuestra vida provechosamente, todos deseamos tener la seguridad de estar transitando el camino correcto, no sea que al final… comprobemos tristemente que el camino que seguimos no era el adecuado. ¿Cómo podemos lograrlo? Desechando la altivez y conduciéndonos con humildad. De esta forma, experimentaremos en la vida la promesa del salmista: “El Señor es bueno y justo… guía por su camino a los humildes”.