Mala prensa

Una reflexión sobre la paternidad

Por Ezequiel Dellutri

Hace un tiempo, me encontré con una amiga que está atravesando los primeros meses de embarazo. Le pregunté cómo lo llevaba. Me dijo que estaba feliz, pero que había decidido no contarlo. Le pregunté por qué.

-Se la pasan diciéndome todo lo que voy a perder– me contestó. Iba a decirle que era verdad: noches en vela, juguetes desparramados hasta en los lugares más insólitos, falta de intimidad, complicaciones para mantener una conversación adulta, corridas al médico, reuniones de padres, actos escolares, el fastidio frente a tareas olvidadas, notas bajas, malas influencias.

Abrí la boca para soltarle esta larga parrafada a mi amiga, pero no lo hice. Después de todo, acababa de aclararme que era lo que le decían todos, ¿por qué ser reiterativo?

Los padres tenemos mala prensa y lo peor es que la hacemos nosotros mismos. Son muchas las veces que renegamos de la paternidad. Se trata de una mera pose que a veces nos lleva a desprestigiar algo tan sagrado como el vínculo que nos une con nuestros hijos. Es, lo sabemos bien, un trabajo de tiempo completo por el que no se recibe retribución. Tal vez alguien esté en desacuerdo con esta frase, así que vale la pena aclarar algunas cosas:

En primer lugar, la paternidad sí es un trabajo, porque implica esfuerzo, responsabilidad, planificación, tiempo y dedicación. Aunque el capitalismo nos ha hecho detestar esta palabra, en realidad el trabajo es lo que nos da dignidad, nos permite avanzar en el conocimiento personal, ganarnos el sustento, conocer otras realidades, crecer en nuestra vida. Así que si dejamos de lado nuestros prejuicios contra los compromisos laborales –al que anhelamos cuando no tenemos, porque si hay una situación complicada es la de carecer de ocupación- entenderemos que no hay nada malo y sí mucha honra en considerar a la paternidad casi como un trabajo.

En segundo lugar, no hay remuneración por la paternidad. A veces, pensamos que los hijos nos pagan con sus logros, pero el solo creer que nos deben algo por haber hecho lo que nos corresponde es una contradicción. No somos padres porque esperemos algo a cambio. Y ni siquiera quiero mencionar a aquellas personas que desean realizar en la vida de sus hijos lo que ellos no pudieron cuando jóvenes. Posiblemente no haya una forma peor de encarar la paternidad que el intentar que nuestros vástagos hagan lo que nosotros no pudimos: criar a partir de mi carencia. En la relación con nuestros hijos, no debería existir nada parecido a una transacción comercial. Lo que recibimos de ellos no es la paga a nuestros desvelos: es, en todo caso, un regalo que Dios nos da por haber, aún a pesar de nuestras equivocaciones, intentado no dar una piedra a nuestros hijos cuando nos piden pan.

Creo que deberíamos considerar mejor nuestro rol como padres. Más allá de una fecha en concreto, hay un vínculo único que nos une con nuestros hijos cada día. El correcto ejercicio de la paternidad es una de las mayores escuelas que podemos tener. Nos enseña que el amor no tiene límites, que las personas son únicas, que siempre necesitamos del otro. Porque el gran secreto que ocultamos los padres es que si bien nuestros hijos nos necesitan, la verdad es que somos nosotros los que no podemos vivir sin ellos. Y, sin embargo, tenemos que hacernos a la idea. Porque ser buenos padres es –imagino, porque aún no lo he vivido– aprender a dejar ir.

Si hay alguien que sabe de esto es Dios. La cruz es el acto de entrega final de un padre que sabe dejar ir para que se cumpla un destino. Me pregunto cómo habrá resonado la frase final de Jesús “en tus manos encomiendo mi espíritu” en los oídos del Padre. Es, en cualquier caso, la frase que nadie quiere escuchar, pero en un convenio redentor, Dios el Hijo y Dios el Padre decidieron que había que decirla.

Dios jamás renegó de la paternidad. Será por eso que hoy somos sus hijos. Será por eso que hoy y cada día deberíamos sentirnos honrados por poder ser, con nuestras muchas imperfecciones, padres de alguien que se sabe nuestro hijo.