El ejercicio de la libertad

¿Cuál es su verdadero alcance?

Por Salvador Dellutri

Víctor Hugo, el genial escritor de Los Miserables y el Jorobado de Notre Dame, dijo: La libertad es el aire respirable del alma humana. La falta de libertad ahoga tanto como el aire viciado”.

Quienes ingresan por mar a Nueva York, lo primero que observan es la Estatua de la Libertad, ese colosal monumento que los franceses obsequiaron a los Estados Unidos en 1886. Su creador la llamó La libertad iluminando al mundo. Al pie, coincidiendo con el pensamiento de Víctor Hugo, hay una inscripción que reza: “Dadme a los cansados, a los pobres, a las multitudes que ansían respirar libertad”.

Nuestra identidad latinoamericana está íntimamente ligada al tema de la libertad. En sus himnos nacionales, todos los países de este continente exaltan a la libertad como la suprema conquista de los pueblos. Los peruanos proclaman “Somos libres, seámoslo siempre”; los bolivianos, “morir antes que esclavos vivir”; los uruguayos, Orientales ¡la Patria o la tumba! Libertad o con gloria morir”. Como no podía ser de otra manera también nuestro Himno Nacional tiene expresiones exaltadas acerca de la libertad.

Todos estos conceptos reflejan el sentimiento de una época que vivió bajo la influencia de la Revolución Francesa e hizo suyos los principios de libertad, igualdad y fraternidad. Sin embargo, muchas veces se olvida que los grandes ideales franceses fueron rápidamente distorsionados para dar paso al terror: la guillotina trabajó a destajo. Las víctimas fueron nobles y revolucionarios por igual.

Junto a un médico, madame Tussaud fue la encargada de hacer los moldes de los rostros de los ejecutados. Luego, los utilizaba para confeccionar sus hoy célebres figuras de cera. En el museo que lleva su nombre en la ciudad de Nueva York, pueden verse las de Luis XVI y María Antonieta junto a la de Robespierre.

Antes de ser ejecutada, la revolucionaria madame Rolan expresó el sentimiento que la embargaba diciendo: “Libertad, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”. En el ejercicio de una libertad que no reconoce límites, surge la barbarie que elimina los grandes ideales del principio.

Libertad es una de las grandes palabras de nuestro tiempo. Hablamos de libertad de prensa, de mercado, de expresión, de culto, de empresa, de sufragio, de enseñanza, de acción. Pero lo cierto es que solo el buen ejercicio de la libertad es el que nos permite alcanzar la plenitud como individuos y como nación. Porque la libertad no es, como muchos proclaman, el permiso que nos concedemos para hacer lo que queremos, sino la posibilidad de hacer lo que debemos.

Como sostuvo un pensador anónimo, la libertad es como el dinero: el que no sabe usarla, termina por perderla. La prueba la tenemos al alcance de la mano: en nuestro país miles de jóvenes usan el privilegio de ser libre para forjar las cadenas de su propia esclavitud arrojándose a los brazos de la droga, el alcohol o la promiscuidad.

El hombre es libre únicamente si sabe conservar su libertad; si la usa con responsabilidad, no solo debe evitar vulnerar la del prójimo, sino también para proteger y mantener la propia.

La libertad es, como decía Cervantes, el don más grande que Dios ha dado a los hombres. Nuestros próceres lucharon y sufrieron por la libertad. Nos toca a nosotros mantenerla y dignificarla.