Bajo la máscara

Una reflexión sobre la madurez espiritual

Por Ezequiel Dellutri

Las máscaras acompañan al hombre desde tiempos inmemoriales. Desde un comienzo, estuvieron vinculadas al ritual y, por lo tanto, a lo espiritual: se utilizaban para ocultar la identidad y convertir a su portador en alguien diferente. Eso permitía ciertas licencias, libertades que no estaban permitidas para el verdadero yo y por consiguiente, la posibilidad de acceder a una realidad diferente.

Siguiendo la misma idea, el teatro antiguo utilizó máscaras para ayudar a los actores a encarnar los distintos personajes. Se sabe que las preparadas por los griegos estaban pintadas de manera tal que costaba diferenciarlas del rostro verdadero.

Ya en la actualidad, la idea de la máscara fue recuperada por los creadores de superhéroes, que las usaron para esconder las verdaderas identidades de los paladines de la justicia. Así, estos héroes logran no estar siempre en la mira de sus enemigos y defenderse de ataques inesperados.

En la vida solemos construir nuestras propias máscaras. Tratamos de ocultar nuestros defectos, de justificar nuestros errores, de eludir responsabilidades. Como si fuera el mejor papel maché, nuestras estrategias de ocultamiento van distorsionando nuestro verdadero rostro espiritual.

La madurez no está en las palabras, sino en las acciones. O, lo que es lo mismo: en saber trasladar lo que decimos a la forma en la que nos comportamos. Esto no es una gran revelación, pero tal vez nos pueda llevar a una pregunta más compleja: ¿qué sucede cuando nos equivocamos? Pensar en esto nos lleva a una conclusión que podría parecer una paradoja, pero no lo es: aun cuando actuamos con inmadurez, todavía podemos reaccionar con madurez al reconocer e intentar reparar nuestro error.

Porque en la vida hay que mantenerse firme en la verdad, pero jamás ser tozudo en el error. Quien es incapaz de ver sus propias falencias se niega la posibilidad de crecer, se condena al estancamiento y pierde el dinamismo. Se muere espiritualmente, porque nada nos separa tanto de Dios como el estatismo.

A fin de cuentas, la inmadurez no es ni más ni menos que estar siempre en el mismo lugar. Decimos que un adulto no maduró cuando se comporta como un adolescente o un adolescente, como un niño. No asumir las responsabilidades y quedarse en la seguridad que da la repetición de una forma de vida.

Identificar a un inmaduro es sencillo: son personas que están atadas siempre a los mismos errores. En su discurso, parecen ser víctimas de su entorno; además, niegan su responsabilidad o, de asumirla, lo hacen sobre hechos menores. Esto se produce por una razón muy sencilla: la negación a verse tal como uno es, el enceguecerse en la propia contradicción. El inmaduro es siempre un incordio para los demás, porque se cree sabio cuando en rigor es un necio: está empecinado en su propia torpeza.

Lo dicho: es fácil identificarlo en los demás pero es muy difícil verlo en uno mismo.

Hay quienes creen, no sin razón, que una de las formas de reconocer los propios errores se produce a partir de los golpes de la vida. Sin embargo, hay muchas personas que aun pasando por momentos complicados, siguen sin comprender la necesidad de un cambio. La inmadurez no tiene que ver con las inclemencias de la vida, sino con una determinada actitud espiritual. Por eso, en uno de sus proverbios, Salomón sostiene que el necio aprende con el castigo, pero el sabio no necesita más que escuchar un consejo oportuno.

Como cristianos, deberíamos analizarnos a diario. Esto significa luchar contra las máscaras que a veces nos ponemos y que lentamente van asimilándose a nuestra vida hasta tal punto que terminamos creyendo que ese es nuestro verdadero aspecto. Vernos como somos es un trabajo complejo, pero se puede lograr si hay predisposición espiritual, voluntad y autocrítica. No se trata de incentivar la culpa, sino de reconocer un punto de partida: quién soy y dónde estoy para poder asumir que sin Dios, nada puedo hacer.