Tiempo al tiempo

¿Cómo debemos afrontar la vertiginosidad de nuestro siglo?

Por Ezequiel Dellutri

Es curioso: hubo un tiempo en el que vivíamos sin relojes, incapacitados de poder determinar al minuto en qué momento del día nos encontrábamos. Sin embargo, el intento del ser humano por medir el paso de las horas comenzó hace mucho: se supone que los chinos utilizaban relojes solares ya tres mil años antes de Cristo.

Se sabe: de medir a intentar dominar hay solo un paso; lo dimos y salimos perdiendo. Logramos, eso sí, algunos placebos: soluciones, nunca mejor dicho, cosméticas. Disimulamos el paso del tiempo; a veces, bastante dignamente; otras, con resultados casi grotescos.

Que nuestro tiempo es acelerado hasta la barbarie, eso lo sabe cualquiera que trajine las calles, luche contra el tránsito, espere colectivos e intente de llegar temprano a todos sus compromisos. La velocidad de nuestra vida es también la medida de nuestro cansancio; el agotamiento se ha convertido en el pan nuestro de cada día. Ya ni siquiera dormimos bien: las preocupaciones por el día que sigue, veloz como el que pasó, nos impiden descansar sin sobresaltos.

La vida nos parece una montaña rusa que transita por inamovibles rieles a una velocidad inusitada y de la que, por más que queramos, no podemos bajar. Frente a esto, la pregunta es más que obvia: ¿Cuál es el límite? ¿En qué momento debemos detenernos?

Con claridad, la Biblia sostiene que el trabajo tiene mucho de sacrificio. El pan se gana con sudor; la cuestión clave sería con qué ganamos todo lo demás. Y es ahí donde los cristianos tenemos que entender que es necesario detenernos.

Jesús, que vivió los tres años más ajetreados que una persona pueda afrontar, lo sabía bien. Eligió detenerse siempre que le fue posible, tal vez porque su Padre se lo había enseñado con el ejemplo: seis días trabajó y el séptimo, descansó.

Muchas veces admiramos a las personas que dedican mucho tiempo a su profesión, y no está mal: el trabajo nos da dignidad e independencia. Pero también debemos saber reconocer a quienes tienen la capacidad de detenerse para poder repensar las cosas, reflexionar sobre las decisiones a tomar, elegir los afectos antes que el dinero y, sobre todo, encontrarse con Dios respetando su ritmo y no imponiéndole el propio. Porque, aunque sabemos que nunca nos deja, a veces es como una de esas personas que viaja junto a nosotros en el tren: está ahí todos los días, pero ni el nombre sabemos.

Que no queden dudas: un cristiano debe ser trabajador, pero también tiene que saber cuándo decir basta. Jesús sostuvo que si Dios cuida de las aves, ¿cómo no va también a preocuparse por nosotros? David sentenció que no ha visto a ningún justo desamparado, ni a su descendencia que mendigue pan o, para ponerlo en términos más cercanos, que tenga las necesidades mínimas insatisfechas. A veces, el problema es que buscamos más que eso y es entonces cuando nos dejamos ganar por las demandas de esta acelerada posmodernidad que nos toca transitar.

Porque saber detenerse no siempre en sinónimo de vagancia o dejadez; a veces puede ser una depurada forma de rebeldía frente a un mundo que intenta esclavizarnos. Pero sobre todo, es una manera de reconocer que estamos en las manos de un Dios que nunca nos desampara.