Por qué no celebrar la Navidad

Una reflexión para prepararnos para el 25 de diciembre

Por Ezequiel Dellutri

No sé cuantos artículos sobre la Navidad escribí; creo que demasiados. Por eso, pienso que tengo derecho a decir que preferiría que no celebráramos la Navidad. Y no es una broma, ni un truco retórico ni una trampa.

Todos sabemos que los niños traen ternura a una familia. Me he preguntado muchas veces por qué insistimos en traer nueva gente a un mundo tan complejo y duro como este. La única respuesta que encuentro es que nada representa tan bien nuestra fe y esperanza como un bebé. A todos nos conmueve su inocencia y su desamparo, su hermoso despertar a un mundo que muy probablemente a nosotros, los adultos, dejó de asombrarnos hace tiempo. Es difícil, y creo que pocas veces lo pensamos, imaginar que hace muchos años, también fuimos así de frágiles y dependientes; y es mucho más difícil pensar que nuestra sola presencia traía alegría a quienes nos rodeaban, despertando sonrisas, emociones, amor.

Pese a todo esto, un bebé no es más que el comienzo de una vida. De las buenas historias, lo sé bastante bien, se conoce cómo comienzan, pero nunca cómo terminan. Hay que ir andando camino para averiguarlo. Lo que comenzó a contarse en Belén sucedió hace más de dos mil años; conocemos cómo finaliza esa vida, y la conocemos bien. Porque ese bebé creció, ejerció un oficio, fue una buena persona, enseñó, curó, guio. Sintió tristeza, amor, piedad y también dolor. Mucho dolor, tanto que cuesta imaginarlo. Y si cualquier historia de una buena persona que es castigada por un delito que no cometió es dolorosa, esta mucho más; Jesús no había cometido falta alguna a lo largo de toda su vida: del bebé a la cruz, Jesús fue un hombre justo, que no necesitó ser redimido ni perdonado porque no había falta alguna en él. Y fue precisamente esa pureza, esa entrega a una misión en favor del otro, esa transparencia la razón por la que lo mataron. A Jesús lo matan por ser bueno y se convierte en una metáfora horrenda de lo que la humanidad hace con los justos, del poder destructivo de la envidia, de la incapacidad del ser humano para entender la pureza de un alma sin manchas.

Por eso, hubiese preferido que jamás celebrásemos la Navidad. Porque aunque el 25 es el día del festejo, lo que en realidad recordamos es nuestra propia y terrible derrota: por nuestra culpa, por esa culpa que arrastra la humanidad toda, el único verdaderamente justo fue torturado y crucificado. La Navidad es el inicio de una historia que termina con un hombre injustamente ejecutado; es la entrega total y definitiva de Dios en favor nuestro. Siento gratitud por lo que Jesús hizo; siento terrible dolor por que haya tenido que hacerlo.

El bebé de Belén llora, como todos los bebés. Llora porque está aprendiendo lo que es el dolor. En Navidad, le doy gracias a Dios, pero también le pido perdón por ser como soy, por no saber respetarlo, por no ponerlo en primer lugar. Y después de la comida, y después del brindis, y después de despedir a amigos y familiares, siempre pienso en eso: ese bebé fue condenado por mí, pero también fue más fuerte que todo ese odio y rencor. Volvió para perdonarme a mí, que sin piedad lo envié a la cruz. Volvió porque quiso darme la mayor de las victorias cuando merecía la peor de las derrotas.

Tal vez sea una forma dura de ver la Navidad. Es, en cualquier caso, la más profunda, la única que nos permite vernos tal cual somos y poder caminar de la mano de un Dios que se hizo niño solo para estar cerca nuestro y abrirnos un camino hacia la plenitud de vida.