Mirar atrás

¿Hay forma de superar el miedo a un pasado doloroso?

Por Facundo Costa

A veces, el pasado es un candado de piedra que nos cuelgan del pescuezo y nos encorva como un lastre y nos golpea en las rodillas cada vez que intentamos dar un paso. Esos pasados que a uno le gustaría sacarse de encima por lo menos por un rato para ver qué se siente ser un recién nacido con nada más que futuro, un futuro livianito y en blanco por delante.

Esta frase del escritor Eduardo Sacheri pone sobre el tapete una cuestión que a todos nos ha tocado enfrentar en alguna ocasión: la difícil relación que establecemos con lo más negativo de nuestra historia personal.

Para algunos, el pasado es un fantasma que acecha, impidiéndoles avanzar en la vida. Esto se evidencia con claridad en esas personas que en algún tiempo fueron reconocidas y que, al ser olvidados por el público, se muestran dispuestas a cualquier concesión con tal de conservar la fama.

Pero más allá de estos extremos, todos en algún momento luchamos contra pasados dolorosos que dejaron en nuestro corazón heridas de difícil cicatrización.

En algunas ocasiones, estas huellas fueron producidas por errores que cometimos hace ya mucho tiempo: equivocaciones o desaciertos que trajeron a nuestra vida consecuencias que nos cargan con una mochila tan pesada que nos impide avanzar. En otros casos, se trata de situaciones externas que nos golpean de tal modo que perdemos las ganas de continuar creciendo.

Al margen de cómo se construya nuestro pasado, en muchos casos termina convirtiéndose en un enemigo íntimo: cada mañana, esos recuerdos dolorosos vuelven a presentarse vívidos y reales como si hubiesen sucedido ayer.

Claudio Martinelli, ex combatiente de la guerra de Malvinas, definió así el peso de ese pasado que lo angustia:

Es una herida abierta que me marcó para toda la vida. Con el tiempo aprendí a convivir con el dolor, ahora me lo tomo más tranquilo. Fue cruel y muy doloroso. Son un montón de imágenes que me perturbaron toda la vida. Yo creo que nosotros estamos con un problema, con una mutilación psicológica, que día a día se complica más, porque hasta hace un tiempo nosotros no le teníamos miedo a la muerte, pero ahora con más de 50 años, vemos a la muerte cada vez más cerca. Muchos compañeros se han suicidado, otros han muerto de cáncer, otros son alcohólicos, otros adictos, y entonces vos te das cuenta de que la vida no es como antes, ahora la ves desde otra óptica. Y no sabemos hasta cuándo vamos a tener que soportar todas estas cargas.

Estar sujetos a los sufrimientos del pasado es peligroso porque corremos el riesgo de permanecer estancados durante un largo período en un mismo lugar.

El apóstol Pablo nos da la fórmula para poder vencer a nuestro pasado cuando les escribe a los filipenses “olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta”. Debemos entender que cuando llegamos a Dios, descubrimos una verdad maravillosa: somos nuevas criaturas; lo que pasó, quedó atrás definitivamente.

La única forma de avanzar es cortar con lo que nos ancla a lo que ya fue. Es una verdad incuestionable: no hay manera de caminar hacia delante si constantemente miramos hacia atrás. Dios está con nosotros para ayudarnos a liberarnos del peso de nuestro pasado. La gran noticia que Jesús vino a traernos es que está listo para cargar con ese lastre que tanto nos cuesta cargar. Quien descubre a Cristo, descubre también a aquel que es capaz de tomar los dolores del pasado y arrancarlos de nuestra vida. Y para poder hacer ese milagro, solo nos pide que cuando pongamos las manos en el arado, no miremos hacia atrás con culpa ni dolor, sino sabiendo que para un cristiano, lo que viene siempre será mejor que lo que fue.