El poder del perdón

Saber perdonar es una de las actitudes más necesarias, pero también más difíciles.

Por Facundo Costa

Es sabido: la soberbia y el perdón van por caminos opuestos. Para poder pedir perdón, debemos dejar de lado ese sentimiento de superioridad e infalibilidad que experimentamos a diario. No es algo que realicemos con naturalidad: requiere un esfuerzo vencer esa voz interior que nos hace creer que lo que hacemos siempre está bien. Pedir perdón significa aceptar la equivocación; reconocer un error implica humillarse ante el damnificado.

La historia de la niña de la foto que ilustra este artículo es una verdadera muestra del dolor que la guerra produce en la sociedad. Kim Phuc era tan solo una criatura de nueve años que no entendía los intereses políticos y económicos que impulsaban la guerra de Vietnam. El ocho de junio de 1972, la aldea donde vivía con su familia fue bombardeada con napalm por aviones norteamericanos. El sesenta y cinco por ciento de su cuerpo sufrió severas quemaduras.

Después de pasar catorce meses internada y ser sometida a diecisiete operaciones, Kim Phuc pudo recuperarse. “Yo no sabía lo que era el dolor. Me había caído de la bicicleta alguna vez, pero el napalm es lo peor que puedan imaginar. Es quemarte con gasolina por debajo de la piel. Para mí, es sinónimo de infierno” explicó Phuc años después. “En ese momento sentí mucho odio, impotencia. Quería venganza. El odio es el arma más poderosa de una guerra”.

Los avatares de la vida la llevaron a escapar de su país para no seguir siendo utilizada como instrumento propagandístico del régimen comunista. En 1996, fue invitada a un acto conmemorativo de los veteranos de Vietnam en Washington D.C. Ella misma relató el extraordinario encuentro que le deparó este evento:

Ese día conocí al capitán John Plummer, el piloto que ayudó a coordinar el ataque aéreo a mi aldea. En medio del acto había un hombre que lloraba sin parar y se me acercó diciendo: “Lo siento mucho, ¿podría perdonarme?”. A lo que le respondí que sí. Nos abrazamos y lloramos juntos. En ese momento no solo conocí el perdón, sino también la reconciliación. El perdón es más poderoso que cualquier arma del mundo.

¿Cómo se explica que una mujer que sufrió en carne propia el terror de una guerra, que perdió parte de su familia, que tuvo que pasar más de un año internada pueda haber perdonado al hombre que ordenó el bombardeo que marcó su vida para siempre?

La sabiduría popular sostiene que el tiempo cura todas las heridas, pero vemos que muchas veces solo acrecienta los rencores. Nos cuesta olvidar las ofensas: con frecuencia, podemos recordar con facilidad las palabras textuales con las que una persona nos lastimó a pesar de que hayan pasado años.

En la experiencia de Kim Phuc no fue el tiempo lo que la impulsó al perdón, sino un cambio mucho más profundo:

Cuando leí por primera vez las palabras de Jesús, “amar a tus enemigos”, no sabía cómo hacerlo. Soy humana, tengo mucho dolor, muchas cicatrices y he sido víctima mucho tiempo. Creí que sería imposible. Tuve que orar mucho y no fue fácil, pero al final lo logré.

Seguir el ejemplo que Jesucristo nos dejó es el camino más indicado para poner en práctica el perdón. Aquel que no solo perdonó a sus enemigos sino que predicó el amor al prójimo y que desde el dolor de la cruz tuvo la humildad de decir “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” es el espejo en el que debemos intentar reflejarnos a diario.