Historia de la eternidad

Por Ezequiel Dellutri

El tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica; la eternidad, un juego o una fatiga esperanzada.

J. L. Borges, Historia de la eternidad

«Seréis como dioses» es la primera frase que sale de la boca de Satanás, el eterno adversario, cuando la creación del mundo ha sido consumada en siete metafóricos días. Es la tentación perfecta. El conocimiento es lo que diferencia al hombre de Dios, y era eso lo que la serpiente ofrece a la pareja primigenia: el poder del saber. Adán y Eva mordieron la manzana y, paradójicamente, descubrieron la mayor humillación de la especie humana, porque fueron conscientes de las limitaciones de la vida.

Desde entonces, el hombre ha buscado con la desesperación de la arena que se acaba, un mecanismo que le permita alcanzar la inmortalidad, primer paso para llegar a la eternidad, carácter insustituible del ser divino. Detrás de este anhelo, se esconde el deseo de retornar al comienzo, cuando el lazo con el ser superior no estaba signado por el dolor, sino por la sintonía de espíritus.

A lo largo de la historia, cada pueblo ha urdido complejas tramas que reflejan su deseo de retorno a un orden primordial: el héroe persa Gilgamés tuvo la osadía de intentar, no solo convertirse a sí mismo en inmortal, sino también transferir el don a todo su pueblo. Su periplo casi le cuesta la vida y, finalmente, una monstruosa serpiente devoró la planta que le daría la inmortalidad a su gente.

Los hindúes creen que acceder a este preciado don demandaba un conocimiento del mundo profundo y vivencial al que solo se accede luego de múltiples reencarnaciones.

Para los griegos, lograr la inmortalidad implicaba superar pruebas sobrehumanas: era la corona de laureles que solo aquellos cuyos méritos excediesen lo común podían alcanzar.

En la Edad Media, el concepto se mantuvo con las variaciones que implicó un cristianismo mal entendido. Durante las cruzadas, campañas bélicas organizadas por la iglesia oficial con el fin de reconquistar el Santo Sepulcro y abrir vías de comunicación con oriente, los combatientes accedían a la eternidad por el solo hecho de participar en la contienda. Es lo que hoy llamamos Guerra Santa, que es patrimonio de religiones fundamentalistas.

Los caballeros andantes también buscaron la eternidad. El descubrimiento del Santo Grial o la Lanza de Longinus demandaba una voluntad férrea y un espíritu inquebrantable. Era una forma de ganarse el cielo, de preparar el camino hacia ese otro mundo que en el imaginario occidental de la época, se parecía a un reino de fábula.

Los tan mentados constructores de catedrales también trabajaban para la eternidad. Ponían la piedra fundacional sabiendo que no verían la obra terminada, pero eso no les importaba: su idea de trascendencia resulta superadora en los tiempos de inmediatez que nos toca enfrentar.

¿Por qué son tan complejas las historias y las formas en las que la humanidad ha hablado sobre la inmortalidad? Existe en el ser humano una conciencia universal, un conocimiento del cosmos que ha sido impreso en su misma esencia. Y esa sabiduría le dice que la inmortalidad es un camino estrecho que demanda un sacrificio supremo.

Porque la búsqueda de la inmortalidad revela la tragedia última del ser humano: eludir la muerte no sólo es postergar el tiempo para vivir eternamente. Es un intento desesperado en el cual un hombre mutilado por el asfalto de las ciudades y la desidia de los suyos, intenta rasguñar unas pocas migajas de dignidad.

La eternidad no es algo que ganamos: es el principal regalo de Dios al permitirnos superar la tragedia de nuestra propia finitud. A veces, la vemos demasiado distante. Sin embargo, cuando avanzamos hacia la adultez primero y hacia la ancianidad después, descubrimos que la vida es un pasaje transitorio. Entonces las palabras de Jesús resuenan más fuertes y claras que nunca: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”.