Animarse a ver

Mirar lo que no queremos ver es un compromiso doloroso.

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Por Ezequiel Dellutri

Lo notable es que se trató de una casualidad: en el sitio web de uno de los diarios más leídos del país, dos notas hablaban de Nueva York el mismo día, la ciudad emblema de nuestras era. Los titulares resumían a la perfección el contenido de las notas. El primero: “Nueva York, capital de los sin techo”; el segundo: “Una ciudad en las alturas: las torres se expanden en Nueva York”. Lo asombroso es que en el azar del diseño, ambos títulos quedaron juntos: uno al lado de otro, justo como los grandes edificios y las personas en situación de calle.

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Las contradicciones de nuestra sociedad son temibles. En la tierra del sueño americano se puede llegar muy alto o muy bajo. Por nuestra tierra pasa otro tanto: las grandes urbes se construyen combinando enormes y cada vez más poblados barrios de emergencia con los más elegantes y modernos edificios. En Buenos Aires, el Barrio de Recoleta, uno de los más costosos de la Ciudad de Buenos Aires, queda a unas cuadras nomás de la Villa 31.

Con macabra habilidad, nuestra cultura se construye sobre el concepto de ceguera selectiva: vemos lo que queremos ver y negamos rotundamente lo que no se adapta a nuestro pensamiento o visión del mundo. El autoengaño, pienso, es uno de los mecanismos más primitivos del ser humano. El problema es que lo hemos convertido en una conducta social. No se trata de que no queramos ver, sino de algo mucho peor: no nos conviene ver, porque el ser consciente de ciertas realidades nos obliga a actuar, a salir de la comodidad si no queremos luchar contra nuestra propia conciencia.

El primer paso para ayudar es ver. Y antes de animarse a ver, hay que tener claro algo: la necesidad siempre duele. Tiene que doler. No nos hace bien que exista la necesidad, pero nos hace bien verla, y nos hace bien que duela. Significa que seguimos siendo humanos. Significa que no vemos árboles, sino hombres y mujeres que sufren con la misma intensidad que nosotros.

El negarse al engaño es doloroso porque también nos muestra tal cuál somos, con todos nuestros errores y nuestras mezquindades. No es sencillo asumir que podemos ser egoístas, cómodos, inmunes a la necesidad del otro. Hay, claro, excusas. Decenas, cientos, miles. Es la forma de defendernos del dolor de darnos cuenta de que hay muchas cosas que podríamos haber hecho, pero no hicimos.

El dolor no puede ser el motor de nuestra acción, porque eso sería seguir con el egoísmo: actúo porque no quiero sentirme mal. Tampoco podemos pensar que en nuestro aporte está la solución profunda a todos los problemas, porque a la larga, eso nos llevaría a la inacción que produce la frustración.

  El dolor frente al desamparo es tan solo la partida. Lo que realmente tiene que movernos es algo tan simple, tan trillado y tan poco practicado como el amor hacia el otro. Las necesidad que tienen quienes nos rodean deben ser una preocupación permanente. Jesús dijo que a los pobres siempre los íbamos a tener entre nosotros. La frase fue y es malintepretada, porque lejos de ser una expresión fatalista, es una invitación a ver lo que no queremos ver.

Hagamos un juego sencillo: miremos a nuestro alrededor. Busquemos la necesidad. Si no la encontramos, no es porque no exista: es porque dejamos de verla.

Así que volvamos a mirar, pero ahora ya no como si fuera un juego, sino como un desafío. Los pobres, materiales y de espíritu, están ahí. Si duele, es porque hay un trabajo que hacer.

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