Sobredosis de violencia

Una reflexión sobre el consumo de la violencia

Por Salvador Dellutri

Esa tarde, hacía zapping en el televisor buscando un programa de noticias. La pantalla me devolvía, canal tras canal, escenas de violencia. Quedé asombrado porque había para todos los gustos: asaltos, secuestros, guerras, asesinatos, violaciones, ejecuciones, bombardeos, extorsiones… Hasta que llegué al canal de noticias; no había mucha diferencia: femicidios, secuestros, asaltos, trompadas, puñaladas, balazos, torturas, bullying, terrorismo, bombas, cadáveres. Una noticia del exterior trataba sobre un adolescente que entró a su escuela y masacró a media docena de compañeros. La siguiente fue local: un femicidio perpetrado por el esposo de la víctima en presencia de sus hijos. Comencé a sentirme mal: estaba intoxicado por una sobredosis de violencia; temí hacerme adicto.

Apagué el televisor y me quedé pensando. En la pantalla, la ficción y la realidad se confundían, hermanadas por el mismo tema; me costaba determinar cuál de los espectáculos se correspondía con la realidad y cuál era un producto de la imaginación. ¿Cuál era la relación que existía entre unos y otros?

Si hubiese consultado a un guionista o productor de televisión, seguramente me habría respondido con un viejo clisé: los argumentos reflejan la realidad y los programas son el testimonio de lo que sucede. Sin embargo, la Academia Americana de Psiquiatría de Niños y Adolescentes de Estados Unidos no opina lo mismo. Sus profesionales estudiaron a niños y adolescentes que ven un promedio de cuatro horas de televisión cada día. Las conclusiones son contundentes; todos los televidentes en etapa de formación van sufriendo una paulatina transformación:

  • Se vuelven "inmunes" al horror de la violencia.
  • Gradualmente aceptan la violencia como un modo de resolver problemas.
  • Imitan la violencia que observan en el televisor.
  • Se identifican con ciertos caracteres, ya sean víctimas o agresores.

A pesar de estos datos, Estados Unidos sigue produciendo toneladas de material violento y simultáneamente, quiere bajar los niveles de femicidios, violaciones, pedofilia y agresividad. Lo mismo sucede en Argentina: nadie quiere darse por enterado de que el mensaje que trasmiten es contradictorio; a personas en etapas de maduración se les sirve una sobredosis de violencia. Luego, se critica enfáticamente la que vemos todos los días.

Los medios de difusión ejercen una poderosa influencia en la sociedad, creando hábitos y modificando conductas. Los medios responden a los intereses del mercado y su principal objetivo no es beneficiar al receptor y hacer un aporte a su crecimiento, sino mantener un alto nivel de audiencia y acrecentar sus ganancias.

Parece que nadie puede ponerles límites, porque se escudan en sus derechos de expresarse libremente. Pero cuando un producto tiene entrada libre en todos los hogares a toda hora. Está al alcance de todos, por lo que es muy difícil ejercer el control. No basta con colocar una advertencia sobre el contenido; hay que tener real conciencia de lo que se muestra y obrar en consecuencia.

Es verdad que la violencia está siempre presente y no podrá nunca erradicarse de la sociedad humana, pero la siembra constante que se hace desde la ficción, naturaliza lo que debe ser dolorosa excepción. Frente a esto, tenemos una doble responsabilidad: Pedir a las autoridades que regulen estos productos y educar con inteligencia.

Actuemos sabiamente, sin prohibir, pero evitando la sobredosis. Aprendamos a despertar otros intereses para que el comprensible entusiasmo que despiertan este tipo de propuestas se vea contrarrestado por una sabia educación que conjugue libertad con responsabilidad.

No se puede contradecir la eterna ley de la siembra y la cosecha, que vale tanto para el mundo natural como para lo emocional y espiritual. “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” es la sentencia eterna del evangelio que, al igual que las leyes naturales, resulta inapelable.