La gran presencia

Una reflexión de Navidad

Por Salvador Dellutri

Hay presencias que nos marcan,

que nos cambian, que nos mejoran.

Ángeles Mastretta

Está ausente aun estando presente.

Paul Auster

Si, como decía el viejo Heráclito, el tiempo es como un río, está pasando por la rivera de nuestra vida otra Navidad. A medida que cae la noche las campanas suenan cada vez más lejanas, se apagan los últimos acordes de Noche de Paz y  en un rincón, despojado de los regalos que custodió la última semana, el árbol de Navidad languidece solitario. La Navidad comienza a ser un recuerdo. Pero en el ambiente queda flotando una pregunta: ¿Qué sedimento dejó en mi rivera esta celebración?

Carlos Dickens, el autor del famoso cuento Canción de Navidad, escribía todos los años cuentos navideños. Una niñez de pobreza y desamparo le hizo valorar la importancia de la celebración. También redactó algunos artículos sobre el tema. En uno de ellos, comienza hablando de la niñez:

Hubo épocas en que para la mayoría de nosotros la Navidad rodeaba nuestro mundo limitado. Sin dejarnos de buscar nada nuevo ni tampoco echar nada de menos; unía nuestros goces hogareños, nuestros afectos y nuestras esperanzas; agrupaba a todos y a cada uno alrededor del hogar y hacía que el pequeño cuadro brillara completo ante nuestros ojos. Pero cuando llegamos a cierta edad, estamos aún más agradecidos, porque el círculo de nuestros recuerdos de Navidad se expande más aún, y aporta nuevas lecciones. Demos la bienvenida a cada uno de ellos y que ocupen su lugar cerca de la chimenea.

A medida que pasa el tiempo, abandonamos la visión superficial e infantil de la Navidad y esta celebración tiene que ir ganando en profundidad; la Navidad no es la reunión familiar, la mesa servida, el bullicio de los niños, los regalos ni los fuegos de artificio. Su significado es más profundo: celebramos la presencia de alguien a quien no vemos, pero que está presente. Si las navidades de la niñez estaban marcadas por la ansiedad de los regalos y el jolgorio familiar, en la madurez tenemos que ver más allá;  detrás de todo, hay una persona que bajó desde la eternidad para traernos esperanza. Lo que celebramos no es un cuento infantil, sino el suceso más importante de la historia de la humanidad: Dios se acercó hasta nosotros haciéndose hombre para salvarnos. Solamente si percibimos esa presencia, la Navidad tiene verdadero sentido. Pero si, como dice Paul Auster “está ausente aun estando presente”, si no percibimos su presencia, nos quedamos con el recuerdo y el vacío de siempre.

Estamos en medio de un mundo en llamas donde se multiplican los focos de rebelión alimentados por el odio y la violencia. En algún lugar de nuestra historia perdimos la esperanza y hoy descreemos de los dirigentes, las instituciones, la justicia, la religión, las ideologías... no vemos luces en el  horizonte.

La única luz de esperanza que está vigente es la que trajo Jesús en Belén. La Navidad nos recuerda que está presente. Como dice Ángeles Mastretta  “hay presencias que nos marcan, que nos cambian, que nos mejoran”.

Penetremos en la dimensión espiritual de la Navidad: que Jesús sea la gran presencia que nos acompañe para que la celebración deje sedimentos de alegría y esperanza en nuestra vida.