En la cresta de la ola

Nuestra sociedad mide su grandeza en éxitos y fracasos. Sin embargo, hay una tercera alternativa que muchas veces olvidamos

Por Ezequiel Dellutri

En 1949, el dramaturgo español Alejandro Casona estrena en Argentina la obra Los árboles muren de pie. Los memoriosos, recordarán la adaptación cinematográfica realizada unos años después también en nuestro país protagonizada por Amalia Sánchez Ariño.

La frase que da título a la obra es dicha por la abuela, gran protagonista de la obra, quien luego de una dramática decisión de la que nadie la creía capaz, dice: “Que no me vean caer; muerta por dentro, pero de pie, como los árboles”. Para Casona, lo que nos convierte en hombres de bien no es la victoria, sino la actitud ante la derrota.

Vivimos en tiempos de exitismo. Unos minutos de fama intrascendente valen bastante más que una vida de dedicación y trabajo. Juzgamos por lo que vemos y olvidamos, como decía Saint Exupery en El Principito, que lo esencial suele ser invisible a los ojos. Las grandes verdades se nos escapan, porque perdimos la capacidad de entender la vida más allá de los triunfos y las victorias.

Casona tenía razón: lo que nos define no son nuestros logros, sino nuestras derrotas. Besar la lona, morder el polvo, caerse del caballo: toda una parafernalia de inventiva popular destinada a designar el fracaso. Hay algo muy cierto que a veces olvidamos: cuando alguien gana, siempre hay otro que pierde. Es, lo saben los que tienen mucha experiencia, la ley de la vida. A veces toca levantar la copa y otras, mirar como otro lo hace.

Se nos enseña a triunfar, nunca a fracasar. Y sin embargo, si debemos ser justos, el fracaso y el triunfo son parte del mismo proceso: la vida, ni más ni menos, está construida de estos altibajos. Tal vez la clave está en que no deberíamos educar ni para ganar ni para perder: deberíamos educar para ser íntegros, lo que significa que ni el fracaso nos destruye ni el triunfo nos llena de soberbia. Enseñar el equilibrio en una sociedad que pondera los excesos es difícil. Vivir sabiendo pararse siempre en el punto justo resulta imposible, pero lo mejor que podemos hacer es ser conscientes de que hay un lugar al que siempre debemos volver. La plenitud es un concepto que sería bueno recuperar, porque implica que pase lo que pase, estoy en el sitio en el que debo estar. Estar en la cresta de la ola no es relevante; lo que importa es no morir ahogado.

Dicen que detrás de cada fracaso existe una posibilidad de victoria. Otra frase popular: de los errores se aprende; nadie dice que es preferible ser enseñado de otra manera, porque los golpes duelen y a veces, dejan cicatrices que cuesta borrar. Frente a esto, prefiero pensar que en cada derrota hay una posibilidad de mostrar quiénes somos. Porque cuando sentimos que hemos perdido todo es cuando más cerca nos encontramos de Dios. Y es cuando Dios se despoja de todo en un pesebre de un pueblito perdido cuando más cerca lo sentimos de nosotros.

El niño del pesebre es la primera parte de la gran lección preparada por Dios para nosotros. La segunda parecería tener forma de derrota: el mismo niño, años después, será clavado en una cruz, víctima de la incomprensión, la corrupción y  el mayor de los desprecios. Su sacrificio parece ser el lugar donde unos, los corruptos y perversos, ganan y otros, los justos, pierden toda esperanza. Las mentes entusiastas pensarán que en la resurrección la ecuación se da vuelta, pero no: ni los malos pierden, ni los buenos ganan. La cruz de Jesús es el lugar donde la victoria se ofrece a todos los que están dispuestos a aceptarla, porque el Hijo de Dios no ha venido a llamar justos, sino a pecadores. Es la superación de las dualidades creadas por los hombres para brindar una esperanza que no discrimina ni hace excepciones.